Opinión

Los designios del destino

Actualizado el 12 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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Los designios del destino

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Mucha gente repite que todo ocurre por alguna razón. ¿De dónde sale esta creencia? Una teoría es que parte de las enseñanzas religiosas: que todo evento tienen un significado porque Dios nos envía mensajes, dispone todo para nosotros, nos premia por nuestras buenas acciones y nos castiga por las malas.

Instinto psicológico. Un estudio del Laboratorio de la Mente y el Desarrollo de la Universidad de Yale publicó en la revista Cognición una serie de estudios que parecen establecer que existe en la naturaleza humana un poderoso instinto psicológico que impulsa la ilusión de que nuestra existencia está llena de propósitos y diseños.

Algunas personas encuentran confortante pensar que no hay accidentes; que todo lo que nos sucede –incluyendo los eventos más terribles– responden a un proyecto en progreso del destino. No todos pensamos como el ateo Richard Dawkins, que ha dicho que “el universo exhibe las propiedades que debemos esperar en un universo en el cual no hay diseño, no hay propósito, no hay mal, ni bien, nada, excepto una indiferencia ciega y despiadada”.

Los eventos que afectan la vida humana usualmente se desarrollan de manera justa, solo cuando los individuos y la sociedad hacen los esfuerzos necesarios para que estos sucesos justos ocurran. Pero, incluso, personas devotas estarían de acuerdo en que, por lo menos aquí en la Tierra, las cosas no funcionan de manera tal que las personas reciben lo que merecen. La razón es que se entremete, en el proceso de la vida, una fuerza desconocida que, según se cree, obra sobre los hombres y los sucesos. Y es difícil escudriñar los diseños de esa fuerza llamada “destino”.

Cuando, en 1931, un taxi atropelló a Churchill en Nueva York y este sobrevivió, muchos se lo achacaron al destino y especulaban que, si hubiera muerto, muy probablemente Hitler habría controlado el destino de Europa y del mundo. En el caso de Hitler, los designios del destino fueron más ininteligibles, aunque dejan una rendija abierta para tratar de comprender cómo opera el destino.

El jueves 29 de octubre de 1914, Adolfo Hitler, un cabo del Ejército alemán, se le escapó a la muerte en la línea de avanzada en el frente de guerra en Bélgica.

En una carta, Hitler le contó a un amigo que “de nuestra compañía solo uno quedó junto a mí, pero, al fin, él también fue acribillado”. Tres semanas más tarde, de nuevo se le escapó a la muerte cuando se le ordenó salir de una tienda de campaña que, cinco minutos después, fue destrozada por un proyectil que mató a todos los que estaban dentro. Pasaron los siguientes cuatro años escapándosele a la muerte. Una vez quedó temporalmente ciego por una bomba de gas y, finalmente, fue herido en una pierna por un trozo de metralla.

Si Hitler hubiera muerto en el frente de batalla en cualquiera de las muchas oportunidades que se presentaron, ¿cuán diferente habría sido el curso de la historia? Muchos concluyen que Hitler sobrevivió para cumplir con el destino que él mismo se había labrado. Pero los hechos sugieren, más bien, que fue el destino el que buscó a Hitler, y no al contrario.

En 1919, la Alemania de Hitler se encontraba involucrada en una transición de una monarquía opresiva, pero estable, a una naciente democracia constitucional inestable. Era la primera experiencia de Alemania con la democracia. La República de Weimar se tambaleaba ante una violencia sin precedentes entre extremistas de izquierda y de derecha. Los bolcheviques establecieron en Múnich la República Soviética de Baviera y la derecha rondaba por todo lado asesinando a sus enemigos políticos con impunidad.

Paul von Hindenburg, exmariscal de campo y monárquico, electo presidente en 1925, decidió que un sistema democrático no respondía “a las necesidades de nuestro pueblo” y nombró canciller a Hitler en enero de 1933, con la expectativa de que el líder nazi aplastaría la amenaza comunista. El destino seguía buscando a Hitler. Este logró lo que el monárquico Hindenburg buscaba: desmantelar el sistema democrático de múltiples partidos. El exmariscal de campo también buscaba que, con la destrucción de la democracia, Alemania encontrara la senda hacia la monarquía que añoraba. Pero Hindenburg murió en agosto de 1934, dejando a Alemania en las manos del dictador fascista.

Papel determinante. ¿Fue Hitler quien forjó su propio destino? La historia establece que fue el destino el que jugó el papel determinante al encontrar en Hitler el consumador de sus designios.

Hans Frank, alto funcionario en la Alemania nazi, en su juicio en Nuremberg, confirmó el papel que jugó el destino. Dijo Frank: “Hitler fue posible en Alemania solo en este mismo momento histórico (la muerte de Hindenburg en 1934). Si hubiera llegado, digamos, diez años más tarde, cuando la República de Weimar estaba más solidamente consolidada, habría sido imposible para él lograr sus propósitos. Pero, si hubiera llegado diez años antes de lo que llegó, cuando todavía estaba en pie la monarquía, no habría llegado muy lejos. Llegó exactamente en este terrible período transitorio de la historia cuando la monarquía se desvanecía y la república todavía no estaba firmemente establecida”. La muerte de Hindenburg en ese momento fue un designio de esa fuerza desconocida.

Todo lo que le quedaba al destino para desatar la tormenta es que alguien se valiera de esa circunstancia. Le tocó al genio maligno de Hitler. Ningún otro líder político de ese tiempo tenía la capacidad de encender las pasiones nacionalistas y de montar el andamiaje de una agenda racista y antisemita con tal ferocidad y de consecuencias tan vastas. No fue Hitler el arquitecto del destino de Europa. Fue apenas quien le dio curso a la tormenta que el destino gestó.

Otro consumador. ¿Qué importancia tiene referirse a estos hechos aparentemente fútiles y sin importancia actual?

La importancia es que el destino parece que anda buscando otro consumador: alguien que lleve a cabo el adelantado proyecto universal del movimiento político-religioso del fundamentalismo islámico. Lo esperan desde hace siglos.

Los chiitas creen que el duodécimo imán, el Mahdi , desaparecido en el siglo IX, volverá al mundo como redentor, y, para los sunitas, vendrá, además, para establecer una sociedad islámica perfecta en la tierra, el califato islámico universal.

Hay en la actualidad importantes sunitas que afirman que estamos en la época de la venida del Mahdi. Incluso, algunos afirman haber tenido contacto con él .

Según varias profecías del islam, el teatro principal de los acontecimientos del Mahdi serían las ciudades sagradas del islam, en lo que hoy es Arabia Saudita, así como en Damasco, donde actualmente se libra una guerra genocida.

Uno de los signos que habrían de preceder a la venida del Mahdi sería la presencia militar de tropas cristianas en la península arábiga, donde, como un signo de mal agüero, actualmente se alberga a buena parte de la fuerza militar occidental para enfrentar a al-Baghdadi, califa del Estado Islámico.

Una secta sunita afirma que estamos ante la inminente aparición pública del Mahdi , y ven en ese hecho el retorno del califato islámico.

¿Está el destino buscando, de nuevo, otro consumador de sus designios?

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