Opinión

En diálogo con Jorge Luis Borges

Actualizado el 13 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Es difícil saber cuándo el vocablo ‘amor’ es un hipócrita disfraz de horrores e injusticias

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Comparto algunas reflexiones en ocasión de siete conferencias impartidas por Jorge Luis Borges del 1.° de junio al 3 de agosto de 1977, y que parece fueron pronunciadas hace apenas unos minutos, tal su actualidad.

El escritor se refiere a temas literarios y filosóficos importantes en el arte de vivir, pero banalizados en el frenesí del día a día. Eso que Guy Debord, primero, y, luego, Mario Vargas Llosa, llaman “la sociedad del espectáculo”, donde todo se convierte en objeto de compraventa, de sensaciones inmediatas y efímeras, y hasta el pensamiento se transforma en un carnaval de poses y luces mediáticas.

La primera conferencia versó sobre La divina comedia, escrita por Dante Alighieri, y Borges menciona el amor entre Francesca y Paolo, quienes se encuentran en el infierno condenados porque se amaron contraviniendo los convencionalismos sociales de su tiempo.

Frente a la gloria que es la entrega mutua de los cuerpos, la mente y el espíritu, que no otra cosa es el amor de Paolo y Francesca, la justicia divina reprobó a los amantes, pero el Dante de La divina comedia no los condena, los comprende.

Borges concluye que Francesca “sigue fiel a su pecado, lo que le da una grandeza heroica”.

Francesca, Paolo, Dante y Borges lo saben, el amor es análogo al heroísmo, y no debe condenársele, “ama, y haz lo que quieras (….). Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”, escribió Agustín de Hipona.

Está claro, sin embargo, y la historia universal lo demuestra, que en nombre del amor se han cometido los más oprobiosos genocidios y se han expresado los más profundos odios, es difícil y complejo saber cuándo el uso del vocablo “amor” resulta ser el hipócrita disfraz de horrores e injusticias.

Al leer la disertación de Borges, y al volver a las páginas de La divina comedia, concluyo que el dios creado por los humanos a su imagen y semejanza debe ser desobedecido cuando se opone al amor, y cuando busca controlar y reprimir el deseo y el placer, resortes maravillosos del gozo corporal y afectivo.

Demostración que falta. En la segunda disertación, Borges pasa a otro tema, escribe: “Boecio (…) imagina un espectador de una carrera de caballos. El espectador está en el hipódromo y ve, desde su palco, los caballos y la partida, las vicisitudes de la carrera, la llegada de uno de los caballos a la meta, todo sucesivamente. Pero Boecio imagina otro espectador. Ese otro espectador es espectador del espectador y espectador de la carrera: es, previsiblemente, Dios” que todo lo ve de modo simultáneo.

Es el dios de Boecio, eterno, infinito, personalísimo, pero no todos los que han discurrido en este ámbito especulativo piensan como lo hace el “senador romano”. Cuando se estudia y lee a otros pensadores e investigadores, digamos a Carl Sagan, Stephen Hawking, Mlodinow, Paul Davies, Roger Penrose, José Manuel Sánchez Ron, o libros antiguos y antiquísimos como el Kybalyon,Poimandres,Asclepio y el Sutra de Benarés, resulta claro que el dios de Boecio no es necesario para explicar ni el origen ni la estructura del mundo.

Instancias como la materia, la energía, la información, la ley de la gravedad, el campo unificado de la cosmovisión cuántico-relativista o el cosmos como totalidad, se sitúan en el eje articulador de la realidad. Así que sobre este tema no se ha obtenido nada concluyente. Sobre lo que sí existe abundante información es a propósito del deseo de perdurar que anida en las personas.

Amor eterno. En alguna parte de la tercera y cuarta conferencia, Borges recuerda el epigrama de Heine: Te amaré eternamente y aún después.

Amar después de la eternidad es reproducir la eternidad en innumerables eternidades, porque el ser humano desea seguir siendo, perdurar. Esta es la idea que sedujo a Spinoza, inspirador filosófico de Einstein, y fue la que poetizó Miguel de Unamuno en El sentimiento trágico de la vida, y es la que cualquier persona conoce cuando canta al amor, al amor que dice eterno, que lo quiere por siempre, porque “ahora es siempre todavía” (Antonio Machado), y “hemos jurado amarnos hasta la muerte, y si los muertos aman, después de muertos amarnos más” (Julio Jaramillo), como hicieron Paolo y Francesca en el infierno de la Divina comedia.

“El mundo nace cuando dos se besan” (Octavio Paz), y nace en ese beso el anhelo de perseverar en el vivir para que no termine el placer de los labios y los cuerpos enlazados.

Recuerdo que pocas horas antes de fallecer, mi papá volvió su rostro hacia el mío diciéndome “no quiero morir”. Él sentía en sus entrañas el deseo de ser siempre, anhelaba trascender tiempos y espacios como lo hicieron Chris Nielsen (Robin Williams) y Annie (Annabella Sciorra) en la película Más allá de los sueños. Este deseo de ser sin término mucho ha influido en la literatura, la música, el cine y el arte en general.

Demócrito y Epicuro. En las disertaciones cinco, seis y siete de Borges se habla del lenguaje, de la cábala, de la maldad y la ceguera. El escritor menciona que “Demócrito de Abdera se arrancó los ojos en un jardín para que el espectáculo de la realidad exterior no lo distrajera”.

Siempre que hablo sobre Demócrito, recuerdo que la tesis doctoral de Karl Marx estudia las diferencias entre Demócrito y Epicuro, y que esas diferencias siguen tan actuales como lo eran hace milenios.

El universo de Demócrito es determinista, atravesado por inalterables vínculos de causa-efecto que no dejan espacio para la acción creativa de las personas. Epicuro introduce el azar y el probabilismo en el determinismo de Demócrito, y sobre esa base postula la autodeterminación y la autonomía individual como factores fundamentales de la experiencia humana.

El amor que une a Francesca y Paolo, el deseo de ser siempre que parece acompañar a cada ser humano y la naturaleza del Ser que existe por esencia, que Boecio llama dios, pero otros desechan como hipótesis inútil para explicar lo que estudian, son temas que se analizan de muy distinta forma si se hace desde un enfoque determinista o indeterminista.

Tengo que terminar. Con Borges o sobre Borges se puede dialogar durante siglos, y eso trastocaría no solo el espacio de esta página, sino todas las características conocidas del tiempo.

El autor es escritor.

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