3 enero, 2015

SEATTLE – Algunas veces, la mejor medida de la vitalidad de un movimiento es la reacción de quienes lo critican. Cuando, a principios de noviembre, la Universidad Nacional Australiana anunció que vendería sus acciones en siete empresas mineras y extractivas de combustibles fósiles, generó una oleada de críticas de los políticos conservadores de su país.

Estos paladines del libre mercado, que lo son apenas de nombre, se dieron el lujo de decir a la Universidad a qué debería destinar sus fondos. Joe Hockey, tesorero de Australia, la calificó como una decisión “desconectada de la realidad”, y otros más como una “desgracia”, “muy extraña” y “miope e irresponsable”. Da igual que las sumas en cuestión hayan sido relativamente pequeñas (menos de un 2% de la cartera de la Universidad, estimada en $1.000 millones).

A medida que se consolida la tendencia a desinvertir de los combustibles fósiles, veremos cada vez más reacciones de pánico como estas. El clamor de los conservadores australianos me recuerda la reacción que recibí cuando testifiqué ante el Congreso de Estados Unidos en el 2013, diciendo que “deberíamos dejar el carbón en la tierra, donde pertenece”. David McKinley, congresista republicano por Virginia occidental, contestó que mis palabras “le daban escalofríos” y, luego, comenzó a hablar de los índices del crimen en Seattle, de donde era yo alcalde.

Hasta ExxonMobil parece haber sentido los efectos. Hace poco, la compañía publicó una larga entrada de blog, con tono a la defensiva, respondiendo a lo que describía como “un apoyo en toda regla” a la desinversión de los combustibles fósiles por parte de Mary Robinson, la enviada especial para el cambio climático del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon. El sector de los combustibles fósiles ve claramente el movimiento por la desinversión como la amenaza política que es. Cuando suficiente gente diga “no” a invertir en la producción de combustibles fósiles, el siguiente paso ha de ser que el carbón, el petróleo y el gas se queden en sus yacimientos.

Se trata de un paso necesario para evitar las consecuencias más peligrosas del cambio climático. Va a ser necesario dejar sin extraer cerca de un 80% de las reservas conocidas de combustibles fósiles, si queremos impedir que las temperaturas del planeta suban más de los 2 ºC que los científicos consideran como el punto de inflexión, tras el cual ya no se podrían mitigar los efectos más graves.

Las compañías petroleras y carboníferas, y sus aliados políticos, nos advierten de la catástrofe fiscal que nos esperaría en ese caso, como si las olas de calor, sequías, tormentas y ascenso del nivel del mar no conllevaran sus propias catástrofes sociales y fiscales. Como alcalde de Seattle apoyé la construcción de edificios que hagan un uso eficiente de la energía, el desarrollo de energía solar, eólica e hidroeléctrica, y el fomento de caminar, tomar la bici y usar el transporte público como alternativas a conducir un carro, estrategias, todas ellas, que pueden contribuir a la creación de una economía más resistente y a la consolidación de alternativas viables a los combustibles fósiles. Sin embargo, no pueden evitar lo peor del calentamiento global, en particular si acaban haciendo que el carbón y el petróleo sencillamente se vendan en otros sitios.

Con todo lo imperfectos que puedan ser nuestros sistemas de gobernanza, es muy posible que, en algún punto, la gente y sus representantes exijan que nos enfrentemos a la verdad del calentamiento global y pongamos en práctica los controles normativos o legales necesarios para reducir drásticamente el uso de los combustibles fósiles.

Si es usted un inversor prudente y cauto, considere por un momento esa posibilidad. Los valores en bolsa de este sector (que se basan en el supuesto de que las empresas podrán extraer y consumir todas las reservas conocidas) caerán en picado. Así que invertir en estas compañías es extremadamente riesgoso. Como sabe todo aquel que recibe estados de cuentas de inversión, “las rentabilidades pasadasnoconstituyenuna garantía delasrentabilidades futuras”.

Esta realidad es otro gran motivo para desinvertir. No hay duda de que algunos dirán que el mundo nunca cambiará, y que siempre seguiremos dependiendo de los combustibles fósiles. Pero basta con dirigir la mirada a Seattle, donde las parejas del mismo sexo se casan en el ayuntamiento de la ciudad y se vende marihuana en tiendas autorizadas para ver la capacidad humana de reevaluar supuestos profundamente arraigados. El inversor prudente y el líder de los negocios inteligente mirarán los caminos hacia los que se dirige la economía, y no solamente los que ha transitado en el pasado.

La decisión de la Universidad Nacional Australiana resulta inteligente para cualquiera que no esté sometido a los dictámenes de las compañías del sector del petróleo y el gas, y, con el paso del tiempo, irá brillando cada vez más. Bien por ellos. Cuando, en el 2013, puse a Seattle en el camino de la desinversión, fue una decisión bien recibida por la gente más joven (la misma que deberá vivir las consecuencias del calentamiento global), así como por el público en general. A medida que aumente la presión política, recomiendo a las autoridades administrativas de la Universidad que presten oídos únicamente a sus estudiantes.

Necesitamos más valentía como la que ha demostrado la Universidad Nacional Australiana con su decisión. Sus autoridades hicieron caso omiso del poder de los intereses de las compañías de petróleo y carbón, que en Australia son muy fuertes. Si pueden hacerlo, recibiendo, además, el apoyo popular, no hay duda de que otros podrán también.

Mike McGinn fue alcalde de Seattle, la primera ciudad en comprometerse con la desinversión de los combustibles fósiles. © Project Syndicate.

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