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Un desorden en perspectiva

Actualizado el 20 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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A finales del siglo XIX, Costa Rica tenía una población que apenas superaba los 250.000 habitantes: la mayoría de ellos eran peones, las mujeres de dedicaban al hogar y también trabajaban como empleadas domésticas, la natalidad era muy elevada, pero el crecimiento demográfico había sido moderado debido a la enorme mortalidad en adultos y menores de cinco años de edad, lo cual hacía que la expectativa de vida rondara los 30 años. Como la mortalidad de mujeres durante el parto era muy alta, fue evidente la necesidad de establecer orfanatorios y, en 1905, la primera guardería infantil.

En 1913, se fundó, por parte de las Damas de la Caridad, un programa especial, y entonces novedoso, que se llamó “La gota de leche”, financiado con recursos públicos y privados. Consistía en suministrar leche a familias pobres para combatir la desnutrición, que era rampante en nuestro país. Antes existieron esfuerzos aislados que proporcionaron leche y otros pocos alimentos, sobre todo a las familias de peones, por parte de algunos patronos y de varias parroquias católicas.

En todo caso, esos gestos compasivos tuvieron poco impacto nacional, pues su cobertura fue muy limitada, la pobreza, muy grande y la mortalidad infantil, elevadísima. Años después, el Ministerio de Salud, con la ayuda, primero, de las Juntas de Caridad y, posteriormente, de la Junta de Protección Social, comenzó a construir en San José y, después, en provincias centros de nutrición para repartir leche en todo el país, excepto en las regiones remotas o aisladas, pero, nuevamente, su impacto sobre la salud infantil fue limitado porque la parasitosis intestinal masiva estaba omnipresente, junto con la anemia grave, por falta de hierro e infecciones como diarrea, neumonía, paludismo, tuberculosis y todas las prevenibles con vacunación.

Década de los setenta. Así llegaron los años setenta. Don José Figueres gana esas elecciones y se compromete con mejorar la salud de los costarricenses, pues entendió que la capacidad de aprender, organizarse y producir dependía, en gran parte, de la salud de los ciudadanos. El país contaba desde 1930 con el Patronato Nacional de la Infancia, varios centros de nutrición administrados por el Ministerio de Salud (1927), la Caja Costarricense de Seguro Social (1941), y el Hospital Nacional de Niños, inaugurado en 1964.

Múltiples iniciativas se llevaron a cabo, a pesar de que el ingreso per cápita era de alrededor de $500 y, ahora sí, el impacto sobre la salud de todos los costarricenses fue extraordinario, al punto de que, en una década, la mortalidad de niños menores de 5 años se redujo en 80%, las parasitosis intestinales graves disminuyeron 98%, y las infecciones comunes, la desnutrición severa y problemas como la fiebre reumática y la glomerulonefritis aguda casi desaparecieron. En consecuencia, la expectativa de vida es ahora cercana a los 80 años y la estatura de los jóvenes a los 20 años de edad aumentó 12 centímetros en los hombres y 8 centímetros en mujeres con relación a las primeras décadas.

Situación actual. Los centros de nutrición evolucionaron a centros de educación y nutrición, y, posteriormente, fueron unidos a centros infantiles de nutrición y atención integral. Mientras tanto, surgieron los equipos básicos de atención integral a la salud (Ebáis) y los centros de atención integral en salud. Recientemente aparecieron los centros de cuido, de los cuales se comenta que están desfinanciados y algunos fuera de operación, aunque sean nuevos. Todos estos centros suman más de 1.500 establecimientos con poca coordinación, pues unos pertenecen a la Caja Costarricense de Seguro Social, otros, al Ministerio de Salud y otros más, al Instituto Mixto de Ayuda Social.

Soy un convencido de que a los niños debemos considerarlos la más alta prioridad del país, pero también creo que, en un afán verdadero de protegerlos y atender todas sus necesidades, se debe proceder con racionalidad, transparencia y cautela, simplemente porque los recursos son limitados.

Además, tengo la impresión de que, en este caso, nos encontramos frente a una cierta anarquía no solo de nombres, y la anarquía, como sabemos, produce poco rendimiento, dilapida el dinero que les hace falta a otros programas también importantes y, finalmente, decepciona a los que verdaderamente necesitan estos servicios: los pobres y las familias de padres y madres trabajadores.

La mejor atención, pública o privada, para todos los niños costarricenses le conviene al país, porque ellos serán los adultos de mañana, pero este importante tema está esperando un líder que ponga orden: solo se necesitan capacidad demostrada, dedicación, sentido común y ganas de hacerlo con probidad.

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