La Iglesia costarricense tomó a su manera el camino de la ‘justicia social’

 22 marzo

Hace algunos meses descubrí un voluminoso libro intitulado The Cambridge History of Religions in Latin America (2016). A pesar de que el manual no contiene un estudio específico para el caso costarricense, en el capítulo Catholicism and Political Parties in Modern Latin America (Catolicismo y partidos políticos en la moderna América Latina), Michael Fleet ofrece un breve análisis de la situación política y religiosa en Costa Rica.

En primer lugar, sorprende que las “democracias liberales de larga duración” de América Latina, como la de Costa Rica, surgieran de los “partidos democráticos cristianos”, entre los cuales destaca el PUSC, un partido conservador política y económicamente, sostenido por la clase de negocios del país, como una alternativa al PLN.

Este análisis del bipartidismo parece situarse en la década de 1990, pero pone en cuestión la democracia costarricense: ¿Ha sido la democracia costarricense liberal? ¿Ha sido esta sostenida por una ideología político-cristiana?

En segundo lugar, la cultura católica, una Iglesia nacional católica, líderes religiosos y políticos con valores liberales ha permitido la permanencia de las democracias liberales. Aunque en Costa Rica haya un vínculo constitucional entre el Estado y la Iglesia, este parece ser un análisis teórico hecho a Chile y aplicado a Costa Rica.

En tercer lugar, “la Iglesia costarricense y sus obispos han sido más conservadores que otras iglesias latinoamericanas desde la década de 1950”.

En efecto, la Iglesia costarricense tomó a su manera el camino de la “justicia social” trazado por la Iglesia latinoamericana después del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Obispos de Medellín, y no siguió el forjado por monseñor Sanabria.

Puede colegirse, entonces, que la Iglesia costarricense ha sido una doctrinera sin fuste teológico.

No obstante, los argumentos hacen pensar que el conservadurismo de la Iglesia ha sostenido el conservadurismo político y que entre ambos han sostenido la democracia costarricense: ¡Qué juzguen los historiadores!

Debilitamiento. El problema de la religión y la política radica en el vínculo constitucional entre el Estado y la Iglesia, gestado desde 1949, entre otros, por el mismo Sanabria, pero desde hace años la moralidad costarricense, controlada tradicionalmente por el catolicismo conservador, comenzó a debilitarse frente a los cambios sociales, quizá por la desaparición de una clase media católica y, recientemente, por los dilemas de bioética y derechos humanos presentados por la fecundación in vitro.

El abandono y debilitamiento de la moralidad del catolicismo va dando paso, empero, a dos tendencias básicamente irreconciliables, a saber: el fundamentalismo religioso y el laicismo intelectual.

Por un lado, el fundamentalismo religioso ha ocupado paulatinamente un puesto político importante para un sector vulnerable de la población costarricense, quizá con menor escolaridad y oportunidades en la sociedad.

Transición peligrosa. Hay así una peligrosa transición del catolicismo conservador al fundamentalismo religioso, el cual suele confundirse prácticamente con el catolicismo cuando se trata de salvaguardar la “moral tradicional” de la familia y de oponerse a la legislación bioética.

Por otro lado, el laicismo intelectual, sin ninguna adhesión religiosa, ilustrado con fundamentos científicos y jurídicos, constituye un movimiento ineludible de modernización costarricense que debe ocupar un puesto fundamental en la sociedad para promover el desarrollo.

Este último tiene la responsabilidad intelectual y política de reducir, por medio de una educación crítica, la brecha entre la población vulnerable al fundamentalismo y el mismo laicismo, frente al vacío moral que ha dejado el bipartidismo político y el catolicismo conservador.

La cuestión a discutir públicamente es cómo constituir una nueva democracia y moralidad costarricenses libre de las ideologías de los partidos políticos y del fundamentalismo religioso, por medio de una educación crítica.

El autor es bioeticista.