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El destino de Siria con un G-Cero

Actualizado el 12 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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El destino de Siria con un G-Cero

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NUEVA YORK – El G-20 ha concluido su reunión y sus debates durante los almuerzos sobre qué hacer respecto a las acusaciones de que el presidente de Siria, Bashar Al Asad, ha utilizado un gas venenoso para matar a más de 1.400 personas de su propio pueblo. Francia, Gran Bretaña, Turquía y Canadá expresaron, en grados, diversos su apoyo al llamamiento del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a favor de una acción militar, mientras que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, llamó mentiroso al secretario de Estado de EE. UU., John Ferry, y afirmó que las pruebas contra Asad no eran concluyentes. Rusia y China insistieron en que EE.UU. no puede adoptar medidas sin la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde vetarían cualquier iniciativa de esa clase. Desde los márgenes, la Unión Europea y el papa Francisco advirtieron que no es posible una “solución militar” en Siria.

Dicho de otro modo, todo sucedió como se esperaba. Los americanos, franceses y otros siguieron presionando a los rusos para que reconocieran que el Gobierno de Siria había utilizado armas químicas; los rusos, deseosos de proteger a su aliado sirio, rechazaron las pruebas por considerarlas no concluyentes, y la carnicería continúa. Ahora, el centro de atención sobre la lucha se ha trasladado al Congreso de los EE.UU., donde una rara coalición de demócratas liberales y republicanos aislacionistas intentará bloquear los planes del presidente.

Quienes desearían detener el derramamiento de sangre no tienen buenas opciones. Así es en el caso de Obama, en el de los europeos preocupados con los quebraderos de cabeza políticos internos y en el de los dirigentes árabes deseosos de ver desplomarse al gobierno de Asad, pero reacios a decirlo en público.

El primer ministro británico, David Cameron, dice que su gobierno tiene nuevas pruebas contra Asad, mientras que el Parlamento votó a favor de retirarle apoyo a una reacción militar. Francia está dispuesta a seguir, pero no a dirigir. La Liga Árabe quiere que la “comunidad internacional” ponga fin a la carnicería, pero sin usar la fuerza. Obama pedirá al Congreso que apruebe ataques aéreos limitados que pueden disuadir de la utilización futura de armas químicas, pero no quiere cambiar la correlación de fuerzas en la guerra civil de Siria.

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Asad, los rebeldes sirios, los americanos, los rusos y los árabes merecen, todos ellos, críticas; pero señalar a culpables no es lo fundamental: la situación de Siria es la prueba más determinante hasta ahora de un nuevo orden mundial de “G-Cero” en el que ninguna potencia o bloque de potencias aceptará los costos y los riesgos que entraña la dirección mundial. Aun cuando los EE.UU. y Francia atacaran Damasco, no pondrían fin al conflicto de Siria –a diferencia de lo ocurrido en la antigua Yugoslavia, en la que detuvieron la guerra de Kosovo bombardeando Belgrado– por tres razones:

En primer lugar, hay demasiadas partes interesadas con una excesiva diversidad de intereses. Si bien el bombardeo daría a Asad mucho en qué pensar, no forzaría su rendición ni animaría a sus aliados a volverse contra él. Tampoco aclararía cómo restablecer la estabilidad y construir una Siria más estable y próspera, dada la necesidad de cooperación entre tantos copartícipes con tal disparidad de objetivos.

Los EE.UU. y Europa quieren que Siria desempeñe un papel más constructivo en esa región. El Irán y Rusia quieren conservar a su decisivo aliado. Turquía, Arabia Saudí y Qatar quieren una Siria que mantenga a Irán a distancia y no sea un motivo de militancia transfronteriza. Como consecuencia de ello, lo más probable es que Siria se convierta en un ruedo en el que las potencias regionales, con el respaldo de quienes no participen en el conflicto, pero tengan intereses al respecto, compita por lograr influencia.

En segundo lugar, los EE.UU., el único país con fuerza para desempeñar un papel decisivo, seguirá resistiéndose a participar más profundamente. La mayoría de los americanos dicen que no quieren participar en el sufrimiento de Siria; están cansados de las guerras en Oriente Medio y desean que sus dirigentes se centren en la recuperación económica y la creación de puestos de trabajo. Obama se mostrará prudente al recurrir al Congreso y, aunque sus oponentes republicanos voten a favor de ofrecerle un apoyo limitado, le harán la vida imposible al máximo.

Por último, Estados Unidos no puede contar con sus aliados para que lo ayuden a cargar con el peso de la tarea. En Libia fue relativamente fácil bombardear a los ejércitos de Muamar El Gadafi, cuando avanzaban por espacios abiertos. En cambio, bombardear Damasco (que sigue siendo una población densamente poblada pese a la huida de los refugiados) causaría, sin lugar a dudas, un número importante de víctimas mortales entre civiles sirios.

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Como en el caso de los Balcanes, hace una generación, cuando los dirigentes occidentales tomaron la iniciativa para poner fin al conflicto más sangriento desde la Segunda Guerra Mundial, los franceses están dispuestos a enviar aviones y pilotos a Siria, pero Gran Bretaña habla con más de una voz al respecto. Además, la mayoría de los dirigentes de Europa están preocupados por las consecuencias internas de las luchas actuales en la zona del euro. En Alemania, por ejemplo, la canciller Angela Merkel evitará riesgos innecesarios antes de las próximas elecciones generales.

Asimismo, los dirigentes árabes, preocupados por la agitación en Egipto, la violencia en aumento en el Irak y Libia, y la amenaza de disturbios sociales en sus propios países, no pedirán a las claras potencias occidentales que bombardeen un país árabe. Ni siquiera Canadá participará en esta ocasión.

Este problema del G-Cero no durará eternamente. Llegará un momento en el que los fuegos políticos que se permitan arder descontrolados amenacen a suficientes países poderosos como para que se obliguen a lograr cierto nivel de cooperación. Desafortunadamente, para los sirios, su sufrimiento por sí solo no será suficiente.

Ian Bremmer es presidente del Grupo Eurasia y autor de Every Nation for Itself: Winners and Losers in a G-Zero World (Cada nación a lo suyo. Ganadores y perdedores en un mundo de G-Cero). © Project Syndicate.

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