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¿De qué es culpable Israel?

Actualizado el 04 de junio de 2014 a las 12:00 am

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¿De qué es culpable Israel?

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Las medias verdades repetidas mil veces pueden y suelen convertirse en verdades para quienes las dicen y para aquellos que, sin conocer la historia completa, las toman como ciertas.

La presencia de Israel parece molestar a mucha gente, Gobiernos y organizaciones a nivel mundial. Tergiversar los hechos, fomentar descalificaciones, publicar falsedades y utilizar las medias verdades para cambiar la historia y condenar a un país, que surgió probablemente con la mayor legalidad y consenso que ningún otro en el último siglo, parecen llevar al delirio sobre todo a sus vecinos árabes y musulmanes cuya población total suma más de mil millones de habitantes, y ocupan alrededor de 20 millones de Km².

Estos vecinos son los principales incitadores del odio y de la deslegitimación de ese pequeño país de tan solo 28.000 Km² (apenas la mitad de Costa Rica) que, inserto en el medio de vecinos hostiles, procura sobrevivir y surgir en el concierto de las naciones.

Un poco de historia. Quienes consideran como obstáculo para la paz el que Israel se declare como Estado judío, cuando existen aquellos cuyas constituciones los establecen como musulmanes o católicos, olvidan convenientemente la historia de la legalidad del Hogar Nacional Judío en Palestina, a partir de la declaración Balfour, en 1917, ratificada en la conferencia de San Remo, en 1920; y la Liga de las Naciones, en 1922, concretada en la resolución de partición de Palestina de la ONU de 1947.

Menos aún deberían escandalizarse los enemigos y detractores de Israel, ya que el mismo tratamiento fue establecido para países surgidos en las mismas circunstancias y años como Siria, Líbano, Irak y algunos países europeos y africanos, donde, inclusive, las fronteras de todos ellos fueron claramente delimitadas, al igual que las del futuro Estado judío.

Luego de la resolución 181 de la ONU, 29 de noviembre de 1947, que se declaró a favor de la creación de un Estado árabe y otro judío en el territorio de Palestina, de mandato británico, cuyo objetivo fue otorgar a la población árabe el mismo derecho de autodeterminación que a su población judía. El mundo árabe rechazó dicha resolución y juró “echar a los judíos al mar” para darle toda Palestina a la población árabe.

Los judíos aceptaron la resolución y seis meses después declararon su independencia al crear el Estado de Israel, cuya existencia se vio de inmediato amenazada, lo que obligó al nuevo Estado a defenderse en sucesivas y trágicas guerras contra sus vecinos.

Esto trajo como consecuencia que una gran parte de la población árabe-palestina se convirtiera, a partir de 1949, en refugiada en su propia tierra. Como parte de dicha guerra, Jordania y Egipto se apoderaron de Cisjordania y Gaza, territorio del Estado árabe que nunca fue declarado. Esas dos áreas son las mismas que hoy en día deberán conformar el futuro Estado palestino.

Hechos verdaderos. Durante los siguientes 19 años, Cisjordania estuvo bajo dominio jordano y nadie mencionó los derechos de los habitantes palestinos, mucho menos la creación de un Estado palestino. Fue tras la Guerra de los Seis Días, en 1967, y la toma de control de Cisjordania, Gaza, y del desierto del Sinaí por parte de Israel, de manos egipcias, cuando se empiezan a mencionar los derechos de los habitantes y refugiados palestinos a su propia tierra.

El objetivo final de Israel, además de garantizar su propia seguridad en fronteras defendibles, ha sido siempre intercambiar dichos territorios a cambio de paz con sus vecinos, cuestión rotundamente rechazada en la conferencia de la Liga Árabe en Khartoum, agosto de 1967, con los 3 famosos “No” (no al reconocimiento de Israel, no a las negociaciones con Israel, no a la paz con Israel).

Las verdades a medias y sobre todo las mentiras se combaten con hechos. Si Israel es la culpable del sufrimiento y la desgracia de los palestinos, en opinión de sus detractores, los hechos se encargan de demostrar que, tras la guerra de 1967 y las negativas a negociar de sus vecinos, Israel “heredó” contra su voluntad dicha población (Cisjordania y Gaza nunca fueron anexados por Israel), convertida con el correr de los años en símbolo de la desidia e irresponsabilidad de los gobernantes árabes de turno, que, además, la utilizan como arma política contra Israel.

