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¿Quién soy después del 7E?

Actualizado el 02 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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¿Quién soy después del 7E?

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Pasados unos días desde los ataques del 7 de enero (7E) en París, es saludable salirnos del enfoque bastante simplista al que nos llevó la aplanadora mediática internacional, más allá de la cultura de querer ser parte de todo sin serlo verdaderamente, para examinar lo ocurrido con mirada cuestionadora y con la perspectiva de la distancia temporal.

Además de la explicación que puede ofrecer la psicología del terrorismo, en el caso del yihadismo no se puede ignorar que existe una compleja trama subyacente, cuyas fibras históricas y sociológicas se entrelazan seguramente con las atrocidades cometidas por las potencias coloniales europeas en Oriente y África, o, más atrás, con las guerras santas medievales, pasando por la Reconquista y, más recientemente, por el conflicto palestino-israelí y las guerras en Afganistán, Irak y otros países de Medio Oriente, o la eterna dinámica norte-sur, etc.

Sin embargo, ¿son las acciones de Occidente la causa del terrorismo yihadista como declaró el secretario general del Centro Cultural Musulmán de Costa Rica hace unos días a La Nación ? Afirmarlo equivaldría a dar una justificación racional a un acto irracional o a perpetuar el “ojo por ojo”.

Ataque a la sociedad. Según el fundador-editor del diario italiano La Repubblica, Eugenio Scalfari, el Estado laico –no solo donde prevalecen Gobiernos cristianos o el judío- es el gran blanco de los fundamentalistas; entonces, ¿son estos últimos fanáticos religiosos o son ramificaciones de un plan expansionista cuyos fines trascienden lo religioso? ¿Qué negocios nutren y se nutren de esa nueva “guerra santa”? ¿Está Occidente ligado de alguna forma a esos negocios? Además de las medidas militares y de inteligencia, ¿se está haciendo lo adecuado para detener el terrorismo yihadista? ¿Por qué los inmigrantes musulmanes, que gozan en Europa y Estados Unidos de libertades de las que carecen en sus países de origen, difícilmente se integran, y algunos cometen estas agresiones contra las sociedades que los han acogido? ¿Es la xenofobia causa o efecto de esa no integración de los musulmanes a las sociedades occidentales? No hay respuestas simples, pero el cuestionamiento debe ser más que retórico. Lo que sí está claro, es que la masacre en el semanario francés no se puede resumir únicamente como un ataque a la libertad de expresión. Fue un ataque a la sociedad abierta.

Ahora bien, a riesgo de parecer políticamente incorrecta, me pregunto lo siguiente: si radicales cristianos hubieran asesinado a dibujantes musulmanes por publicar caricaturas irreverentes sobre Jesús, ¿habrían salido a marchar esa cantidad de personas y de gobernantes para defender la libertad de expresión? ¿Tantos internautas se solidarizarían con algún lema semejante al “ Je suis Charlie ”? (“Yo soy Charlie”). Me atrevo a pensar que, cuando mucho, habría generado la reacción que han causado las muertes de miles de civiles sirios, iraquíes y africanos en el último decenio. ¿Cuál es esa reacción? Una especie de diplomática condolencia.

Por supuesto que se siente más la desgracia que ocurre cerca, pero tan solo lo que está sucediendo en Nigeria y Camerún a manos de Boko Haram, por ejemplo, debería bastar para que se hicieran marchas multitudinarias en todas las capitales del mundo y se destinaran millones de recursos para parar ese holocausto. Me disgusta el doble discurso de algunos líderes democráticos porque les preocupa más sostener el argumento del choque de civilizaciones, que las civilizaciones en sí. A todo nivel, aparentar se ha vuelto más importante que ser.

La frontera. Como todo derecho, la libertad de expresión tiene límites; si bien cada sociedad decide dónde pone el límite. Los franceses se han esforzado por secularizar completamente su sociedad, lo que ha ampliado mucho más la frontera de la libertad de expresión de lo que lo hemos hecho en el continente americano. En Estados Unidos y en muchos países de América Latina no es aceptable la sátira blasfema, mientras que en Francia sí lo es. Esto explica, en parte, que se haya hiperbolizado el argumento de la libertad de expresión; sin embargo, es necesario cuestionarse si es mejor acallar la sátira para no irrespetar creencias o permitirse irrespetarlas con tal de no correr el riesgo de mutilar la democracia. Entonces, pienso en la nula libertad de prensa en los regímenes teocráticos musulmanes y en las decenas de periodistas a los que algunos presidentes autoritarios de nuestras repúblicas bananeras les han sellado la boca, y se me acaban las dudas.

Oportunidad en las aulas. Las muertes de los dibujantes de Charlie Hebdo y de los clientes del mercadito judío son repudiables e injustificadas desde todo punto de vista. En cuanto regresemos a clases, en colegios y universidades debe abordarse este evento con sus múltiples factores porque la intolerancia y la violencia, donde sea que ocurran, nos deben importar; y la educación es, por naturaleza, el instrumento adecuado para prevenirlas y para promover los valores democráticos.

Hasta ahora, en esta comarca, la presencia de inmigrantes musulmanes es casi invisible, pero la política de varios Gobiernos suramericanos de atraer colonias de musulmanes puede cambiar esa situación. Debemos estar preparados para prevenir riesgos, pero principalmente para convivir. Hoy soy Charlie , soy Ahmed (el policía musulmán asesinado), soy una estudiante nigeriana, una madre iraquí y tantas otras madres cuyos hijos mueren sin ningún sentido y sin ninguna gloria.

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