Opinión

La democracia en la era de Internet

Actualizado el 14 de julio de 2013 a las 12:01 am

Si el poderno se conecta con el pueblo, este se desconecta

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La influencia de esa red de comunicación virtual sin fronteras que permite que imágenes, opiniones, noticias y videos viajen horizontalmente y en tiempo real y que sean transmitidos y retransmitidos casi hasta el infinito, arrebatando primicias incluso a los más poderosos medios de comunicación tradicionales, tomó desprevenidos a muchos gobernantes del último quinquenio. Algunos no solo no estaban preparados para gobernar en la era que los pensadores contemporáneos llaman la sociedad red digital, en la que la política es absolutamente mediática, sino que han subestimado su importancia y la fuerza que está tomando la “antipolítica” a través de esa sociedad red.

Poder segmentado. La cuestión es mucho más seria y compleja que el manejo de la imagen del/la presidente/a y de su gestión. Es que hemos evolucionado de tal forma que en las sociedades democráticas ya el poder no reside exclusivamente en una casa presidencial desde donde se ejerce un control vertical y se decide qué sucede y qué no, qué se transmite y qué no.

Los gobernantes no son los únicos que definen y manejan la agenda del país, porque las tecnologías de la comunicación proscribieron ese monopolio y franquearon su blindaje. Y también porque la ciudadanía busca una mayor participación en la toma de decisiones públicas. En otras palabras, el poder se ha segmentado y se ha horizontalizado.

Claro está, no se trata de que prescindamos de la representatividad e instituyamos una democracia espontánea y en directo, sino de que las instituciones democráticas respondan al verdadero soberano, el pueblo, cuyo protagonismo se ha agigantado.

Por ejemplo, las diversas redes sociales, cadenas de correos electrónicos, páginas de discusión y blogs están desplazando a la Asamblea Legislativa como foro principal de debate de los grandes planes y problemas nacionales –a lo cual ha colaborado el descrédito y letargo del Congreso–. Se ha venido tejiendo una inmensa e imparable ágora virtual, donde cualquiera puede opinar, criticar y proponer.

Comunicación empobrecida. A esto se suma un activo y enriquecedor debate analítico en radio y prensa escrita y, lastimosamente en mucha menor medida, en la televisión. Lo que no sabemos es si los políticos se enteran. O si, más bien, esa vitrina siempre abierta que nos permite vigilarlos y cuestionarlos constantemente, los lleva a actuar con poca transparencia, creyendo que una menor exposición disminuirá sus vulnerabilidades –lo cual es más bien contraproducente–. La consecuencia es que la comunicación del Gobierno con los ciudadanos se ha empobrecido a un punto que podemos calificar de peligroso.

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Ese entramado de comunicación vincula a millones de actores sociales que hace unos años ni se habrían conocido ni habrían podido unir fuerzas, enlazándolos a su vez con nuevas redes con intereses en común; así se está rediseñando nuestra manera de pensar, y se nos están abriendo perspectivas en alguna medida revolucionarias, que nos movilizan a actuar por caminos otrora impensables. Hoy en día hay movimientos que nacen en las calles, las comunidades o los gremios, y extienden sus brazos a través de Internet; otros, nacen en la red y luego se cristalizan en las calles, en organizaciones formales o en acciones judiciales. Es decir, antes o después, en algún momento pasan por las redes sociales que, ante el aluvión de problemas que padece el país, canalizan y diseminan el creciente descontento general, que los partidos políticos no han sabido capitalizar y que el Gobierno no ha podido contrarrestar.

Un gran ojo ciudadano. Ciertamente, las redes por sí solas no actúan, no resuelven, ni son un ente con personalidad propia; en muchos casos, no pasan de ser un gran ojo ciudadano, vigilante y acusador, o un vehículo de catarsis, recolector y transmisor de quejas que terminan por diluirse. Sin embargo, aunque al final sean pocos los procesos de ese tipo que inciden lo suficiente para generar cambios, todos tienen capacidad de crear consciencia y aumentar el descontento, y, como dijimos, algunos sí están logrando concretar iniciativas serias y truncar proyectos del Gobierno que se han considerado ilegítimos.

Por lo tanto, aun si no todas las cadenas de reclamos que transitan en las redes cuajan en huelgas articuladas o en protestas masivas con planteamientos definidos, sí son un mensaje contundente de enojo y desconfianza, que no debe ser minimizado. En varios países, el menosprecio gubernamental a estas manifestaciones creó una onda expansiva sobre la que se levantó el contrapoder. Y en el otro extremo, varios regímenes autócratas enfrentan a las fuerzas opositoras coartando libertades como el acceso a Internet o encarcelando a quienes convocan a protestar a través de Facebook, como les sucedió el pasado 24 de junio a siete opositores al Gobierno saudí.

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Creciente descontento. En una sociedad democrática, ninguna de esas es la forma adecuada de abordar el creciente descontento que el pueblo ha venido expresando. Pero nuestra clase gobernante no ha encontrado la clave para ello y menos aún para lidiar con el fenómeno de la comunicación inalámbrica y las redes sociales, que llegó para quedarse y es sumamente dinámico. No es un tema de imagen, sino de asertividad; el poder político en todos sus niveles debe interactuar bien en el ámbito cibernético, porque se ha vuelto tan real como el físico; es un ámbito más en el que las personas nos relacionamos y en el que tenemos derechos y deberes.

No en vano se dice que Internet ha democratizado la sociedad y que la democracia se ha “internetizado”. El poder político debe abrir espacios flexibles de comunicación en la red, construir consensos, nutrirse del debate ciudadano y brindar información suficiente y transparente; debe “conectarse” con el pueblo, antes de que el pueblo se desconecte por completo de él, lo arrincone y busque vías alternas para obtener los cambios que desea.

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