Hay que avanzarrápido en el ordenamiento de las finanzas públicas

 7 septiembre, 2014

Dice la sabiduría popular que “del dicho al hecho hay un gran trecho”. La diferencia entre las manifestaciones de preocupación sobre la situación fiscal, expresadas por el señor presidente y por su ministro de Hacienda, y las acciones para resolverla es un buen ejemplo de esa sabiduría.

Después de la campaña política, en la cual se trató de soslayar el tema fiscal, el señor presidente, en su discurso inaugural, manifestó con contundencia: “En la tarea por equilibrar y estabilizar las finanzas públicas no podemos quedarnos cortos, pues ya estamos llegando tarde”. Esa fue, sin duda, una declaración refrescante y un anuncio claro que presagiaba un cambio de postura sobre las dificultades fiscales.

El 4 de junio, el señor vicepresidente y ministro de Hacienda indicaba en la Asamblea Legislativa que la meta fiscal era llevar el resultado primario, es decir, sin pago de intereses, a una posición de equilibrio en el 2016, mediante un ajuste gradual que permitiera cerrar con un déficit primario equivalente al 1,0% del PIB nominal en el 2015. Esa manifestación de política también nos tranquilizó, porque veíamos la preocupación por retomar la búsqueda de la estabilidad fiscal, tan importante para el desarrollo económico del país.

Dichos sin hechos. Lamentablemente, los “dichos” no se han reflejado en “hechos”. En una entrevista con el diario La Nación, publicada el 26 de agosto, el señor ministro nos informa de que el déficit fiscal en el 2015 no se desviará ni un ápice del 6,6% del PIB estimado por el Banco Central en su revisión del Programa Macroeconómico 2014-2015, como si esa fuera una meta deseable. Sin embargo, hasta donde entiendo, lo que el Banco Central hizo fue incorporar en el programa su proyección pasiva del desequilibrio fiscal, la cual excluye el efecto de las acciones correctivas anunciadas por el Gobierno. En otras palabras, al aceptar un déficit equivalente a 6,6% del PIB, el señor ministro está reconociendo, tácitamente, que los esfuerzos para reducirlo no afectarán significativamente su nivel, al menos en el 2015.

Recortes cosméticos. Quienes seguimos los números fiscales entendemos al señor ministro. Los anuncios de recorte de gasto son, en su mayoría, cosméticos, salvo lo actuado en el campo de pensiones, donde el rumbo marcado genera esperanza, pero donde todavía queda mucho trecho por recorrer para conseguir un ahorro importante en esa partida, que refleja enormes privilegios para grupos de interés. El congelamiento de plazas vacantes, por su parte, no representa ahorro, precisamente porque están vacantes. La contención de viajes y otros gastos es útil para dar el ejemplo, pero no constituyen montos elevados que contribuyan significativamente a resolver el problema.

Por otro lado, las decisiones de gasto adoptadas en estos primeros meses de la Administración sí provocan un efecto negativo sobre la situación fiscal del país. El incremento de ¢51.000 millones otorgado a las universidades estatales en el presupuesto para el 2015 representa más de un 14% de aumento en su gasto, cuando la inflación andará cercana a 6% y los ingresos estimados crecerán 10%. El incremento salarial concedido a los trabajadores públicos, una vez incorporados todos los “pluses”, también excederá la inflación. Solo el efecto de esas decisiones en las finanzas públicas supera en mucho a los recortes anunciados por las autoridades.

Expectativas ilusorias. El tema del déficit volvió a ocupar una posición de importancia en el mensaje de los 100 días del señor presidente. Pero, nuevamente, la medicina no parece ser la adecuada. Se actúa con expectativas de ingresos, pero con realidades de gasto. Depender del crecimiento y la competitividad para resolver el tema de los ingresos es ilusorio, en buena parte porque el mismo déficit fiscal, al presionar al alza a las tasas de interés, incidir en la apreciación del tipo de cambio real, afectar negativamente las expectativas y estrujar a los sectores productivos, se convierte en un limitante para el crecimiento.

Así las cosas, empiezo a sentir que la preocupación que muestran nuestras autoridades por el nivel del déficit fiscal es más de naturaleza retórica. Si realmente estuvieran preocupadas por el desequilibrio fiscal y sus consecuencias de medio plazo en la economía, no estarían adoptando decisiones de gasto como las que han tomado, hasta tanto sus acciones en busca de una mayor eficiencia en el cobro y el eventual efecto positivo de un mayor crecimiento económico se materializaran en un aumento efectivo de los ingresos.

Ajuste necesario. Bien lo dijo don Alberto Barreix, especialista del Banco Interamericano de Desarrollo, en un foro organizado recientemente por La Nación, cuando indicó que, si el ajuste no lo hacen las autoridades, entonces serán los mercados los que se encarguen de hacerlo o los organismos internacionales los que lo impongan. Quienes peinamos canas sabemos lo que eso significa y lo costoso que fue para el país cuando los mercados nos forzaron al ajuste, precisamente porque las autoridades de entonces no tomaron las decisiones necesarias ni oportunas para hacerlo.

Las condiciones económicas del país, en campos diferentes al fiscal, son buenas. Pero nadie puede garantizar que se mantendrán, si no se avanza rápido en el ordenamiento de las finanzas públicas.

Citando nuevamente la frase del señor presidente, “en la tarea por equilibrar y estabilizar las finanzas públicas no podemos quedarnos cortos, pues ya estamos llegando tarde”.

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