Se apuesta a la superficialidad más que a la profundidad de la experiencia humana

 16 noviembre, 2015

No debe extrañar a los que se han interesado por el tema de la evolución cultural contemporánea que se afirme que las personas de nuestra sociedad asumen diversos roles, dependiendo del ambiente en donde se desarrolla una de sus actividades.

Vivimos en un mundo fragmentado, donde los gustos, lo que hacemos con placer u obligación, las creencias religiosas o ideológicas y el tiempo que pasamos en nuestros desplazamientos parecen ser mundos independientes. Pero aquí no nos preguntamos acerca de los roles que asumimos, sino de la identidad que nos adjudicamos a nosotros mismos.

La inquietud ha nacido al ver una entrevista que le hacían a un famoso personaje de la farándula, en donde se recalcaba su heterogeneidad artística. En ella se pasó con extrema facilidad de su multifacética actuación en las tablas a su identidad personal más íntima.

Ambas cosas que, según él, se encuentran siempre en un antagonismo feroz, pero “equilibrado existencialmente”: hay que pagar las facturas y solo una de esas personas lo hace (aunque no estaba claro quién lo hacía, si el actor o su yo real).

La respuesta del actor me hizo pensar en una realidad presente hoy en muchas personas: la presión social ejercida sobre los individuos para que definan un centro unificador del yo íntimo a partir del narcisismo escénico.

Escenarios. Dos palabras son claves para entender la cuestión: narcisismo y escenario. Dos son también los ámbitos en que se desarrolla el discurso identitario en este campo: el yo y los que nos miran.

En otras palabras, estamos delante de un proceso en el que el individuo se siente observado y condicionado a interpretar un papel escénico que sea aceptado por sus espectadores, dependiendo del escenario en donde debe actuar.

¿Podría encontrarse aquí la causa del aumento de personas que abandonan a sus familias y la oportunidad de seguir una vida normal laboral o familiar para convertirse en personas de la calle? El fenómeno de los marginados sociales también es doble: por un lado se encuentran la mayoría de ellos, que viven en la pobreza y en la violencia, engendradas por un sistema injusto; y, por otro, aquellos que se automarginan, que asumen esa condición como una opción personal.

Este último no es solo un fenómeno relacionado con el consumo de drogas o alcohol; es una realidad mucho más compleja, que tiene relación directa con las expectativas ajenas que toda persona en una urbe tiene que afrontar.

Este es el caso más extremo de una característica social que nos habla de una incapacidad sentida respecto a los demás: la incapacidad de “actuar” adecuadamente en el escenario social en el cual se ha sido inserido.

En la persona ordinaria, la tensión entre el yo y la presión por ejercer un papel en el escenario social puede esconder o contener el ansia de la libertad personal que se obtiene, no solo con el esfuerzo individual, sino que también a partir de unas relaciones humanas que permitan manifestar la propia originalidad sin esconderla, desarrollando las propias destrezas en armonía con lo que se es. Nuestra sociedad, empero, no promueve este tipo de libertad, puesto que es peligrosa para un sistema de gestión político-económico que depende del consumo para su manutención.

Las relaciones humanas fuertes, sinceras y abiertas producen comunicación, pensamiento crítico, diálogo y objetividad en la construcción de los espacios colectivos. Es decir, producen valores que sustentan y fomentan la convivencia, la solidaridad y el compromiso.

Si la persona es aceptada en el grupo por lo que es y por lo que aporta, sin que se le obligue a desarrollar un papel en un determinado “espectáculo social”, la armonía es posible. Lo contrario produce distanciamiento e indiferencia ante el otro.

El espectáculo social del que hablamos tiene que ver con la promoción de la propia imagen a partir de los estándares establecidos por el mundo de la publicidad, la ideología del éxito y la moda. A partir de los selfis, del excesivo cuidado del cuerpo, de la participación en actividades de masa, hasta de las fotografías de lo que se come, se compra o se obtiene, se construye una imagen pública que tiene que presentarse como bella y deseable. Todo esto va creando la necesidad de un “mostrarse” ( showing ) narcisista.

