9 febrero, 2015

Todo el mundo culpa al capitalismo industrial, salvaje, inescrupuloso y tentacular, por la devastación ecológica del planeta. No es un diagnóstico incorrecto, pero tiene el inconveniente de quedarse en el plano sintomático.

Me sorprende el hecho de que no se busque la razón primera de nuestra propensión al “ecocidio”. El ser humano guarda por la madrastra –ya que no madre– naturaleza un rencor atávico, ancestral, enquistado en nuestra memoria genética y en el subconsciente colectivo del mundo desde los albores de la inteligencia. Queremos castigar esa fuerza que nos infligiera –y sigue infligiendo– inundaciones, terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, el merodeo de feroces depredadores, fríos inimaginables y desiertos donde se muere la peor de las muertes. Esa que tantas veces expuso nuestra irrisoria indefensión, la que nos humilló y atormentó.

Ahora, armados con el formidable arsenal de nuestra tecnología, le pasamos la cuenta por todo el dolor que nos provocara. Sospecho que el asolamiento antropogénico de la naturaleza obedece a un sordo, oscuro, larval resentimiento. ¿Que con ello nos destruimos a nosotros mismos? No es un hecho antinómico con mi hipótesis: antes bien, es perfectamente coherente. Las venganzas siempre terminan corroyendo a quienes la ejercen. La tecnología de la devastación es el manifiesto consciente de una execración subconsciente. Quizás convenga replantear las cosas a la luz de esta sospecha.

El autor es pianista y escritor.

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