Vivimos en una época en que estamos sobreexpuestos a la información

 7 diciembre, 2016

Con la victoria de Trump y el brexit, se habla de la era de la política posfactual, aquella donde la verdad se torna irrelevante. Lo que importa ya no son los hechos o la realidad de las cosas, sino cuán fuertes son las emociones que las mentiras pueden generar en el público para inclinarlo hacia un lado u otro de la votación.

Mucho se ha dicho durante las últimas semanas sobre el filter bubble (burbuja del filtro), de cómo los nuevos medios y las redes sociales nos permiten construir murallas virtuales para contener la información que queremos ver y dejar por fuera la que no.

La existencia de noticias falsas se comentó brevemente durante la campaña estadounidense, pero, según investigaciones posteriores a las elecciones, pareciera que el origen de esta desinformación no era ideológico o político.

Contrario a lo sucedido en la campaña del brexit, donde la información falsa provino de los políticos con promesas, por ejemplo, de redirigir al sistema de salud nacional los fondos que se ahorrarían al salir de la Unión Europea (lo cual fue desmentido por ellos mismos el día siguiente del referendo), en EE. UU. proliferaron sitios web de noticias falsas difundidos a través de las redes sociales.

Vulnerabilidad. Los creadores y editores de muchos de estos sitios, como USA Newsflash, USA Online Politics y News Today, resultaron ser adolescentes en Macedonia, con poco que hacer y mucho que ganar a través de la publicidad en medios digitales.

Quizá esto debería decirnos más acerca de la vulnerabilidad de nuestros sistemas políticos, pero no cambia el hecho de que existe información activamente falsa y en nuestro newsfeed (noticias) se ve igual que la información legítima. Cuando coincide con nuestras preferencias, resulta fácil no cuestionarla.

Algunos periodistas en EE. UU. han salido a confrontar al público en ambos bandos, a preguntar si creen que determinada noticia es falsa o verdadera. Al enterarse de que es falsa, en muchos casos la respuesta es que no importa que esa en particular sea falsa porque igual refleja la idea general de la verdad.

En defensa de Facebook, Mark Zuckerberg argumenta que el contenido que se distribuye en esa plataforma es auténtico en más de un 99%. Aunque no nos aclara a qué se refiere con auténtico, plantea una pregunta interesante: ¿cómo se identifica la “verdad”?

El filósofo Bertrand Russell, al analizar los orígenes del fascismo durante los años treinta, hablaba de la desaparición de la idea de una verdad universal y de cómo la fiebre del nacionalismo la había reemplazado por una verdad inglesa, una verdad francesa, una verdad alemana, etc.

Ahora puede ser hasta más complicado, pues las verdades ya no se circunscriben a las fronteras nacionales a pesar de que los discursos nacionalistas estén a la orden del día. Las múltiples verdades coexisten dentro de cada país, y como demostró la elección estadounidense, no había conciencia de su radicalismo. Sabíamos que existían, pero no sabíamos que existían.

Responsabilidad. Vivimos en una época de sobreexposición a la información. Como nunca antes en nuestra historia, podemos elegir cómo nos informamos, pero esto conlleva una gran responsabilidad.

De ahí el cuidado que debemos tener con el “ah, no sé”, “lo vi en Facebook ” o “me lo mandaron por WhatsApp ”. El despreocuparnos por la fuente de la información (distinto a la plataforma en que se distribuye) es, en parte, lo que nos ha traído a esta era de la posverdad.

Hasta hace poco, la abundancia y variedad de información nos hacía pensar en una esfera pública global, con poderes cuasi mágicos para fomentar los valores democráticos. Pero la democracia no es solo el intercambio de opiniones, no es la pluralidad de discursos. La democracia implica construir formas de convivencia, a través del pensamiento crítico y de un diálogo pluralista constante.

Debemos ser capaces de valorar crítica y constructivamente las opiniones y la información de los demás, pero, en especial, estar dispuestos a cuestionar las propias.

La responsabilidad no es solo de los medios ni de los políticos, es del público, de todos nosotros.

La autora es abogada.