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Nuestro deber para tener democracia

Actualizado el 03 de enero de 2013 a las 12:00 am

Un pueblo acríticono mereceun sistema democrático participativo

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Nuestro deber para tener democracia - 1

En la escuela en Costa Rica se nos enseña que somos una de las democracias más antiguas de América Latina y que tenemos un sistema democrático digno de ser imitado en el mundo.

Costa Rica, en efecto, ha tenido elecciones libres y ha escogido sus líderes por la vía del voto directo desde hace más de 60 años, derecho del que no han disfrutado muchos de nuestros vecinos ni muchos de los países del mundo.

Creemos, y el sistema de propaganda gubernamental de las últimas décadas nos ha hecho creer, que tenemos una democracia intachable, pura y participativa. La realidad, sin embargo, es distinta, ya que tener elecciones libres y escoger los líderes por la vía del voto no hace que un país tenga una democracia real y participativa.

En Costa Rica, la gran mayoría de ciudadanos no pensamos en las consecuencias de nuestro voto, no entendemos, ni cuestionamos la ideología político-económica del candidato a presidente ni los diputados por los que votamos, no participamos activamente en la democracia y luego, irresponsablemente, nos quejamos de los actos de los líderes, sin entender que muchas veces sus acciones son consecuentes con las ideologías políticas expresadas durante la campaña electoral.

No quiero dar a entender, claro está, que no debamos denunciar los actos de corrupción o los constantes actos de nepotismo y cinismo mostrados por nuestros gobernantes.

El ejemplo más claro y reciente de la falta de cultura democrática es el hecho que el Sr. Óscar Arias fuera electo para su segundo mandato con un discurso de campaña electoral muy de derecha, con tendencias neoliberales, siendo candidato por el partido Liberación Nacional, agrupación con un historial de tendencia socialdemócrata clara.

Las campañas electorales de las últimas décadas se han basado en los candidatos y no en sus ideas, se simpatiza por una persona sin entender su ideología económica ni su tendencia política. La mayoría de nosotros ni sabe, ni le interesa, la diferencia entre la ideología socialdemócrata, neoliberal, socialcristiana, etc.

El sistema educativo y en especial los maestros de primaria y secundaria juegan un papel de suma importancia en este aspecto. Se debe invitar al estudiante a observar más allá de la propaganda gubernamental e ideario nacional. Son los maestros, junto con los padres, quienes deben inculcar el pensamiento crítico constructivo en nuestros estudiantes e incentivarlos a un cuestionamiento continuo de políticas para así poder tomar una decisión de acuerdo con nuestra verdadera forma de pensar para poder escoger un representante.

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El sistema educativo debe promover, por lo menos en el curso de educación cívica, un sistema constructivista en lugar del actual sistema conductual, poco ambicioso y casi conformista.

Esta obligación para con la democracia no es nada nueva ni inventada. No en vano el reporte de 1975 de la comisión trilateral (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) llamado “La Crisis de la Democracia” concluyó que la principal amenaza contra la democracia en los países desarrollados en aquel tiempo era, de hecho, un exceso de democracia y participación activa (este informe fue redactado por las élites de poder interesadas en un dominio económica basado en la plutonomía).

Cuando un gobierno busca un objetivo único basado en el “bien común” (bien común definido por el gobierno y las élites económicas y de poder de cada país para cumplir sus intereses propios), la participación de sus ciudadanos en la democracia real no hace más que entorpecer sus objetivos.

La democracia no es un derecho de nosotros los costarricenses, es una obligación que tenemos con nosotros mismos y con los demás.

Es promover el sistema ejerciendo responsablemente nuestro voto y buscando la participación, pensando nuestras decisiones y propuestas.

Un pueblo que no es crítico no merece un sistema democrático participativo.

De hecho, nunca lo tendrá y está condenado a vivir en una pseduodemocracia donde el poder del pueblo se limitará a asistir cada cuatro años a votar por el candidato de turno para luego pasar cuatro años quejándose de los problemas nacionales.

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