Gran parte del mundo olvida que Jordania y Egipto, que tuvieron bajo su jurisdicción la población palestina entre los años 1948-1967, jamás se preocuparon por dotarlos de las condiciones mínimas de supervivencia digna, y menos de absorberlos como habitantes con plenos derechos, como hermanos que son de su propio pueblo. Por el contrario, permitieron que se multiplicaran los campos de refugiados con sus denigrantes condiciones de vida.

Israel fue el único país preocupado por los palestinos al procurarles servicios básicos, acceso a mejor calidad de vida y hasta administrar sus recursos públicos e impuestos. Israel fue, incluso, por muchos años, la principal fuente de empleo para los palestinos. No en vano la calidad de vida de la población palestina es de las más altas, comparada con sus vecinos árabes.

Estos son hechos fácilmente comprobables para cualquier visitante incauto, pero jamás serán publicados por muchas de las agencias internacionales que, dominadas por intereses particulares, suelen transcribir noticias tendenciosas que dibujan a Israel como eterno agresor.

El reiterado tema de los asentamientos, construidos por Israel para asegurar fronteras defendibles, y que representan apenas el 6% del territorio del futuro Estado palestino, no son el problema real del conflicto, como muchos lo quieren hacer ver. Más aún, la compensación territorial forma parte de negociaciones ya acordadas entre ambas partes.

Las mejores pruebas de la voluntad de Israel de devolver tierras a cambio de paz están en el acuerdo con Egipto de 1979 (Israel devolvió el Sinaí); y la retirada de Gaza, en el 2005, cuya retribución fue el lanzamiento a su territorio de más de 8.000 misiles de parte de Hamás y la Yihad Islámica.

¿‘Apartheid’? En la actualidad, en Israel viven 8 millones de habitantes, entre ellos 1,5 millones de árabes musulmanes y casi 500.000 cristianos, drusos y beduinos. Es la única democracia real en Oriente medio. Toda su población, judía y no judía, goza de libertad e igualdad de derechos y deberes ante la ley, y de completa libertad de culto, donde además las minorías están representadas en el parlamento y el poder judicial.

La Selección Nacional de Fútbol de Israel tiene integrantes árabes. Reinas de belleza y artistas árabes y cristianos representan a Israel ante el mundo. Ciudadanos drusos y beduinos sirven en el cuerpo diplomático y son oficiales del Ejército. ¿Es todo esto apartheid? En las lenguas afrikáans, apartheid significa separación. Si los hechos descritos como políticas de Estado son considerados apartheid, entonces Israel se “separa” de sus vecinos por aplicarlas no solamente como leyes fundamentales, sino como código ético y moral de su diario vivir, valores milenarios de la cultura judeocristiana.

La resolución de un conflicto como el palestino-israelí, tan fácil de explicar pero tan complicado de resolver, debe venir de la mano de todos los involucrados y únicamente de forma directa entre las partes. Cuando el resto del mundo árabe comprenda (como ya lo han hecho Egipto y Jordania) que Israel tiene derecho a existir en la pequeña porción de tierra que le corresponde, de la misma manera en que Israel reconoce al pueblo palestino el derecho a tener su Estado en fronteras acordadas con Israel, cualquier negociación sin condiciones previas será posible y la solución al conflicto estará más cerca porque, finalmente, la naturaleza del conflicto árabe-judío no es territorial, es religiosa e ideológica.

Israel, con sus virtudes, y ciertamente sus muchos defectos, como consecuencia de años del conflicto, procura seguridad en sus fronteras que garantice a sus pobladores lo que cualquier país en el mundo avala por defecto a los suyos. Sí, Israel es culpable de querer algo tan simple: que lo dejen vivir tranquilo y en buena vecindad.

Cuando la animosidad y la obsesión del mundo por un país llamado “Israel” queden limitadas a la proporción del tamaño de su territorio y población, se lo podrá juzgar y declarar culpable de lo que realmente es: un país que venció el desierto y los pantanos para construir un país desarrollado y próspero en tan solo 66 años, amante de la vida y la paz, que, aunque imperfecta y mejorable, siempre será preferible a la agonía de la muerte y la guerra.

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