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¿De quién es la curul?

Actualizado el 12 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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¿De quién es la curul?

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En la próxima Asamblea Legislativa habrá dos diputados sin partido, que llegaron hasta allí porque dos partidos políticos los incluyeron en sus listas de candidatos.

Sin embargo, desde antes de los recientes comicios, y por parecidas razones, esos partidos los excluyeron y les negaron toda representatividad en caso de que llegaran al Congreso.

No es la primera vez que esto sucede y los motivos que justifican estas acciones van desde discrepancias ideológicas y desacuerdos por alguna medida tomada por sus partidos, hasta simples enojos y berrinches.

En algunos casos, los diputados renunciaron a sus respectivos partidos políticos, y en otros fueron echados. Pero ¿cómo es que renunciaron o fueron echados de sus respectivos partidos políticos –que fueron los vehículos para llegar a la Asamblea– y no renunciaron a la diputación?

Entonces, los ciudadanos nos preguntamos a quién pertenece la curul. ¿Pertenece al pueblo, a la Asamblea Legislativa, a los partidos políticos, al Tribunal Supremo de Elecciones o a los diputados en lo personal? Hay una laguna en la legislación electoral que deberá ser llenada tarde o temprano. Sin embargo, la situación plantea algunos problemas –sobre todo, en el campo moral – que vale la pena analizar.

La ley. Nuestro ordenamiento electoral no contempla que un ciudadano, por sí y ante sí, se postule para algún cargo de elección popular: solo lo puede hacer a través de un partido político que, aunque parezca ocioso repetirlo, es una institución compuesta por una dirigencia, un ideario, una bandera y un conjunto de ciudadanos, y que para su funcionamiento requiere grandes sumas de dinero que se multiplican para la campaña electoral.

¿De dónde sale ese dinero? Normalmente, sale de los bolsillos de miles de partidarios, algunos con medios económicos que aportan muy buenas contribuciones y, en su gran mayoría, de gente pobre que dona pequeñas sumas cuyo valor es enorme por el sacrificio que suponen para los donantes.

Esa es la estructura sin la cual nadie llega a ser presidente, diputado o regidor. Llegado el momento, el partido designa a sus candidatos, no importan o importan muy poco sus nombres, pues lo que importa es que son los candidatos del partido. Para la campaña no solamente se requieren las contribuciones económicas, sino que es necesario el trabajo de muchos partidarios, un enorme esfuerzo del partido.

En muy pocos casos alguien contribuye o trabaja por un candidato determinado. Al final, los que resulten elegidos serán los representantes del partido, los encargados de hacer realidad el ideario, los proyectos, las promesas, todo lo cual atrajo a los votantes.

Lógica y moral. Así las cosas, ¿puede un diputado renunciar a su partido y no renunciar a su curul, olvidándose de los miles que contribuyeron económicamente (para algunos de los cuales significó algún sacrificio), de los miles que trabajaron, de los miles que votaron, todos por el partido, y de los pocos que votaron por él en lo personal, creyendo todos que a quienes iban a elegir representaban los ideales del partido? Legalmente, sí lo pueden hacer; moralmente, no.

Casos ha habido en que el diputado renunciaba al partido y decía adiós al Congreso. Pero eran muy pocos y, además, eran otros tiempos.

Resulta muy cómodo renunciar al partido y conservar la curul, el puesto, el salario y los privilegios; la responsabilidad para con el partido se va, y, peor aún, cuando el renunciante o renunciado se pasa a otro partido que, gratuitamente, ve aumentada su fracción.

Esto es peligroso y podría prestarse para jugadas verdaderamente cuestionables.

La curul, en orden a la lógica y la moral, debería ser patrimonio del partido que para eso hasta tiene sus respectivos suplentes, ha puesto su estructura, su financiamiento y su trabajo. Esto es y será así mientras prevalezca el actual sistema de elegir a los diputados.

Que alguien se arrogue la propiedad de la curul no deja de ser una especie de traición, algo muy distinto de lo que los electores creyeron.

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