Opinión

Una decisión del futuro

Actualizado el 22 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Una decisión del futuro

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Voy a describir un tipo de negocio relacionado con el proceso de mercantilización de la tierra, que afecta nuestra economía cada vez más, generando problemas y dilemas complejos para la sociedad, en general, y el ejercicio del derecho, en particular. Propongo a los abogados reflexionar sobre un caso hipotético en la materia, a fin de conocer qué respuestas o soluciones posibles ofrecen al respecto. Veamos:

Un consorcio de empresas y el Gobierno de Hong Kong desean expandir el territorio de su país, haciendo un agregado artificial. Para tal efecto, ofrecen al Gobierno de Costa Rica y propietarios correspondientes comprar una montaña habitada por gran número de familias campesinas.

Es importante destacar que no se trata de la compraventa de una mera superficie de tierra, sino, además, trasladarla intercontinentalmente, desde Centroamérica hasta Asia, para formar parte del territorio de otro país. Obviamente, consistiría en una operación de gran complejidad geotécnica y sociopolítica, cuyas razones o justificaciones tomamos como posibles y dadas, aunque no las vamos a discutir aquí. Nos limitamos a examinar ciertos aspectos de la transacción que afectaría nuestro concepto de “tierra” y su tratamiento como “mercancía”. Este negocio hipotético nos obliga a enfrentar, o destacar, ciertas ideas sobre tierra y su propiedad que afectan radicalmente nuestra economía y filosofía de vida en un mundo globalizado, pero no solemos tomarlas en cuenta en el desarrollo y desenvolvimiento “normal” de nuestro país.

La más importante de ellas se refiere a la dimensión “profundidad” de la tierra. Casi nunca tomamos ese atributo en cuenta: suponemos que la tierra es básicamente bidimensional (largo y ancho). Pero, obviamente, si el consorcio de Hong Kong piensa llevarse la “tierra” material o físicamente, habrá que determinar la profundidad del lugar que se está vendiendo y comprando.

Además, para negociar con los habitantes y distribuir los pagos correspondientes, ¿cómo se mediría esa dimensión: de modo vertical, horizontal o transversal, homogéneo o heterogéneo, lineal, continuo o discontinuo? Y habrá que tomar en cuenta posibles cruces o interferencias de la dimensión de cada lote. ¡Tamaña complejidad!

Reconozco que, para muchos, lo anterior es como hablar en una mezcla de chino y árabe. Pero espero que topógrafos y abogados, especialmente, tengan alguna noción de a qué me refiero. Piénsenlo cuidadosamente ustedes también, apreciables lectores, y se confirmarán en la intuición de que Dios hizo la tierra para todos. Es decir, carece de sentido tratar de repartirla, en propiedad privada o individual, como se ha venido intentando desde los inicios de la humanidad.

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