El mejor espejo para ver reflejada nuestra convivencia son las populares redes sociales

 18 noviembre, 2016

El pasado 7 de noviembre celebramos el Día de la Democracia. La celebramos reflexio-nando en torno a ella, procurando comprender lo que está más abajo de su superficie y que trasciende el lugar común. Por eso las distintas actividades que organizamos en el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), en la Asamblea Legislativa y en el Poder Ejecutivo y el Judicial rehuyeron de la gestualidad vacía y la parafernalia que suelen eclipsar el significado de las fechas importantes y, en cambio, abrieron espacio para el pensamiento crítico y el diálogo inteligente.

Con ese trasfondo, permítanme compartirles unas consideraciones personales sobre la democracia y los desafíos que, en su defensa y apuntalamiento, enfrentamos.

En su expresión externa, la democracia es norma de derecho político, pero, en su sentido profundo, es una forma de convivencia. Por eso, hablar de democracia es hablar de convivencia. ¿Y qué mejor espejo para ver reflejada nuestra convivencia que las hoy tan populares redes sociales?

Estas, por supuesto, son espacio para una comunicación ciudadana tan amplia, gratuita y llena de posibilidades para lo bueno como nunca en la historia se soñó. Pero en ellas, lamentablemente, se asoma también lo peor de nosotros mismos, incluida la intolerancia política y la violencia verbal.

Poder absoluto. Consideremos el ejemplo de Facebook. Cuando ahí nos encontramos opiniones que discrepan de las nuestras, cuestionan nuestros valores u ofenden nuestras creencias, tenemos la tentación de borrar el comentario que nos desagrada.

¡Es que es tan fácil!: un clic y ya. Como cada uno es soberano de su muro de Facebook, goza de un poder absoluto para decidir qué aparece ahí y qué no.

Una medida más severa es la de bloquear a las personas que nos resultan molestas para que, en lo sucesivo, no puedan comentar nuestras publicaciones. Preventivamente, antes de que vuelvan a importunarnos, las dejamos sin voz. Pueden vernos y leernos... pero “calladitas más bonitas”.

Y, finalmente, está la más drástica de las alternativas: eliminar a esa persona de los amigos. Es algo que hacemos en Facebook con absoluta naturalidad, quizá sin detenernos a meditar en el peso simbólico de “eliminar” a alguien.

Patrón. Nada de esto es irrelevante. No lo es, por lo menos si tomamos en cuenta que nuestro comportamiento en el ciberespacio puede ser un predictor de nuestra manera de ser fuera de la red, que la interacción on line suele reproducir la forma como nos relacionamos en persona y que los diversos grados de violencia allí tienen su correlato en los espacios físicos.

Esto lo saben desde los servicios de inteligencia antiterrorista del mundo hasta los expertos en ciberacoso, como forma de bullying que puede empujar al suicidio a un adolescente. ¿Por qué va a ser diferente en materia de valores democráticos y cultura ciudadana?

No son pocos los expertos que advierten que las redes sociales cibernéticas, más que expandir nuestros mundos sociales, los están contrayendo. Está ocurriendo un fenómeno de “tribalización” de la comunicación social en Internet, en el que ya no solo buscamos la información que refuerce nuestras ideas y contradiga las contrarias, sino que estas últimas, del todo, desaparecen de nuestra vista.

Debate limitado. En efecto, el algoritmo de Facebook, para complacerme, suprime de mi dieta informativa aquello que no sea conforme con mi visión del mundo, lo que, claro, acaba por consolidarla. Aún peor, petrificarla, haciéndola impermeable a las razones de los otros.

El tipo de “debate” en el que nos estamos entrenando, día a día, es el de grupos de coincidentes que no escuchan otra voz distinta al eco de sus prejuicios fosilizados.

Con un “pequeño” problema: allá afuera, más allá de nuestras pantallas táctiles, aguarda un mundo común del que tenemos que hacernos cargo y en cuya resolución intervendrán muchísimas más personas que las que componen mi “tribu”.

Y como el padrón electoral es más amplio, más inclusivo que mi lista de amigos en Facebook, no es de extrañar que a la Asamblea Legislativa lleguen personas con opiniones, valores e intereses distintos a los míos, pero con igual derecho a verse representados, aunque nos cueste aceptarlo y nos seduzca la idea de “eliminarlos”.

Visto así, se comprende la enormidad del desafío que –como sociedad– enfrentamos en el espacio público. Sobre todo en la Asamblea Legislativa, donde confluye la representación política escogida electoralmente: es la casa de la palabra y es, a la vez, la casa de todos.

Ahí, el diálogo plural es obligatorio. Ahí, la apertura, el respeto y la voluntad conciliadora son imprescindibles. Ahí, nadie puede “eliminar” al que le irrita. Ahí, a diferencia del muro de Facebook de cada cual, nadie puede decir “aquí mando yo”.

Convivencia. No importa cuán atomizada llegue a estar nuestra sociedad, siempre habrá momentos en los que, sobre asuntos fundamentales, debamos ponernos de acuerdo, y ese será el lugar de encuentro donde ello naturalmente deberá ocurrir. La democracia, por eso, es una apuesta por la convivencia civilizada. Por continuar viviendo juntos, respetándonos nuestras diferencias y resolviéndolas sin violentarnos, sin negarle a nadie el derecho a participar e incidir en las decisiones comunes.

Cualquier otra forma de resolver los asuntos que a todos nos conciernen, dejando a algunos por fuera, acaba por generar violencia.

A ese objetivo fundamental de la democracia, que es preservar la paz social, se añaden ahora los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. Fijados en el marco de la ONU, en torno a ellos, felizmente, se ha creado un gran acuerdo mundial y un compromiso nacional.

Recientemente, los presidentes de los supremos poderes firmamos el Pacto Nacional por el Avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Estos, por su universalidad y fundamento en los diferentes instrumentos de derechos humanos, tienen la potencialidad de convertirse en un factor aglutinante de toda la sociedad. Un horizonte común que nos permita caminar juntos en la misma dirección.

Entre esos objetivos destaco uno: la erradicación de la pobreza extrema. Y lo destaco no solo porque constituye un imperativo moral. Lo hago, además, por su íntima conexión con la democracia como forma de convivencia: la pobreza extrema, la miseria, es la negación de la democracia.

Quienes la padecen carecen de voz en la discusión de los asuntos comunes. Claro, tienen cédula y pueden votar, pero, en la práctica, la poca información, tiempo libre y espacios de expresión que tienen limita seriamente, hasta tornarla en cruel ficción, su participación e incidencia en las decisiones que nos afectan a todos, incluidos ellos.

Injusticia. Eso es lo manifiestamente injusto de esta situación. Por ejemplo, a escala mundial, es nulo el peso de las personas pobres del tercer mundo en la definición de las políticas contra el calentamiento global del primer mundo, aunque las que se acaben inundando sean, sobre todo, sus viviendas.

Es, para efectos prácticos, como si los hubieran eliminado de una conversación de Facebook en la que se juega su futuro, pero de la que están excluidos.

“Agregarlos” de nuevo a nuestros “amigos” es, por ello, además de un imperativo moral, una exigencia democrática. Tenemos mucho trabajo por delante.

El autor es presidente del Tribunal Supremo de Elecciones.