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Cómo despertar de la pesadilla Trump

Actualizado el 25 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

En las democracias posmodernas, el único jefe es la opinión pública, que tiene su propia lógica

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PARÍS – El pueblo estadounidense tiene tres formas de escapar del mal trago de la presidencia de Donald Trump. Pero que lo haga, y cuándo, es una cuestión irreductiblemente política, no una que dependa de posibilidades legales.

En primer lugar, está el método nixoniano, donde el presidente, desgastado por la lucha, asustado y deseoso de evitar el proceso legal en su contra que empieza a organizarse, renuncia al cargo. Pero ¿elegiría Trump esa salida? ¿Comparte con su distante predecesor republicano una predisposición suficientemente fuerte a la melancolía? ¿Es imaginable que un hombre pueril, compulsivo y narcisista entregue sin luchar el juguete superlativo del cargo más alto en el país más poderoso del planeta? Yo lo dudo.

En segundo lugar, está el artículo 4 de la 25.ª Enmienda de la Constitución, ratificada en 1967, que detalla un mecanismo para que el vicepresidente y el gabinete puedan actuar en reemplazo de un presidente muerto o impedido de gobernar por motivos de salud. Por ejemplo, es lo que hubiera podido suceder cuatro años antes, tras el atentado contra John F. Kennedy, si este no hubiera muerto de las heridas recibidas. La posibilidad resurgió brevemente cuando el presidente Ronald Reagan comenzó a mostrar los primeros signos de la enfermedad de Alzheimer.

Pero la situación actual no se parece a esos casos. Trump podrá ser (como sus detractores aseguran) inestable y falto de aptitud para gobernar. Pero ¿lo es más ahora que cuando el pueblo estadounidense lo eligió? Probablemente, no.

Por último, queda el recurso al juicio político, un tema del que se habla cada vez más abiertamente en Washington, acompañado (signo de los tiempos) por un libro, The Case for Impeachment(Argumentos para un juicio político), de Allan J. Lichtman (el autor, historiador de la política, es famoso por haber ideado un modelo que le permitió predecir la elección de cada presidente estadounidense desde Ronald Reagan hasta Donald Trump).

El juicio político, establecido en el artículo 2 de la Constitución, es un procedimiento para la destitución de un presidente, vicepresidente u otros altos funcionarios del Ejecutivo (también jueces) sospechosos de “traición, cohecho u otros delitos y faltas graves”. Es un proceso complejo que se desarrolla en dos etapas: primero, la Cámara de Representantes debe decidir por mayoría simple que las acusaciones son suficientemente serias para llevarlas a juicio; luego, el Senado realiza un juicio pormenorizado, en el que se necesita una mayoría de dos tercios para declarar culpable al funcionario y activar su destitución inmediata.

Pero hay dos grandes razones para dudar de que un juicio político vaya a librar al mundo de Trump. En primer lugar está el equilibrio de poder en el Senado: haría falta que al menos 19 senadores republicanos se unieran a los demócratas para condenar a Trump. Por el momento, hay como mucho cinco dispuestos a hacerlo. Los únicos dos precedentes de juicio político a un presidente (Andrew Johnson, juzgado en 1868 por abuso de poder, y Bill Clinton, juzgado en 1998 por perjurio y obstrucción de la justicia) no son para nada alentadores: ambos terminaron con la absolución en el Senado.

En segundo lugar, los jefes del Partido Demócrata son reacios a ver al ultraconservador vicepresidente Mike Pence asumir el puesto que quedaría vacante tras la caída de Trump. ¿No disfrutaría del mismo estado de gracia que tuvieron los últimos vicepresidentes que entraron a la Oficina Oval en circunstancias excepcionales (Lyndon Johnson después de Kennedy; Gerald Ford después de Nixon)? ¿Y si se quedara en el cargo no solo por el resto del mandato de Trump, sino también por dos períodos de cuatro años propios?

Son temores razonables. Pero las cosas cambiaron desde tiempos de Johnson, Ford e incluso Clinton.

En las democracias posmodernas, el único jefe es la opinión pública. Y la opinión pública funciona según una lógica propia. ¿Cuánto tiempo más tolerará el pueblo estadounidense las dosis casi diarias de nuevas pruebas de conflictos de intereses (comenzando con el otorgamiento, en plena primaria presidencial, de licencias a inversores chinos para usar la marca Trump en spas, hoteles de lujo y otros proyectos inmobiliarios)?

¿Y los vínculos financieros con Rusia de Trump y sus colaboradores, incluido el exasesor de seguridad nacional Michael Flynn y el exjefe de campaña Paul Manafort? ¿Qué influencia podrían ejercer los oligarcas rusos que en el 2004 (cuando Trump estaba atrapado en una de sus bancarrotas y los bancos estadounidenses le negaban crédito) recapitalizaron sus empresas y compraron (bajo cuerda y a precio elevado) departamentos de lujo en la Trump World Tower? ¿No tendrá todo esto un costo en algún momento?

Y para terminar, está la grosera obstrucción de la justicia que supone el despido del director del FBI James Comey, cuyo mayor delito parece haber sido el negarse a excluir a Trump de su investigación de la interferencia ilegal del Kremlin en la campaña electoral del 2016. ¿Qué conclusión sacarán los votantes de las revelaciones incriminatorias que sin duda saldrán a la luz, ahora que el predecesor de Comey, Robert Mueller, fue designado fiscal especial para investigar los lazos entre Rusia y el equipo de campaña de Trump?

El malestar de la opinión pública es cada vez más evidente. Una petición de juicio político a Trump organizada por John Bonifaz, un abogado de Massachusetts, reunió más de un millón de firmas. Las encuestas indican que una mayoría del electorado está de acuerdo con que Trump renuncie si se prueba que su equipo de campaña se confabuló con Rusia para inclinar el resultado de la elección. Y cada vez más votantes están diciendo eso mismo a sus representantes, que tarde o temprano tendrán que empezar a escuchar, so pena de poner en riesgo sus propios chances electorales.

Para Trump, el peligro real será cuando las multitudes que fascinó y capturó durante la campaña comiencen a darle la espalda. Multitudes que (como bien demostraron sagaces observadores políticos, de Platón a Tocqueville) se tornan más difíciles de eludir cuanto más se las entronizó.

El peor de los casos nunca es inevitable. Tal vez la masa de la oleada populista se convierta otra vez en el gran pueblo estadounidense, un pueblo de ciudadanos. Cuando eso suceda, Trump será historia.

Bernard-Henri Lévy es uno de los fundadores del movimiento “Nouveaux Philosophes” (Nuevos Filósofos). © Project Syndicate 1995–2017

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