Nuestros posts: Las redes sociales han promovido esta autoexposición y han obtenido una adhesión cada vez mayor de grandes bloques sociales. Poco a poco, esto ha hecho pensar que todos necesitamos esa cuota de narcisismo para ser normales: no hay espacio para la tristeza, la nostalgia o la desesperación; la vida tiene que ser bella y feliz, como en la publicidad.

En consecuencia, se transforma la necesidad natural de comunicación en compulsión publicitaria de la propia imagen. No es de extrañar que los comentarios que se hacen a través de las redes sociales de los posts publicados muchas veces carezcan de contenido, por no decir que la mayoría de las veces solo son símbolos prefijados por los programas usados (asumiendo que el símbolo exprese las propias opiniones de manera coherente).

No es difícil comprender por qué el diálogo y el debate han entrado en desuso. El sentido de soledad crece, por la falta de comunicación, y su necesidad ha sido encauzada en la promoción del narcisismo, que ha comenzado a ser parte integrante del discurso identitario. ¿En qué sentido?

Basta un simple análisis de las categorías axiológicas de muchas de las canciones populares de la actualidad para responder. El “yo” ha adquirido en los últimos años un carácter absoluto, todo se cuenta y se entiende en su verdad desde la experiencia personal (que si bien es el elemento unificador de la persona, no puede ser el único referente en la construcción del propio estar en el mundo, porque este presupone la existencia de la alteridad material y personal).

El otro se reduce a lo que los propios sentimientos y emociones suscitan. El “impacto en mí” de lo que existe es sinónimo de realidad, sin posibilidad de relativización o de ambigüedad. Por eso podemos hablar de una creciente soledad, porque se ha deteriorado la comunicación que nos permite entrar en una dinámica dialéctica de confrontación con los otros y nos aleja del individualismo.

La falta de una comunicación efectiva aumenta y empuja a la exaltación del yo para aliviar o evadir la violencia que crea el narcisismo que nos envuelve. Nos encontramos en un círculo vicioso nocivo.

Saturación. La paradoja que afrontamos es que la facilidad y la sobreabundancia de los medios de comunicación entorpecen y corrompen nuestra capacidad comunicativa, no porque los medios sean portadores del mal, sino porque las tendencias promovidas de forma masiva de su uso mantienen la preeminencia del “mostrarse felices” a los otros.

La relación entre la sociedad consumista y las redes sociales ha hecho que el individuo se coloque en el centro de todos sus discursos, pero esto oculta el verdadero mecanismo ideológico interno: la sistemática adecuación de nuestra persona a ese sistema de vida que relativiza las necesidades de otros para hacer del propio deseo la razón de toda ética, que termina reduciéndose a una estética del “yo”.

De ahí proviene esa proliferación de “manifestaciones personales” en un individuo: se actúan diversos roles/papeles, cada uno vinculado a una estética particular, querida por los diversos escenarios creados socialmente.

El único eje unificador de la persona termina siendo el “yo” exaltado por el éxito y su contraparte es el “yo” derrotado por la falta de apoyo en su actuación del papel esperado.

Nuestro ser personal corre el riesgo de ser arrastrado hacia la indiferencia y la intolerancia por ese excesivo impulso a la notoriedad y la necesidad de causar impacto a una gran diversidad de público. Se apuesta a la superficialidad más que a la profundidad de la experiencia humana.

Urge, por tanto, retomar una comunicación que no se contente con las migajas de una imagen que puede ser interpretada de mil maneras, sino que se sienta desafiada permanentemente a la comprensión y escucha del otro, al debate constructivo y analítico, a la conversación amena, pero profundamente humana, a aquella salida del corazón.

El autor es franciscano conventual.