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El decepcionante primer año de Macri en Argentina

Actualizado el 20 de abril de 2017 a las 10:30 pm

Tal y como estánlas cosas, las perspectivas de Argentina son inciertas

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NUEVA YORK – La economía argentina atraviesa por dificultades. El año pasado, el país sufrió una estanflación, con una caída del PIB del 2,3% y una inflación que se acercaba al 40%. Aumentó la pobreza y la desigualdad, aumentó el desempleo y la deuda externa creció –y continúa creciendo– a un ritmo alarmante. Para el presidente Mauricio Macri fue un descorazonador primer año en el cargo, por decir lo menos.

Sin duda, Macri se enfrentó a un desafío de enormes proporciones cuando asumió el cargo en diciembre del año 2015. La economía ya estaba en un camino insostenible, debido a las políticas macroeconómicas inconsistentes que había seguido su predecesora, Cristina Fernández de Kirchner. Esas políticas llevaron a desequilibrios que erosionaron la competitividad de la economía y las reservas de divisas, empujando al país hacia una crisis de la balanza de pagos.

Pero Macri también fue tras la aplicación de un enfoque de política macroeconómica defectuoso. Su administración tenía que abordar los desequilibrios fiscales y externos, sin echar por la borda los progresos en inclusión social realizados a lo largo de la década anterior. Su enfoque, que se basa en cuatro pilares claves, no logró lo antedicho.

En primer lugar, el gobierno de Macri abolió los controles cambiarios y llevó a Argentina a un régimen de moneda flotante, con lo que se permitió que el peso argentino se depreciara en un 60% frente al dólar estadounidense en el año 2016. En segundo lugar, el gobierno de Macri redujo los impuestos a las exportaciones de los productos básicos, que habían sido importantes para el gobierno de Kirchner, y eliminó una serie de controles de importación. En tercer lugar, el Banco Central de la República Argentina anunció que seguiría un régimen de metas de inflación, en lugar de seguir dependiendo principalmente del señoreaje para financiar el déficit fiscal.

Y, por último, el gobierno de Macri llegó a un acuerdo con los denominados fondos buitre y otros acreedores que durante más de una década habían bloqueado el acceso del país a los mercados de crédito internacionales. Una vez que se arribó al acuerdo, Argentina fue tras nuevos y masivos préstamos externos, con la emisión de deuda más grande del mundo emergente, con el propósito de ayudar a resolver su considerable déficit fiscal. En aras de reducir sus costos de endeudamiento, las autoridades emitieron la nueva deuda bajo la ley de Nueva York, a pesar de la costosa batalla que el país acababa de perder precisamente porque se había prestado bajo ese mismo marco jurídico.

El enfoque de política macroeconómica de Macri –que también incluyó el aumento de los precios de los servicios públicos congelados por el gobierno anterior y la implementación de un programa de amnistía fiscal que proporcionó al gobierno más ingresos fiscales– se basó en varios supuestos controvertidos. Sobre todo, se suponía que el cambio radical en el curso de la política debía establecer las condiciones para un crecimiento dinámico.

Se suponía que la depreciación de la moneda se ocuparía de los desequilibrios externos al fomentar, con la ayuda de impuestos a la exportación más bajos, el aumento de la producción de bienes transables. El acuerdo con los fondos buitre debía reducir el costo de financiamiento y aumentar la confianza de los inversores, de tal modo que se pueda atraer la entrada de flujos de inversión extranjera directa (IED). Se suponía que un crecimiento liderado por las inversiones ayudaría a toda la economía.

Estos supuestos no fueron comprobados como ciertos. Contrariamente a las expectativas del gobierno, la depreciación del peso tuvo un gran impacto en los precios al consumidor, tal como los críticos habían advertido. Esto redujo el poder adquisitivo de los hogares y debilitó la demanda agregada, al mismo tiempo que disminuyó el impacto global de la devaluación sobre la competitividad externa del país.

Tampoco hay muchas posibilidades de que el nuevo enfoque del Banco Central con respecto a la inflación vaya a ayudar a la situación, debido a que debilitará la actividad económica y exacerbará el sufrimiento por el que atraviesan los más vulnerables, para quienes el desempleo puede acarrear peores consecuencias que los precios en aumento.

Además, el déficit fiscal de la Argentina se ha incrementado por la caída de los ingresos generada por la recesión. Y no entraron flujos significativos de inversión extranjera directa debido a que, tal como los críticos de Macri habían advertido, la incertidumbre que rodeaba sus políticas desalentó las inversiones.

El gobierno hizo una cosa bien: dio un nuevo inicio al Instituto Nacional de Estadística y Censos, que había perdido credibilidad después de las intervenciones por la anterior administración. Pero la situación general sigue siendo sombría. Al final del primer año de mandato de Macri, Argentina enfrentaba los mismos desequilibrios macroeconómicos que tuvo que enfrentar cuando asumió el cargo, pero con un endeudamiento externo significativamente más alto.

Además, la ira popular está llegando a un punto álgido, debido a que, en los hechos, las políticas de Macri hicieron que la redistribución de la riqueza ya no llegara a los trabajadores. Las manifestaciones de protesta abundan, incluso causaron el retraso del primer día de clases del calendario escolar. El 6 de abril, el gobierno enfrentó su primera huelga general en todo el país.

Tal y como están las cosas, las perspectivas de la Argentina son inciertas. El endeudamiento externo se está convirtiendo en un problema serio –uno que es probable que se intensifique, ya que los incrementos en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos elevan los costos de la reestructuración de las deudas–.

Las dinámicas macroeconómicas inestables están reproduciendo los mismos desequilibrios anteriores. Por ejemplo, las entradas de capital asociadas con el endeudamiento externo ejercen presión al alza sobre el peso, amenazando a sectores que son importantes para la creación de empleo.

En el período previo a las elecciones legislativas de este año, el gobierno de Macri podría tratar de estimular la actividad económica asumiendo más deuda. Pero una recuperación basada en endeudamiento sería de corta duración y sembraría semillas de problemas de deuda más agudos que se cosecharían en el futuro.

Para escapar de su perversa dinámica de endeudamiento, Argentina debe reducir su déficit fiscal. Sin embargo, solo puede hacerlo en el contexto de una recuperación sostenible e inclusiva de la actividad económica y eso requiere de una economía más competitiva. En las condiciones actuales, tratar de resolver el problema mediante una contracción fiscal simplemente agravaría la recesión.

El gobierno de Macri debería estar trabajando en el desarrollo de una estrategia macroeconómica a largo plazo basada en supuestos creíbles, no polémicos. Sin una corrección sustancial a medio trayecto, Argentina se embarcará en un camino de deuda desestabilizadora que no conduce hacia ningún buen lugar.

Martin Guzmán, investigador asociado en la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia y profesor asociado de la Universidad de Buenos Aires, es copresidente del Grupo de Trabajo para la Reestructuración de la Deuda y la Quiebra Soberana de Columbia, y es miembro sénior en el Centre for International Governance Innovation (CIGI). © Project Syndicate 1995–2017

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