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“¿Quién decís que soy yo?”

Actualizado el 11 de octubre de 2012 a las 12:00 am

El cristianismo, como lo conocemos hoy, es un producto muy posterior a Jesús

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Ante las insalvables inconsistencias epistemológicas, filológicas e históricas de la exégesis confesional sobre Jesús, la pregunta “¿quién decís que soy yo?” (Lc 9, 20), puede ser respondida desde la investigación crítica: Jesús fue un judío del siglo I.

Roma, bajo el reinado de Tiberio. Jesús vivió en tiempos de Herodes Antipas, en una población de Galilea (Palestina) que no conocemos, en una familia integrada por José, María y sus hermanos, todos fueron israelitas devotos y abiertos a la irrupción salvadora del Dios de Israel que los liberaría del yugo romano.

En el valle del Jordán apareció Juan, quien bautizó y anunció la proximidad del Reino de Dios; con toda seguridad las únicas palabras que llegaron de Jesús a través de los Evangelios fueron “Abbá” y “Reino de Dios” (Cf. J.I. González Faus)], a lo cual los hijos de José y María se sintieron interpelados de manera política, por lo que acudieron para ser bautizados y atender el mensaje “de resonancias bíblicas y apocalípticas”.

Mientras Juan lo sumergía para el perdón de los pecados, Jesús se hacía fiel discípulo, predicando y bautizando. “La Galilea autónoma jugaba el papel de santuario y refugio para los movimientos de resistencia contra la dominación romana en Judea, y sobre todo en Jerusalén” (Monserrat).

Las gestas macabeas vivían en el imaginario de los israelitas, que se preparaban para una revuelta armada, en espera de la llegada de la hora de Yahveh.

Estos anuncios alarmaron a Herodes, quien acabó temiendo que Juan incitaría a una revuelta religioso-política. Arrestó a Juan y lo mató.

El mesianismo político. Viendo la efervescencia, entre el grupo de activistas inspirados en el modelo macabeo, aparecieron Pedro y los hermanos Santiago y Juan. El estusiasta Jesús se unió al proyecto contra los romanos, dándole al grupo una rica sensibilidad religiosa, pero el resto de la familia de Jesús se retiró a su casa y miraron con recelo aquellos ánimos exaltados. Unas mujeres acomodadas ayudaron a los revoltosos, refugiados en el desierto, con dinero.

El grupo tuvo cuidado de darle un matiz religioso a sus intervenciones. Jesús hizo el voto de nazareato(cf. Números 6,3-7; Jueces 13; 1 Samuel 1,11), mostrándose como asceta con pelo largo y conocido en Galilea como el nazir o ‘Nazoreo’ (de ‘nazoraîos’ en griego, 12 veces en el NT, y no de ‘nazarenós’ tan solo 6 veces). Los conjurados incursionaron en la comarca galilea. Todo se precipitó. Pilatos respondió derramando sangre.

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Llegada la hora –preparada desde hacía años (Flavio Josefo, Guerra II, 56)–, el proyecto levantisco giró en torno a Jerusalén, como era tradicional en la Ciudad Santa, con ocasión de la Pascua. En el desierto, a medio kilómetro del Templo, ocultando las espadas de dos filos [gladius romano (cf. Polibio de Megalópolis, y usada en el combate cuerpo a cuerpo hasta el reinado del emperador Claudio), en griego máchaira (Mc 14,47; Mt 26,51; Lc 22,49; Jn 18,10); por criterio de dificultad, si aparecen armas y hechos armados, es que los hubo realmente”], en el monte de los Olivos, consumarían la victoria con su Dios. Pero Herodes, desconfiado, tenía informantes y resolvió reforzar militarmente la torre Antonia, las puertas de la ciudad. Mientras tanto las autoridades judías tomaban distancia de la resistencia armada.

Un día de abril, al amanecer, atravesando el Cedrón, decidieron irrumpir en la ciudad, pero una cohorte (500 soldados) de la Legión les cayó encima. La lucha fue breve pero terrible. Los soldados acuchillaron a muchos y capturaron a tres, el líder galileo, un tal Jesús, y dos ‘insurgentes’ (Flavio Josefo usa la palabra griega lestái con este sentido para referirse a ellos) –que murieron con él en cruz–.

La escena hizo que algunos escaparan y se fueran al desierto sin que llegara “el reino de Dios con Jesús como virrey” (E. Sanders).

La muerte. En el pretorio, los prisioneros fueron juzgados, sin necesidad de testigos, pues portaban armas. Jesús y los dos insurrectos fueron condenados a muerte agravada en suplicio de cruz, por el delito de lesa majestad contra el Imperio.

Según el derecho romano, se debía colgar del cuello del condenado a muerte o arriba del madero la sentencia y que, en el caso de Jesús, recordaría de manera punzante la razón política de su muerte: insurrección para las autoridades romanas; esto es, como ‘Rey de los judíos’–en los 4 evangelios– violentaba el poder de Roma. Así terminó la vida de este judío. Este es el otro Jesús de la investigación crítica (contrastable con los hechos). El cristianismo, como lo conocemos hoy, es un producto (no contrastable) muy posterior a Jesús, fundado por Pablo de Tarso –que no conoció a Jesús ni fue su discípulo–, controlado dogmáticamente por la reflexión confesional y que insiste en un Jesús irénico.

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