Opinión

En defensa de nuestros indígenas

Actualizado el 22 de enero de 2015 a las 12:00 am

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En diciembre pasado, La Nación recapituló varios hechos deplorables ocurridos en Salitre de Buenos Aires de Puntarenas. Todo comenzó hace dos años, cuando unos finqueros “blancos” marcaron con un hierro caliente a un indígena, como si fuera ganado que les pertenecía y no un ser humano. Asimismo, en julio del año pasado, hubo finqueros que ocuparon por la fuerza terrenos de la reserva indígena de Salitre, quemando los ranchos de los nativos y bloqueando la única vía de acceso. La defensora de los Habitantes, Monserrat Solano, visitó la reserva en noviembre pasado y confirmó que los finqueros habían impedido el paso a los indígenas, y, en un informe al Ministerio de la Presidencia, señaló la desprotección del Gobierno a las familias aborígenes.

Esta situación me hizo recordar la visita que hice, hace ya muchos años, a la región indígena de Moravia de Chirripó. Fue durante la única vez que he ocupado un puesto público, pues era jefe del Departamento de Publicaciones del Ministerio de Agricultura, y durante casi un mes visité esa región en compañía de varios funcionarios que se ofrecieron para llevar conocimientos agrícolas y de salud a sus habitantes. Recuerdo la sensación extraña que sentí al visitar una parte de Costa Rica donde ninguno de sus habitantes hablaba español. Aunque sembraban algunos pocos productos, vivían, sobre todo, de la caza y de la pesca. No había un pueblo como lo conocemos hoy en día, sino que cada familia vivía en un rancho que se comunicaba con otros a través de senderos en la montaña. Pero qué recibimiento tan gentil y generoso recibimos. Nos ofrecieron sus chozas rústicas para dormir y compartieron su comida con nosotros. Varios de mis compañeros llevaban espejos y chilindrines, que cambiaron por arcos y flechas o tambores hechos de troncos huecos y piel de serpientes. No me pareció correcto aprovecharse así de la inocencia de los pobladores, hasta que, al verlos reírse, le pregunté a un guía, que nos servía de interprete, el motivo del regocijo, y nos explicó: “Dicen: ‘Qué blancos tan idiotas que cambian estos tesoros valiosos por algo tan corriente como un arco y unas flechas o un tambor’”.

La pesca la hacían, por cierto, con esas flechas desde unas rocas donde se apostaban los hombres (nunca las mujeres). Si daban en el blanco, avisaban con un grito, y otro indio, más abajo, se lanzaba al agua y sacaba la flecha con el pez. El sol brillaba y calentaba el ambiente, y el agua era tan clara que algunos de nosotros decidimos nadar un rato, pero en seguida salimos del agua, pues se sentía como si fuera de hielo. Las chozas no tenían paredes, solo unos postes de los que colgaban hamacas para dormir, y nos las ofrecieron. En el centro había tres troncos encendidos que les daba calor en la noche y les servía para cocinar. Los troncos nunca se apagaban y, conforme se iban quemando, simplemente los acercaban más. Lo poco que tenían nos lo ofrecieron generosamente. Aprovechamos la ocasión para subir hasta la cima del Chirripó. ¡Qué vista tan maravillosa! Es algo que todo costarricense debiera ver, por lo menos, una vez en su vida.

Cuando regresamos, invité a una pareja, que había sido especialmente gentil con nosotros, a visitarme, lo cual prometieron hacer, pero, suponía que nunca iba a ocurrir. Qué sorpresa cuando aparecieron en mi oficina en el Ministerio de Agricultura. Los invité a almorzar en mi casa (entonces era soltero) y estuvieron muy contentos. El problema fue que no sabían cómo usar los cubiertos y mi madre encontró la solución: simplemente, todos comimos con las manos, como si estuviéramos en la montaña.

Han pasado muchos años y algunas cosas han mejorado respecto al trato a los habitantes originales de Costa Rica. Ya todos hablan español y reciben alguna ayuda (muy poca) de las autoridades. Pero se debe hacer mucho más: brindarles ayuda en varios campos y, sobre todo, no permitir que se les arrebaten sus tierras y los maltraten. El nuevo Gobierno tiene la obligación de darles el lugar que les corresponde a nuestros indígenas, para que sean verdaderos ciudadanos costarricenses y no ciudadanos de segunda clase, como en la actualidad.

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