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Cuando ‘dialogar’ es una farsa

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

El diálogo elevael nivel dela inteligenciacolectiva

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Cuando ‘dialogar’ es una farsa

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Mucho se habla en estos días electorales de lo importante que es dialogar, es decir, contribuir con ideas y propuestas a elevar el nivel y profundidad de la inteligencia colectiva, pues no otro es el propósito del diálogo.

Se dialoga no para convencer de las bondades, reales o supuestas, que tienen las ideas y creencias propias, sino para buscar en común aquellas que sean mejores, vengan de donde vengan. Abundan, sin embargo, los “diálogos” de mentirillas, conversaciones entre personas que no escuchan, porque solo se oyen a sí mismas, se autodefinen como poseedoras de la verdad, y pretenden convertir a los otros en sus gemelos intelectuales y emocionales, seguidores, afiliados, mili-tantes, soldados. En realidad, estos no son diálogos, sino farsas, circos de servilismos, división y miseria.

El difícil arte de dialogar. ¿En qué consiste dialogar? Sin ánimo de ser taxativo (concluyente), permítaseme mencionar algunas de sus características básicas:

Primera: Cuando se dialoga, no se trata de esgrimir y defender tesis opuestas e irreconciliables, sino de esforzarse para que las opiniones opuestas encuentren puntos de contacto y acuerdo.

Segunda: Si lo que se busca es crear un ambiente propicio para trabajar juntos y encontrar, en esa vía de cooperación, las mejores ideas y propuestas, entonces es esencial que cada participante en el diálogo deje en suspenso sus propias visiones y presupuestos ideológicos, económicos, religiosos o de cualquier otro tipo. No interesa, dicho sea en clave electoral, si se es libertario, socialcristiano, socialdemócrata, social-estatista o socialista totalitario disimulado o no, de oposición o de gobierno, lo importante es el fundamento cognitivo-experimental y la viabilidad práctica de las ideas y propuestas sometidas al diálogo.

Tercera: El fundamento de las ideas y propuestas es de carácter racional y técnico. De ahí que sea de vital importancia que en los procesos de diálogo se cuente con diagnósticos cuantitativos y cualitativos a propósito de los temas abordados.

Es común, por ejemplo, que los participantes en diálogos sociopolíticos coincidan en cuanto a los fines, pero discrepen respecto a los medios. Todos estarán de acuerdo en la necesidad de disminuir la pobreza y la desigualdad social, erradicar la pobreza extrema, hacer más eficiente al Estado, elevar la competitividad económica de las empresas, construir un sistema tributario más justo, etc., pero es probable que propongan medios distintos para alcanzar esos fines. ¿Qué hacer? Someter los medios sugeridos al análisis técnico-racional hasta elegir aquellos a los que asiste el mejor fundamento.

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Cuarta: En los diálogos sociopolíticos intervienen, como actores principales, personas de un perfil generalista, es decir, son expertas en emitir enunciados generales sobre los temas a los que se refieren, pero carecen de suficiente preparación específica y hablan mucho, pero dicen poco. De ahí que sea necesario incorporar en esas experiencias de diálogo a grupos y personas que, por su perfil, se especialicen en asuntos específicos y nutran con conocimientos e informaciones actualizadas a los generalistas.

Siguiendo –pero también corrigiendo– a Ortega y Gasset, ser solo generalista equivale a manipulación y demagogia, ser solo especialista equivale a fragmentación e incapacidad para síntesis creativas. Se requiere la intervención de ambos en el diálogo.

Si en un proceso de diálogo se sientan a la mesa ideólogos, académicos y curas, podemos estar seguros de que de ahí saldrá un saludo a la bandera, es decir, todo se reducirá a un ejercicio de retórica y cínica manipulación. Por eso, la pertinencia de que en los diálogos participen institutos de investigación y expertos para, así, compensar con conocimientos especializados el exceso de palabras y discursos.

Cuando el diálogo sigue los rasgos indicados, puede generar resultados extraordinarios y positivos. Suspender las propias creencias e ideas, y esforzarse por fundamentar en términos racionales y técnicos las propuestas, implica la posibilidad de que los participantes en el diálogo vean modificados total o parcialmente sus pensamientos previos y sus previos juicios de valor, lo cual supone enriquecer la inteligencia común e impulsar decisiones compartidas con consecuencias prácticas.

Una de cal, otra de arena. Dos ejemplos permiten ilustrar lo dicho. El proceso de diálogo impulsado por el ministro de Hacienda, Edgar Ayales, se acerca a los rasgos previstos para un diálogo fecundo y productivo. Esto se debe a la presencia de análisis técnico-racionales en el documento de base presentado por el Ministerio de Hacienda. No digo que los análisis del Ministerio o los criterios del ministro sean los únicos posibles, pero constituyen un acercamiento en serio al complejo y difícil tema fiscal. Respecto al diálogo convocado por el Ministerio de Hacienda, no sorprende la autoexclusión de las dirigencias sindicales, expertas en debilitar a los movimientos de trabajadores, al tiempo que se conducen como grupos de interés privado y privatizado en busca de apalancamiento político.

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Por otra parte, a diferencia de los méritos del diálogo convocado por el ministro Ayales, la actual campaña electoral se ha convertido en un cínico juego comunicacional o de acciones de mercadeo que reciben el nombre de “estrategias”, cuando no pasan de ser simples manipulaciones emocionales. ¿Dónde están los fundamentos técnico-racionales de las diversas posiciones? ¿Dónde, las propuestas concretas sobre la generación de empleo, el empleo juvenil, la reducción del desempleo, el empleo público, la reforma fiscal, la competitividad de las empresas, el desarrollo científico-tecnológico, la calidad y eficiencia de los servicios estatales, la infraestructura, la política exterior, la educación, etc.?

Puede que un candidato diga algo llamativo sobre alguno de estos temas, pero falta la capacidad para transmitir una visión de conjunto bien fundamentada, capaz de inspirar a las personas con propuestas concretas y viables. Falta un liderazgo de estatura nacional e internacional, con vocación estratégica, que se haga acompañar no de oportunistas trepadores, sino de expertos y conocedores de las realidades costarricenses y globales.

En tales condiciones, ¿puede alguien extrañarse de la apatía ciudadana, o de que la actual publicidad electoral sea un desprecio a la inteligencia, la negación del diálogo y un daño a la educación cívica?

Solo queda esperar a que uno de los candidatos, al menos uno, se digne explicar lo que piensa y lo que propone, con fundamento racional y técnico, y sin la pirotecnia publicitaria. Esa sería su mejor contribución a un diálogo social en serio.

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