Opinión

En diálogo con Óscar Arias

Actualizado el 15 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

En medio delo negativo crecenla excelenciay la alegría

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Era el año 2000, me encontraba realizando entrevistas-conversaciones con los expresidentes de la República, y de ese esfuerzo surgió el libro Declaraciones de los expresidentes de la República 1966-1998 , editado por la Euned. Recordé esas pláticas al leer el discurso de Óscar Arias Sánchez con ocasión de la develación de su retrato como presidente de la República en dos Administraciones. En lo que sigue comento lo principal de sus palabras.

Las paredes hablan. “Quizás sea superstición creer –afirma el expresidente– que los espacios guardan su propio poder… que las paredes de un recinto conservan no solo la memoria de los eventos que atestiguaron, sino también algo de su fuerza transformadora”. Tal creencia no es supersticiosa, ella constata un hecho conocido: los vivos llevan en sus entrañas las huellas del pasado, en ellos se enlaza la experiencia del ayer con la creación del porvenir. Por eso, la historia es eterna actualidad, y por la misma razón resulta lamentable que algunas dirigencias nacionales hayan olvidado la actualidad de sus raíces; atolondradas en el día a día de la coyuntura, en la inercia de los dogmas, en la inmediatez de los intereses de corto plazo y en la superficialidad de las apariencias, se han desmemoriado

¿Cómo no tener presente el impacto actual de las lecciones dejadas por la Reforma Social, la proscripción del ejército, la creación de una sociedad de clases sociales medias y extremos ideológicos controlados, la participación decisiva de Costa Rica en la pacificación de Centroamérica y las transformaciones que el país inicio en la década de los ochenta? En la memoria de estos hitos de nuestra historia se prefigura el porvenir.

Silencio que no extraña. Y en esa memoria que guarda su propio poder y fuerza transformadora, Arias Sánchez intenta una defensa de la política. “La política –nos dice– … no es, ni ha sido nunca, el quehacer de héroes o profetas. No lo ejercen seres omniscientes, como oráculos. No lo ejercen seres indestructibles, como titanes. No lo ejercen seres sublimes, como dioses. Lo ejercen aquellos que buscan y aceptan la responsabilidad de liderar”. Arias habla de la política como ejercicio eficaz del liderazgo, pero ¿qué nos dice de esa otra política plagada de oportunismos y mezquindades, corroída por la cultura de los trepadores que tan solo buscan escalar posiciones? No dice nada, y en ese no decir nada atisbo las mismas razones por las cuales otros expresidentes tampoco dicen nada. Ellos prefieren guardar silencio respecto a los bajos instintos que se mezclan en las luchas por un ideal. Así ejercen su liderazgo, marcan un rumbo, señalan un propósito y trabajan para no ser alcanzados por la mentira cotidiana.

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En tales condiciones, ¿dónde reside el mérito de un expresidente de la República? En el esfuerzo por mantener en alto la pureza del ideal que lo inspira. De ahí que la coherencia sea el rasgo más importante del liderazgo político, y, en este punto, Arias Sánchez es un ejemplo elocuente de coherencia: basta recordar su trayectoria para constatar la fidelidad a sí mismo y a las ideas que lo han motivado.

El liderazgo trabaja por la unidad. A propósito del liderazgo, percibo en el expresidente la influencia de Thomas Carlyle, Max Weber y Gueórgui Plejánov, quienes defienden, como lo hace Arias, el significado crucial de la acción. El dirigente no es teoricista ni academicista, su práctica es su teoría.

Escribe Cassirer, explicando a Carlyle: “ ¿Cómo puede uno conocerse a sí mismo? No por la contemplación sino por la acción. Procura cumplir con tu deber y sabrás lo que llevas dentro… ”. Plejánov argumenta que el líder es un intérprete de su tiempo, y de los tres liderazgos analizados por Weber (legal-burocrático, tradicional y carismático), Arias cree que el carismático corresponde al liderazgo político, pero fundamentado en conocimientos, informaciones y experticias.

Marcado por estas influencias, el expresidente afirma que “ decidir es dividir ”. Permítaseme matizar esa tesis. Diferencias de opinión y conflictos de intereses siempre existen, pero eso no es división, sino diversidad. Tomar decisiones divide en la inmediatez de la coyuntura –aquí lleva razón don Óscar–, pero, a corto y medio plazo, unifica, y eso es lo principal. La política democrática es el arte de tomar decisiones en la unidad de lo diverso y bajo el principio de la concordia en el conflicto.

¿No fue concordia en la diversidad, y en medio de la división, lo que el liderazgo de Óscar Arias forjó en la Centroamérica desangrada y sufriente de los ochenta? ¿No unificó Winston Churchill a una Inglaterra sacudida por el sufrimiento y la división de la Segunda Guerra Mundial? Más allá de las divisiones, el liderazgo siempre trabaja a favor de la unidad.

Democracia amenazada. Finalmente, el expresidente Arias estima que son tres las fallas que amenazan la convivencia democrática: “la deslegitimación de los mecanismos intrínsecos de la política, incluido un empobrecimiento del debate público y de la capacidad de discutir y transar; el surgimiento de un etos colectivo caracterizado por el cinismo y el autodesprecio, y una profunda crisis en la producción y en la renovación de liderazgos.” Tiene razón, pero conviene complementar el análisis. La democracia costarricense también está en riesgo debido al debilitamiento de la cohesión social, la insuficiente calidad y cobertura de la educación, el estancamiento de la pobreza y la pobreza extrema, la ausencia de suficientes encadenamientos productivos y la presencia de una tecno-burocracia estatal politizada, ineficiente y gremialista, origen del mal servicio y del desperdicio de recursos públicos (sobre el último punto, ver el editorial de La Nación del pasado 7 de septiembre).

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Optimismo crítico. En cuanto al etos del autodesprecio y el cinismo, existe corresponsabilidad de los actores sociopolíticos e institucionales. A este respecto, conviene practicar el optimismo crítico. ¿En qué consiste? Su principio es básico: en medio de lo negativo crecen la excelencia y la alegría. “… Nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer” (Isaac Felipe Azofeifa), y en Costa Rica hay cientos de miles de amaneceres que es imperativo interiorizar y divulgar.

Si se quiere vencer la oscuridad, de nada sirve disparar a la noche, basta encender una inmensa luz. No se trata de ocultar lo negativo, sino de vencerlo con la autocrítica constante, la denuncia constante y la constante revelación de lo positivo y ascendente.

En estos aspectos es preciso reconocer el papel constructivo y medular de la prensa, así como también el aporte cardinal del expresidente Arias.

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