Opinión

Para darle vuelta

Actualizado el 31 de julio de 2014 a las 12:00 am

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La vida le ofrece a usted algo inmensamente beneficioso en tanto que individuo, pero nefasto para su familia. ¿Lo toma o lo deja? ¿Es usted, en primer lugar, un individuo o un miembro de su familia? ¿Cuál de las dos condiciones debe honrar?

La vida le ofrece una opción providencial para su familia (algo que quizás se traducirá en beneficio inmensurable de sus hijos), pero es deletéreo para su país (herirá a la comunidad, perjudicará a su nación, lesionará su entorno social). ¿Es usted, en primer lugar, un padre de familia o un ciudadano? ¿Cuál de las dos condiciones debe honrar?

Es usted jefe de Estado de una potencia económica. Fue elegido para proteger a su gente. La vida le ofrece la posibilidad de desarrollar un proyecto que enriquecerá aún más a su nación, disparará los índices de alfabetización, combatirá la miseria y mejorará el nivel de vida de su pueblo. Pero, para ello, deberá destruir un ecosistema compartido por varios países, contaminar, devastar, envenenar el planeta y abrir una nueva herida supurante en la piel de la biosfera. De nuevo: el proyecto generará inimaginable bienestar para su nación, al precio de emponzoñar esa residencia común que es la Tierra. ¿Es usted, en primer lugar, líder de un país cuyos intereses fue elegido para representar, o un miembro de la especie humana? ¿Cuál de las dos condiciones debe honrar? ¿Cabe, en este momento, hablar de otra ciudadanía que no sea la mundial, de una bandera que no sea la del planeta? ¿No somos miembros de la especie humana, antes que costarricenses, lapones, ucranianos o tailandeses?

Dios le pide que haga algo que lo hiere a usted como individuo, a su familia como célula social, a su comunidad como patria, y a la especie humana como residente y custodia del planeta. ¿Que Dios jamás pediría tal cosa? Fue el dilema de Abraham: el sacrificio de su hijo no era bueno para el hijo, ni el padre, ni la comunidad, ni, ciertamente, para la especie humana. ¿Es usted, en primer lugar, individuo, padre de familia, líder de un pueblo, miembro de la especie humana, o bien hijo obediente de Dios? ¿Cuál condición honrar?

La cuarta instancia es la más problemática. Bien podríamos habernos detenido en la tercera, pero es necesario también contemplar, así no fuese más que de manera hipotética, el nivel que consistiría en plegarnos a la voluntad divina.

Varias opciones. Quien opta por lo que es bueno para sí mismo, pero malo para su familia, es un egoísta. Quien opta por lo que es bueno para la familia, pero malo para el país, es un ciudadano execrable. Quien opta por lo que es bueno para su país, pero malo para la especie, es un abominable ser humano. El presidente que ordena el bombardeo de un país enemigo podrá quizás ser un patriota, y un jefe de Estado ejemplar, pero está lesionando a la humanidad. Quien opta por defender al ser humano e ignora la voluntad divina, es un humanista: habrá actuado de conformidad con la filosofía según la cual no hay valor alguno por encima del ser humano. En principio, no veo nada objetable, pero podría hacerse acusar de impío y sacrílego. Para quien opte por seguir la voluntad divina, solo existen dos opciones: será considerado un fanático delirante que pretende tener línea directa con Dios, o será consagrado como un iluminado, un profeta, un ser elegido por su excepcional lucidez, un árbol de tal altura y frondosidad, que la divinidad decidió hacer en él su nido (no ironizo: creo que, en efecto, tal posibilidad debe ser considerada).

Lo curioso es que la cuarta instancia nos devuelve a la casilla uno del juego. Si Dios es una vivencia subjetiva, irreductible, íntima y estrictamente personal, convertirse en cruzado de su palabra nos haría actuar de manera individualista, esto es, desde el individuo. ¿En virtud de qué plataforma de autoridad podría un individuo considerarse depositario de la verdad revelada, y permitirse catequizar a quienes no comparten su devoción? ¿Es la actitud del “evangelista” un acto de generosidad –compartir su epifanía con los no iniciados– o de arrogancia superlativa?

¿Qué somos, en primer lugar? ¿Individuos, miembros de una familia, ciudadanos, componentes solidarios de la especie humana o hijos de Dios? ¿Es preciso elegir? Me temo que sí. De lo contrario, habrá, inevitablemente, “conflictos de intereses”.

Más que nunca, ¿cabe hablar de una ética universal o debemos adscribirnos al relativismo ético? La ética del individuo (que muchos considerarían anti-ética) nos moverá a vigilar nuestros propios intereses: ¡es el resorte natural de la supervivencia! ¡Nacimos programados para ello! Quien defienda a su familia por encima de sí mismo será menos severamente juzgado. Pero ¿no es la familia una extrapolación del yo, una especie de yo metastásico? Y el país ¿no es un yo inflado, múltiple, el volksgeist (el espíritu de un pueblo), una especie de egoísmo geocéntrico, donde el yo asume la delirante magnitud de una comunidad? Y la especie humana ¿no puede ser vista como una magnificación antropocéntrica del yo, convertido, en este caso, en paradigma último? ¿Volver a “el hombre es la medida de todas las cosas” de Protágoras? Finalmente, Dios mismo ¿no proyecta también el yo, que adquiere proporciones cósmicas y exorbitadas? ¿Hay alguna manera de escapar al yo (tal cual se manifiesta en la forma insular del egoísta, del yo-familia, del yo-patria, del yo-especie humana, o del yo-Dios (el teomaniaco, “vehículo” de la divinidad)?

Salvo los cínicos, nadie discutirá que el bienestar privado es inviable sin el bonum commune (Santo Tomás). El problema es el siguiente: ¿qué es “común”? ¿La familia, la aldea, la megalópolis, el país, la etnia, la civilización, el planeta como un todo orgánico? Una vez más, hago aquí las veces de “preguntador”. El mundo está lleno de “contestadores”, segurísimos –tal parece– de sus posiciones. ¿De qué servirían, entonces, mis respuestas? La verdad sea dicha, ni siquiera las tengo.

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