Donald Trump se está rodeando de empresarios duros e implacables negociadores

 13 enero

El presidente electo de los Estados Unidos, Donald J. Trump, se encuentra de lleno en la labor de conformar el gabinete con el que va a gobernar en los próximos cuatro años. Como lo prometió en campaña, para los asuntos económicos se está rodeando de empresarios caracterizados por ser duros e implacables negociadores.

Para el puesto de secretario de Comercio, eligió al billonario Wilbur Ross, banquero que levantó una fortuna de $3 billones reestructurando compañías en quiebra. Hombre de verbo sencillo y pensamiento pragmático, define su estrategia que va dirigida en tres direcciones: implementar incentivos fiscales y eliminar regulaciones para estimular la economía, desarrollar un programa de infraestructura vigoroso financiado por la empresa privada de $1 trillón que generará $440 billones en salarios bien remunerados y ajustar ciertos términos en el tema de libre comercio que ayuden a reducir los déficits comerciales especialmente con China y México.

Con una parsimonia casi glacial, advierte cómo el 80% del total de las exportaciones mexicanas terminan en Estados Unidos y eso ha generado un déficit comercial de $1 trillón desde que se implementó, en 1994, el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés).

La anterior es razón suficiente para pensar que México es el menos interesado en entrar en una guerra comercial con su mejor cliente, por lo que la vía lógica a seguir va a ser la negociación. Dicha negociación puede ir en dos direcciones, o que México exporte menos a los Estados Unidos o que le compre más. Esto perfectamente se puede negociar sin necesidad de desmantelar el Nafta. La razón por la cual el peso mexicano se desplomó es porque los entendidos saben que México tendrá que hacer concesiones.

Con China, Estados Unidos tiene un déficit cercano a los $335.000 millones y prevé dos maneras de bajarlo. China importa grandes cantidades de gas licuado de los países del golfo, por lo que Estados Unidos puede persuadirlos para que le compren una cuota importante de gas ya que uno de los objetivos de Trump es promover las exportaciones de gas natural licuado.

La segunda manera es que China relaje los aranceles a las importaciones de materias primas estadounidenses. Por ejemplo, China exporta gran cantidad de ropa y calzado a los Estados Unidos, pero tiene aranceles a las exportaciones estadounidenses de algodón.

Ross señala que si los chinos no quieren sentarse a negociar, podría ser necesario amenazarlos con imponer aranceles a sus productos. La consigna es apoyar el libre comercio, pero el libre comercio justo, en donde ambas partes resulten gananciosas.

Clima de confianza. Desde el mismo día de las elecciones se ha desatado un frenesí de entusiasmo y optimismo por parte de ciudadanos, empresarios, comerciantes y banqueros. Dicho sentimiento se está viendo materializado en Wall Street, ya que el índice Dow Jones va en escalada rompiendo récords históricos casi a diario.

No cabe duda de que este clima de confianza se debe en parte a los nombramientos que ha hecho Trump para su gabinete, en el cual prevalecen billonarios apolíticos, expertos en crear riqueza, grandes negociadores y cuyo común denominador es el de quitarle amarras a la economía.

El ambiente que se está generando es parecido al de la década de los 80, cuando el presidente Reagan introdujo una serie de medidas que se conocieron como “Reaganomics” y se sustentaron en la tesis de que si los impuestos bajan desde niveles muy elevados, la inversión, el empleo y el consumo aumentarán, por consiguiente el Estado recaudará más (curva de Laffer).

Reformas económicas. La situación que se encontró Reagan al quedar de presidente fue de tasas de inflación del 14%, un índice de desempleo del 10% y tasas de interés del 21%. Ante este panorama, Reagan decidió bajar los impuestos para los más acaudalados de un 70% a un 28%, y para las familias de modestos recursos del 37% al 15%.

Como resultado, los ingresos por impuestos casi se duplicaron pasando de $517.000 millones en 1980 a $1.032 millones en 1989. Se crearon 20 millones de empleos y la inflación bajó a menos de un 4%.

Trump y su equipo de asesores están apostando a un escenario en el que con menos impuestos, menos regulaciones y menos burocracia los empresarios que tienen dinero ocioso tengan suficientes estímulos para invertir su capital y tomar riesgos.

Veremos si resulta más eficiente la lógica pragmática de billonarios que han creado fortunas con base en trabajo y visión, acostumbrados a ejecutar, rendir cuentas, exigir resultados, tomar riesgos, que van directo al grano y no precisamente se distinguen por hablar de una forma “políticamente correcta”; en contraste con la manera tradicional de hacer política que fue, en parte, lo que el electorado le cobró a Hillary Clinton.

El autor es odontólogo.