Opinión

La desteñida Unión Europea

Actualizado el 09 de abril de 2014 a las 12:00 am

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La desteñida Unión Europea

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La Unión Europea carece aún del soporte político y jurídico necesario para constituirse en una verdadera fuerza compacta que pueda influenciar positiva y decididamente en las crisis internacionales. La reciente y grave disputa entre Ucrania, Crimea y Rusia lo ha dejado en evidencia una vez más, pues los actores principales siguen siendo los Estados independientes en la tesitura clásica de la soberanía estatal, aunque, en la realidad práctica, unos Estados sigan siendo más soberanos que otros, y algunos no lo sean del todo.

No obstante, de esta crisis han salido a flote distintos factores, prestos para la valoración profunda, a fin de evitar guerras o desestabilizaciones que puedan afectar el frágil equilibrio de las fuerzas políticas a nivel mundial. Y quizás la respuesta de la débil imagen y presencia de la Unión Europea radique en sus cimientos, dado que no es una nación ni es tampoco un Estado.

En efecto, no es una nación, pues la diversidad de lenguas, culturas y tradiciones es parte de su composición orgánica, ni es un Estado –sobre todo federal– que aglutine a los distintos Estados o centros de poder autónomos en una permanente unidad jurídica y política, que es propia de la dimensión del Estado constituido, y que, a su vez, requiere de una Constitución Política –escrita o no escrita– para el nacimiento, consolidación, organización y actividad del Estado mismo, sin excluir la declaración y protección de los derechos y libertades ciudadanos, como parte de su contenido regulador.

Un fiasco. De ahí que la Constitución europea fue un fiasco, pues no podemos pensar en una Constitución sin la existencia de tal unidad territorial, jurídica y política, con trascendencia y desaparición de los Estados soberanos, pues la soberanía, antes bien debe ser la expresión del Estado constituido, sin confundirse con los Estados –o como se les llame– que conforman su estructura y funcionamiento, y que, a la vez, están subordinados a una originaria y determinante regulación jurídica y política, por una sola Constitución. Así, el proyecto de la Constitución europea tuvo como guía inspiradora –aunque algunos lo niegan– la Constitución de los Estados Unidos (EE. UU.) delineada en la Convención de Filadelfia (1776), con la incorporación de la figura del presidente y con divorcio del sistema monárquico todavía vigente en algunos Estados europeos.

Sin embargo, las metas de la Unión no contradicen los valores y fines democráticos, pues se refuerza lo que ya se inició desde el final de la Segunda Guerra Mundial contra las dictaduras en Europa, con renovado estímulo a partir de la caída del Muro de Berlín y del bloque marxista del Este, apostándose así –bajo la sombra de EE. UU.– a la unidad del continente sin dejar de lado a Turquía ni al Cáucaso, con exclusión de Rusia. Este país –con Putin a la cabeza–, a la vez, quiere fundar su propio modelo de expansión imperial por la unidad comercial, militar y territorial euroasiática, con un extraño y combinado recetario de acción inspirado en Iván el Grande, Iván el Terrible, Pedro y Catalina, Stalin y Hitler.

La Unión Europea, sin mayor protagonismo –aunque debiera ser clave en la solución del conflicto–, queda asumida unilateralmente por algunos de sus Estados miembros –sobre todo, Alemania– que son parte de la OTAN y que, en conjunto, han puesto en máxima alerta a una Rusia amenazada militar, estratégica y económicamente, ante la potencial incorporación de Crimea a la Unión Europea y a la OTAN por medio del Estado ucraniano, sin que pueda aceptarse, conforme al derecho internacional, la desmembración territorial de Ucrania, por un acto de consulta popular en Crimea que la Constitución estatal no regula ni acepta, en medio de una guerra solapada de intereses nacionales, donde los grandes jugadores (EE. UU., China, Rusia, Alemania) son, a la vez, socios y adversarios, con la tímida e insignificante presencia de la Unión Europea.

Potencia civil y jurídica. Así podríamos decir que la Unión se piensa más como una potencia civil, económica y jurídica que como una fuerza militar, aun, incluso, bajo el mandato de la OTAN y de la política europea de seguridad y defensa de las Naciones Unidas. Sin embargo, si bien la presencia militar en ocasiones es necesaria para la defensa efectiva de los intereses y derechos legítimos de los Estados o regiones, la Unión Europea debiera levantar una sola voz presencial y de reclamo en los distintos conflictos internacionales, con mayor soltura e independencia en su interpretación, ejecución y sanción, lo cual ha tenido mayor peso en materias relacionadas con la defensa del medioambiente, regulación de la competencia, normas contables, negociaciones con la OMC, derechos humanos y seguridad energética.

Sin embargo, todavía falta por desarrollar y explicitar los intereses comunes europeos, para lo cual ya se tiene un importante andamiaje de principios, regulaciones y valores, a fin de colaborar en la instauración de reglas claras y precisas por la paz, democracia, desarrollo sostenible y protección de los derechos humanos. Y Europa, sin duda, ha dado pasos firmes por un solo mercado en el mundo y por la integración política regional desde la base sólida del sistema democrático.

En conclusión: quedamos a la espera de la presencia paradigmática de la Unión Europea como fuerza viviente para disminuir, interceder, evitar o eliminar conflictos interestatales que pongan en peligro la civilización libre y democrática, con el pensamiento y la acción que el dolor, la destrucción, creatividad y superación de Europa a través de su historia pueden mostrar y enseñar en exceso.

El mundo está ansioso de sabiduría ejecutable.

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