Opinión

En defensa del internacionalismo

Actualizado el 05 de agosto de 2016 a las 12:00 am

La realidad internacional de hoy es muy lejana de la territorialidad de la Paz de Westfalia

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Con respecto al artículo “ El internacionalismo fomenta la guerra ” (La Nación, 31/7/2016) escrito por el apreciado y respetado columnista Dr. Jaime Gutiérrez Góngora, debo decir, en primer lugar, que me ha sorprendido el título y que mi primera reacción fue pensar en la crítica que Paul Krugman hace de los “internacionalistas”, entendidos como los propulsores del libre comercio y la globalización acelerada. Pero no es así, el contenido ataca una fibra esencial de la paz, la convivencia y la cooperación entre naciones.

El concepto de internacionalismo utilizado en el articulo proviene del diccionario castellano: “doctrina o actitud que antepone la consideración o estima de lo internacional a lo puramente nacional” y debe deslindarse de la definición de internacionalismo liberal que fue el sistema de ideas promovido efectivamente por Woodrow Wilson a finales de la Primera Guerra Mundial y que fue el que impulsó la Sociedad de las Naciones en 1919.

Como consta en la literatura, el internacionalismo liberal promovió la paz, la democracia y los derechos humanos más allá de una mera anteposición de lo internacional sobre lo nacional, tiene raíces históricas en la formación del derecho internacional y es un motor germinal de la disciplina de las relaciones internacionales.

La Paz de Westfalia. El camino de la prevalencia irreversible del derecho internacional público, el de la cooperación mediante tratados y el de las relaciones internacionales que hoy conocemos tuvieron su nacimiento en enero y octubre de 1648 cuando se firmaron los tratados de Münster, conocidos como la Paz de Westfalia. A partir de ese momento se fortalecen los conceptos de Estado-nación, soberanía y gobierno nacionales.

Fue el triunfo de la paz europea después de la guerra de los treinta años sobre la impronta universalista de los monarcas Habsburgo y la Iglesia católica en tiempo de territorios dispersos y subyugados.

Así como la Paz de Westfalia significó un punto de inflexión para la convivencia humana duradera en un mundo que no estuvo del todo exento de conflicto, los acontecimientos que vendrían al cabo de casi tres siglos rompieron los fuegos de la violencia sistémica con el impacto de la Primera Guerra Mundial que causó la muerte de millones de seres humanos.

Fue ahí donde surgió la figura del presidente estadounidense Woodrow Wilson, quien emprendió una cruzada mundial por la paz y la necesidad de crear una organización de Estados capaz de aplicar los acuerdos alcanzados por sus miembros alrededor de los derechos humanos y la convivencia humana, esta fue la Sociedad de las Naciones, constituida en el Palacio de Versalles en 1919.

La base ideológica de la nueva organización lo fue el internacionalismo liberal, entendido como una doctrina que aún prevalece aunque indefectiblemente evolucionó más adelante con la firma de la Carta de San Francisco y la creación de las Naciones Unidas al final de la Segunda Guerra Mundial, que nuevamente golpeó la naturaleza humana.

Los aciertos y desaciertos de la Liga de las Naciones o de las Naciones Unidas asentadas en el internacionalismo distan mucho de fomentar la guerra como premisa de trabajo.

Eficacia de las Naciones Unidas. Hoy, el sistema internacional no se libra de conflictos y de la violencia. Sin embargo, las armas de destrucción masiva han decrecido, existe un menor número de países con programas nucleares, hace dos décadas se erradicaron las armas químicas y 190 países fueron signatarios del Tratado de No Proliferación. Existen más democracias que las que nunca existieron en el sistema internacional.

Pero la realidad internacional de hoy es muy lejana de la territorialidad de la Paz de Westfalia y también resulta muy distante de los tiempos de los orígenes tanto de la Liga de las Naciones como de las propias Naciones Unidas.

El mundo realista de la nación-Estado se transformó hacia un sistema de regímenes y actores no estatales que inciden en las relaciones internacionales con tanta fuerza como los Estados en medio de la globalización económica.

La fuerza de la sociedad civil organizada, el rol de los municipios, las multinacionales y las organizaciones no gubernamentales son elementos de un nuevo internacionalismo. Simultáneamente, otros fenómenos llamados “intermésticos” inciden más allá de los confines del Estado nacional como el terrorismo, el narcotráfico, el cambio climático, las migraciones y el rompimiento del equilibrio social.

Frente a yerros y a veces altos y bajos del internacionalismo, las Naciones Unidas continúan cumpliendo un papel certero en el desarrollo económico, la denuncia de la violación, la vigilancia de los derechos humanos y a favor del medioambiente.

Un ejemplo son los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como los acuerdos sobre cambio climático de París que auguran un mundo más pacífico y sociedades más democráticas.

El aislacionismo no traerá mejores tiempos ni se trata de anteponer lo internacional a lo nacional. El internacionalismo también ha experimentado su aggiornamento y nunca podría estar fomentando la guerra.

Para los costarricenses que nacimos con la abolición del ejército no queda más que el internacionalismo como instrumento legítimo de defensa, promoción de paz, cooperación y desarrollo. Costa Rica necesita muchos internacionalistas.

El autor es abogado y politólogo.

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