Opinión

Del desempleo a la creación de empresas

Actualizado el 19 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Del desempleo a la creación de empresas

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CHICAGO – Es de sobra sabido que el empleo en el sector manufacturero de los Estados Unidos ha disminuido en gran medida por el aumento de la manufactura en países en desarrollo como México y China, pero pocos reconocen descensos similares en otros sectores, pese a las trascendentales consecuencias económicas, sociales y políticas de semejantes tendencias.

Desde 1972, el número de telefonistas se ha reducido en un 82%, el de mecanógrafos en un 80%, el de secretarias en un 60% y el de contables en un 50%. Además, durante la “gran recesión”, los puestos de trabajos oficinescos y administrativos se redujeron en un 8%, los empleos en producción y artesanía disminuyeron un 17% y el número de maquinistas, especialistas en acabados y jornaleros se redujo en un 15%. El empleo en todas las demás profesiones permaneció inalterable o aumentó.

La manufactura y el apoyo administrativo daban empleo a millones de personas, pero los avances tecnológicos han permitido automatizar muchos de esos puestos de trabajo de clase media o se los ha trasladado al extranjero, proceso que se espera que se acelere con el aumento de la automatización de las actividades basadas en los conocimientos y los avances en la robótica.

En teoría, los trabajadores pueden adaptarse a esos cambios buscando empleos que no consistan en tareas rutinarias que no se puedan computarizar ni robotizar (al menos, no en un futuro previsible). Entre ellos figuran cargos muy bien remunerados, como los de directores y técnicos, además de puestos de trabajo relativamente poco remunerados en servicios personales y de protección, preparación de alimentos y limpieza, pero pocas actividades que requieran “aptitudes medias”.

A consecuencia de ello, el mercado laboral se está polarizando cada vez más, tendencia que, según creen muchos, se puede abordar con una mayor y mejor educación, pero una proporción importante de personas intelectualmente capaces no responden bien a la educación y ni siquiera basta con brindar a las que sí los conocimientos especializados y la amplia experiencia necesarios para adaptarse –y mucho menos aún para innovar– en un mercado laboral dinámico. Esa deficiencia explica en parte la prevalencia de jóvenes muy instruidos, pero desempleados, a escala mundial.

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Brindar a los trabajadores más opciones de aumentar sus conocimientos y aptitudes les permitiría capitalizar las tecnologías en desarrollo, como las conexiones a la red Internet en los teléfonos portátiles y los medios de comunicación social, no solo ocupando puestos en empresas existentes, sino también lanzando sus propias empresas. De hecho, el autoempleo es una opción cada vez más atractiva para los trabajadores que buscan algo mínimamente parecido a la seguridad laboral en un mercado laboral imprevisible y difícil.

En vista de las posibilidades que ofrece la creación de empresas para impulsar la innovación y el crecimiento del PIB, a todo el mundo le interesa apoyar esos empeños, pero los bancos comerciales son reacios a financiar nuevas empresas creadas por trabajadores desempleados sin garantías, por lo que esa es una vía difícil para el ajuste del mercado laboral tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados.

Para mejorar las perspectivas de los aspirantes a empresarios, algunos países han empezado a ofrecer subvenciones para la creación de empresas a trabajadores desempleados, a veces en lugar de las prestaciones por desempleo, pero, si bien esas políticas contribuyen a reducir el desempleo, sus repercusiones están sujetas a las limitaciones del capital humano, pues muchos trabajadores desempleados carecen de los conocimientos, las experiencias o la confianza necesarios para lanzar una nueva empresa.

En vista de ello, se deben combinar las subvenciones para la creación de empresas con los aprendizajes empresariales subvencionados, como los que han brindado capacitación a albañiles, carpinteros, fontaneros y electricistas durante decenios (y, en algunos casos, durante siglos). Esos aprendizajes ayudarían a los trabajadores a adquirir las experiencias y los conocimientos técnicos que necesitan para aprovechar las oportunidades brindadas por el progreso tecnológico.

Por ejemplo, los propietarios de tiendas especializadas descubren con frecuencia que hacer negocios en línea resulta mucho más rentable que regentar una tienda propiamente dicha, pues los negocios minoristas en línea amplían el mercado de los conocimientos que entrañan los productos que venden. De forma semejante, la red Internet es esencial para la “economía de servicios de intercambio” en desarrollo, de la que forman parte los proveedores de vehículos que compartir como Zipcar e I-Go y servicios de alquileres de alojamiento como Airbnb y Zotel. Esas empresas orientadas al intercambio de servicios aumentan la productividad del capital existente, además de crear nuevos empleos para los trabajadores.

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Al principio, es probable que las empresas existentes se resistan a aceptar dichos aprendizajes, porque invertir tiempo y recursos en trabajadores temporales –cuando no posibles competidores– parece estar reñido con sus intereses. Naturalmente, una vez que un programa de aprendizaje esté en funcionamiento, los mayores beneficios que entraña una economía más productiva y un menor desempleo resultarán patentes, pero para llegar a eso hace falta cierta convicción.

En eso es en lo que intervienen los Gobiernos. Con programas de subvenciones eficaces, los Gobiernos pueden inducir a las empresas jóvenes y con éxito, que están aprovechando la evolución reciente de la tecnología de la información y sectores conexos, a que contraten a aprendices empresariales. La selección de nuevas empresas innovadoras, en lugar de las establecidas en los sectores industriales tradicionales, es esencial, sobre todo porque a esas es a las que corresponderá la mayor parte del crecimiento del empleo futuro.

Además, esas empresas son las que están en mejores condiciones para aportar los conocimientos y la experiencia pertinentes para una firma de reciente creación y, en el caso de una empresa de carácter familiar que busque un nuevo propietario, la capacitación de un aprendiz puede ser una forma eficaz de transmitir los conocimientos pertinentes, además de los activos de la empresa.

Los aprendizajes facilitarían la integración de trabajadores más jóvenes en la fuerza laboral y al tiempo servirían para corregir los desajustes de aptitudes entre trabajadores más experimentados, pero no se debe confundir un aprendizaje con unas prácticas no remuneradas. De hecho, se debe remunerar a los aprendices al menos con el salario mínimo correspondiente a determinado puesto de trabajo.

Además de aportar los fondos para los salarios de los aprendices, los Gobiernos deben supervisar los avances logrados para velar por que los aprendices adquieran conocimientos y experiencias valiosos. Al final de un aprendizaje logrado, debe haber una subvención de las concedidas a empresas de reciente creación para los aspirantes a empresarios con ideas válidas y posibilidades demostradas de llegar a ser propietarios de empresas.

En un mercado laboral dinámico e imprevisible, los trabajadores deben estar dispuestos a todo. Los aprendizajes podrían contribuir no solo a impulsar el capital humano, reducir el desempleo y aumentar la productividad laboral, sino también a fomentar la innovación y el espíritu empresarial, que son, en última instancia, los motores del crecimiento y del desarrollo.

Dale Mortensen, premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Universidad Northwestern. © Project Syndicate.

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