Una cosa es contemplar el mar y otra navegarlo con un mínimo de destreza

 28 julio, 2015

Todo lo que creemos saber está sujeto a cambio. Por definición, el saber es provisional, es la única manera como es posible explicar el progreso científico y humanístico. De tal forma que la primera actitud de quien aspira a ser pensante es dejarse llevar por el tobogán del asombro sin el absurdo paracaídas del ego.

Con el mayor respeto al dogma de los creyentes, entre los que me cuento, en asuntos de ciencia la apertura mental no debe estar sujeta a prohibiciones metafísicas, aunque sí debe necesariamente participar de una ética que impida el desdén de la condición humana.

No es lo mismo comprar tecnología que poseer conocimiento, un aditamento en sí mismo no suma capacidad neuronal, en cambio la lectura habitual equivale a ejercitar la mente como quien muscula el cuerpo.

Frecuentemente escucho comentarios tan poco atinados que me hacen pronosticar una mayor brecha social entre unos muchos a los que nos les preocupa en lo más mínimo aprender de casi todo y unos pocos que quieren saber más de casi nada, porque el mar del conocimiento impone respeto en su inmensidad y una cosa es poder contemplarlo y otra es navegarlo con un mínimo de destreza.

Dice Eduardo Punset que: “Desaprender lo sabido es ahora mucho más importante que aprender cosas”, claro está, desaprender no es lo contrario de aprender, sino dar pasos a nuevos conocimientos abandonando el cascarón de lo que ya no es relevante, actual, válido o cierto, en aras de actualizar los paradigmas presentes. Para ello se necesita una buena dosis de disconformidad y rebeldía, pero esto no es una sorpresa.

Enriquecimiento. Las nuevas actitudes, esquemas sociales y científicas son impulsadas por quienes tienen la visión de que las cosas pueden mejorar o ser más equitativas. Si nadie retara el statu quo, posiblemente la esclavitud persistiría, no sería bien visto el matrimonio por amor y para muchos la segregación racial sería una norma aceptable.

Por esto cada día procuro desaprender, entiendo que los mandatos de mis padres no son los míos, que la fe y la moral son un asunto estrictamente personal que no pueden imponerse a nadie por ningún medio coercitivo. Desaprendo que los intermediarios entre Dios y nosotros también tienen una agenda personal. Que no fui creado para complacer a nadie, ni vivir una vida que no me corresponde.

Creo con firmeza que la obediencia a las leyes es necesaria más allá del castigo porque solo así sobreviviremos en colectividad. Desaprendo que no soy perfecto y eso es maravilloso, porque atesoro mis errores como grandes maestros y no me afrento de ellos. Sobre todo, desaprendo la idea de un Dios castigador que lleva nota atenta de nuestros pecados y siento que las anónimas obras de caridad pesan más en la balanza de los esfuerzos.

Por menos que esto, los invito a desaprender.

Jaime Robleto es abogado