12 febrero, 2015

Agradezco a Dios haberme permitido servir a mi país como educador, porque ser protagonista desde las aulas entraña una enorme responsabilidad social.

Mis padres (qdDg) me inculcaron que la vida es un ejercicio cotidiano de honradez, lucha, esfuerzo y perseverancia. Esos valores fueron una constante en mi trayectoria educativa. Creo, con José Martí, que “hacer es la mejor manera de decir”. Esa máxima fue mi norte durante 34 años de ejercicio docente, tanto en la enseñanza media como universitaria.

La educación es una herramienta de cambio y crecimiento interior hacia destinos superiores; por lo tanto, se debe fortalecer todos los días, con plenas convicciones. Por ello, cada silla vacía en las aulas costarricenses es un golpe contra nuestro sistema democrático. En tal sentido, debe atacarse la deserción desde cada centro de enseñanza.

No hay diálogo. Un problema medular que incide en el proceso de enseñanza-aprendizaje es la falta de diálogo. Existe, lamentablemente, una sociedad con una comunicación monosilábica, cuyos efectos degradatorios se reflejan en la violencia, tanto en las aulas y hogares, como en los comportamientos cotidianos de la sociedad civil.

Los educadores deben re-encantar el proceso educativo con vocación, ejemplo, mística, respeto, diálogo y una adecuada preparación académica, para hacer posible el fortalecimiento integral de las comunidades estudiantiles. Esos retos son tareas ineludibles del verdadero educador y de los centros educativos como instancias de mejoramiento.

La responsabilidad educativa no puede enquistarse solo en dar clases, muchas veces aburridas y rutinarias; algunas parecen cursos de secretariado, pues solo pasan dictando y copiando. Por el contrario, los educadores deben ser guías y formadores altamente comprometidos, sobre todo en estos tiempos de avanzados y llamativos entornos tecnológicos de información y comunicación. Hay que saber leer la sintonía de necesidades generacionales de la era digital con las experiencias en el aula.

El ilustre legado de Omar Dengo, Mauro Fernández, Joaquín García Monge o Carmen Lyra seguirá vigente, en el tanto los educadores no dejen de forjar caminos éticos de mejoramiento holístico, en aras de propiciar una sociedad humanista más justa para beneficio de la sociedad costarricense.

A los hogares, hago la excitativa para no dejar a la deriva a los estudiantes en su proceso educativo. Hay quejas institucionales recurrentes en ese sentido. Los estudiantes no deben sentirse huérfanos de tan preciado apoyo hogareño. El compromiso no es solo mandarlos a los centros educativos, sino ser copartícipes de tan intensa tarea humanizadora.

A los miles de estudiantes, quienes inician o continúan otro curso lectivo, mis deseos de total aprovechamiento. Nadie quiere estudiantes de medio tiempo –cuando no entran a clases, pierden el tiempo, o bien, se escapan de ellas–.

A los miles de educadores, un reconocimiento social por su abnegada tarea en todos los lugares de la geografía costarricense. Los educadores estamos llamados a construir patria, desde la vocación del alma, con el espíritu alegre de la biopasión por la enseñanza.

Insto a la noble comunidad estudiantil y magisterial, a las familias, al Gobierno, a los centros educativos, a los sindicatos, a la prensa, a las comunidades, a las instituciones de apoyo, a los grupos organizados de la sociedad civil, a que cada uno dé sus aportes, con dignidad y compromiso, de manera que los esfuerzos se unifiquen, las experiencias se socialicen y los conocimientos se validen, de modo que las generaciones, actuales y futuras, encuentren las herramientas idóneas para alcanzar una mejor calidad de vida y el equilibrio necesario para vivir en armonía.

El autor fue Premio Nacional de Educación Mauro Fernández en el 2008.