La antropología filosófica vive la peor de las tragedias posibles

 22 septiembre, 2011

No hay mayor daño para la reflexión filosófica que reducirse a su historia, impotente de verse a sí misma como exploración constante. Acaso un buen ejemplo lo sea el de la antropología filosófica que más parece una especie de cementerio teórico que la vibrante energía que hoy debiera ser, dados los actuales problemas que ponen en duda la continuidad de lo “humano”, anticipando la era de los “poshumanos” o, al menos, de los “superhumanos”, en cualquier caso, de lo transhumano.

En la historia de la reflexión crítica, los problemas de lo humano han ido y venido.

Como se sabe, estuvo ausente en el periodo cosmológico de los presocráticos, teniendo que esperar a Sócrates y los sofistas para que lo humano surgiera como objeto de reflexión, como ser social, porque para entonces Prometeo había robado el fuego a los dioses.

Hombre y ciudadano. Eso sí, empezamos como hombre, monopólicamente masculino, aunque no todos, los esclavos no, solo los ciudadanos, distinguiéndonos de las cosas y animales mediante el alma racional, sello distintivo de lo humano, gracias a Platón y a Aristóteles,

Conforme se fue diversificando el conocimiento humano, el sacrosanto dominio de la reflexión filosófica dio paso a la antropología en sus distintas vertientes científicas, aunque, en el intermedio, con la filosofía medieval, lo humano había perdido de nuevo su autonomía, aunque fue bueno conocer que también nos distinguíamos de los ángeles. Sin embargo, la crítica alemana poshegeliana haría lo suyo, desde Feuerbach, hasta Nietzsche y Freud. Con Darwin, la ruptura fue para siempre.

Agobiado por los resultados de las nuevas ciencias, un filósofo alemán de la primera parte del siglo XX, Max Scheller, utilizó por vez primera el concepto de “antropología filosófica”, buscando reivindicar lo propiamente humano frente a la, para entonces, inexorable naturaleza. En medio de las dos terribles guerras mundiales de la primera parte del siglo XX, la antropología filosófica asumió como pregunta clave “¿qué es el hombre y cuál es su puesto en el ser?”, respondiéndose a sí misma “el hombre es el ser superior a sí mismo y al mundo”.

De esa manera, la antropología filosófica había llegado en muy poco tiempo a su plena madurez con Scheller y otros pensadores contemporáneos o posteriores como Husserl, Plessner, Gehlen; con las preocupaciones vitalmente biológicas si por necesidad o azar de Chardin, Monod, Lorenz; o con los existencialismos de Heidegger, Unamuno, Sartre o Camus, que asumieron la angustia de saberse desamparados, en libertad.

Sin embargo, desde entonces ha transcurrido mucho tiempo y nos enteramos, con Simone de Beauvoir y otras filósofas, que el griego (ánthropos) debe incluir hombres y mujeres, aunque eso solo sirvió para abrir otro debate, desde los inicios del siglo XXI, sobre las limitaciones que impone el maniqueísmo tradicional “mujer-hombre”.

Nuevas perspectivas. Pero, sobre todo, hoy contamos con las perspectivas abiertas por la investigación genética y su conquista de la propia vida, con sus esclarecedores descubrimientos que nos han puesto en condición de comprender nuestro propio viaje evolutivo, desde que fuimos “sapiens” y aun antes. Y el avance de la neurociencia, las ciencias computacionales, la nanotecnología y los nuevos materiales, cada vez más se dirigen a separar la actividad cerebral (¿y del pensamiento?) del cuerpo o a imponerse sobre él o a aumentar ilimitadamente sus capacidades.

Y presenciamos las tendencias derivadas de la inteligencia artificial que cada vez más borran las líneas tradicionales de separarnos los unos de los otros o, al menos, para acostumbrarnos a un mundo donde conviviremos, relaciones robosociales de por medio o, ciertamente, por eso que empiezan a llamar el nuevo mundo de los “Cyborgs”, donde, sin importar que sea hombre o mujer, “Anthropos” es uno de los robots que el “Media Lab Europe” desarrolla para generar en ellos la capacidad de interacción compleja o inteligente.

Y al momento de hacer el balance de lo que somos testigos, de aquello y mucho más, asistimos también a una especie de muerte prematura de la joven y madura antropología filosófica. Y lo que sorprende de este golpe letal, es que ha sido generado por cosas tan sencillas, tan humanas, como querer evitar el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la propia muerte.

En la suma de este nuevo conjunto de desafíos, siguen presentes las preguntas imperecederas de la reflexión crítica, pero ya no de una antropología ni del origen humano propiamente, sino de su futuro, de lo que será el fin de su privilegiado lugar en el desarrollo evolutivo y de lo transhumano.

Vista así, la antropología filosófica vive la peor de las tragedias posibles: desaparecer, antes que desaparezca su objeto de estudio sabiendo que también desaparecerá, tan rápido como surgió, en medio de su propio olvido.