En Costa Rica, hemos seguido el camino cristiano para construir justicia para las mujeres

 13 septiembre, 2015

Podemos actuar de formas antagónicas frente a un conflicto social, en la familia, en una nación o en el mundo. Podemos enfrentarlo con amor o con odio. Y los resultados son muy diferentes.

Claro que cuando el conflicto significa peligro a la vida o la integridad de una o varias personas, no hay más remedio –si es posible hacerlo con éxito– que el uso de la fuerza por la autoridad constituida para proteger a las víctimas.

Si recurrimos al odio y a la violencia y tenemos poder suficiente, la solución se puede imponer, pero difícilmente es estable y duradera.

Pensemos en el “macho” que avasalla a “su” mujer, en el chavismo que se apodera de Venezuela o en George W Bush y el ahorcamiento de Sadam Husein.

La pareja vive sufriendo el maltrato o se desintegra, los venezolanos soportan las limitaciones a sus derechos y el desabastecimiento e Irak cae en la cruel guerra que hoy vive.

No tengo duda en preferir a Mahatma Gandhi frente a Mao. Pero, claro, surge la pregunta válida: ¿Cuánto y hasta cuándo se debe soportar sin recurrir a la fuerza?

El mundo occidental ha encontrado dos conceptualizaciones de estas antagónicas maneras de enfrentar los conflictos sociales: el cristianismo y el marxismo.

El primero predica la conversión personal al amor al prójimo, incluido amar a los enemigos. En su versión del catolicismo posterior a León XIII, elabora la doctrina social de la Iglesia que predica no solo la responsabilidad moral personal de ayudar en especial a los necesitados, sino que convierte las bienaventuranzas en una obligación que atañe a todos, una obligación personal de participar en la vida de la sociedad para colaborar en la construcción del bien común.

O sea que todos estamos llamados a ser constructores de “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” ( Gaudium et spes Concilio Vaticano II ).

Discriminación contra las mujeres. El marxismo pretende resolver el conflicto venciendo a los opresores. Por eso llama a la lucha de clases, a la confrontación violenta, a la dictadura del proletariado.

Per, ¿cuántas veces se debe poner la otra mejilla? Jesús nos dice que setenta veces siete, pero también echó a los mercaderes del templo.

No pretendo contestar en términos generales esa pregunta. Pero me atrevo a tratar de dar una respuesta limitada al problema de la discriminación contra las mujeres en las sociedades occidentales.

¿Es mejor enfrentar y resolver esa milenaria injusticia por la vía del amor o por la vida del odio y la confrontación? ¿Es preferible recurrir a la solución cristiana o a la marxista? Y ¿cuál camino ha transitado Costa Rica?

Me atrevo a contestar porque tuve la suerte de ser convertido por Lorena y muchas mujeres socialcristianas a la causa de la reivindicación de los derechos de las mujeres, y me siento orgulloso de los aportes que –como las cuotas mínimas de participación– pude colaborar con ellas a establecer.

Las medidas inclusivas por la vía del amor toman su fuerza de la participación de los opresores en la construcción del cambio. Se basan en la persuasión y el convencimiento, no en la imposición. Por el camino del odio y la violencia, el resultado puede ser más rápido, pero deja una huella de resentimiento y odio en los opresores vencidos, que generalmente impide la sostenibilidad pacífica del cambio.

Nuestra ruta. En Costa Rica, hemos seguido el camino cristiano para construir justicia para las mujeres. Escogimos convencer a los hombres de que nuestra felicidad depende del respeto a la dignidad de las mujeres; de aprender de ellas la dulzura de cuidar a nuestros niños; de trabajar con ellas para lograr el disfrute pleno e igualitario de sus derechos políticos, laborales, sociales; de compartir las tareas del hogar y disfrutar de su creatividad.

Dejamos de lado la confrontación y la lucha de la mujer contra el marido en el seno de la familia, y escogimos la unidad en el amor de la pareja y los hijos.

Es también el camino que hemos transitado para resolver los conflictos entre empresarios y trabajadores desde monseñor Thiel y el padre Volio; desde el presidente Calderón Guardia y el arzobispo Sanabria; e incluso desde la solidaridad social de muchos de los liberales decimonónicos y de don Ricardo y don Cleto.

La construcción de nuestro Estado social de derecho no se basa en el marxismo ni es cosa de la segunda mitad del siglo XX. Sus raíces son mucho más antiguas, más fuertes y se nutren del amor y el entendimiento, no del odio y la confrontación.

Miguel Ángel Rodríguez fue presidente de Costa Rica.