10 febrero, 2015

Murió el pasado 31 de enero en Costa Rica, ella, heroína en su patria y aquí. Bajo el seudónimo de “Esmeralda”, luchó contra la opresión nazi, por lo cual fue arrastrada en no menos de siete campos de trabajos forzados en Alemania, en Polonia (240 días, cerca de Auschwitz) y, finalmente, en el terrible Mauthausen, en Austria.

Tesón espiritual. Sobrevivió por no ser judía, por tener apenas 23 años cuando la secuestraron en su casa, delante de sus padres en Bruselas; por la suerte que acompañó si acaso a un 4% de todos los que entraron en esos encierros, y, especialmente, por su tesón espiritual, aleccionada por Louise de Marillac (compañera de luchas de San Vicente de Paúl) con su lema de “Una reflexión cada día”.

Con base en ingentes conversaciones con ella, y con mucha ubicación contextual por Internet, en el libro Esmeralda (publicado aquí por Promesa, y ya con ediciones en francés y polaco en camino), el suscrito procuró evidenciar la esperanza, a pesar de todo, de una mujer “común” (pero nada corriente), en aplicación de lo que Hannah Arendt acuñó como “la banalidad del mal”. R.I.P.

El autor es educador.

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