27 agosto, 2014

Si con Juan apuesto ¢1.000 a que el Deportivo Saprissa gana su próximo duelo contra la Liga Deportiva Alajuelense, incurro en riesgo de pérdida. Si, a la vez, apuesto con Juana la misma suma, pero a que el ganador es la Liga, entonces anulo el riesgo. La diversificación financiera consiste, precisamente, en participar en actividades que no se muevan en el mismo sentido e, idealmente, que, ante un detonante dado, lo hagan en el sentido contrario, como ocurre en el ejemplo de “el clásico”.

Este fenómeno lo conocen –entre otros– los administradores de fondos, los aseguradores, reaseguradores y los banqueros que constituyen carteras de crédito diversificadas (servicios, construcción, industria, etc.) en vez de concentradas (por ejemplo, solo turismo). La máxima de “No ponga los huevos en una sola canasta”, si su objetivo es minimizar la posibilidad de que todos se le quiebren a la vez, tiene su fundamento en la teoría de la diversificación. Iría en contra de ella el constituir un banco cuyo exclusivo propósito fuera otorgar crédito agrícola en Cartago. (Hago la observación de que, a pesar de su nombre, el BCAC-Bancrédito no actúa así).

Diálogo entre aseguradores. Un interesante artículo que leí recientemente (“My money or your life”, The Economist, 23 de agosto, 2014) me sugirió que en Costa Rica conviene propiciar un diálogo técnico entre aseguradores. Concretamente, entre la CCSS y los principales aseguradores de la línea de vida: el tema sería cómo enfrentar de manera óptima el riesgo de longevidad de las personas, con el que unos y otros tienen que ver. En efecto, la materialización de este riesgo (que aumenta, por ejemplo, si la gente adopta mejores hábitos de vida o si se descubriera una cura para el cáncer) lesiona las finanzas del régimen de IVM que administra la CCSS, pues lo lleva a erogar más de lo previsto por concepto de pensiones. Pero, a la vez, favorece a los aseguradores que hayan emitido pólizas de vida sobre esa misma población, pues seguirán recibiendo primas de asegurados que actuarialmente deberían morir y sus beneficiarios cobrar el monto de la póliza.

¿No es este, en el fondo, un caso de correlación negativa similar al que opera en las apuestas respecto al clásico Liga-Saprissa? Sí. La diferencia está en que toda apuesta constituye un riesgo especulativo, que se asume por gusto y que no existiría si al menos una de las partes se niega a hacerlo, y el de longevidad es uno puro, y los riesgos puros conviene diversificarlos.

Seguro de longevidad. Siendo esto así, la CCSS-IVM podría comprar a las aseguradoras comerciales un seguro de longevidad sobre su cartera (o más precisamente: un seguro contra los perjuicios financieros que aparejen los desvíos de la longevidad efectiva sobre la previsión estadística que sirvió de base de cálculo de las primas de protección). Por ello pagaría una prima razonable, compatible con el desvío esperado, que en general sería baja, pues lo que las aseguradoras pagarían por pérdidas efectivas podrían compensarlo parcialmente con primas recibidas de sus propios asegurados, bajo pólizas cuyos riesgos no se materializaron.

Si los recursos de las aseguradoras comerciales no fueran suficientes para asumir todo el riesgo que representa la cartera de la CCSS-IVM, ellas podrían financiar otra parte del esquema con la emisión de bonos, que tendrían la particularidad de pagar intereses altos en años buenos (de baja siniestralidad) y bajos o nulos en años malos. En el mundo hay inversionistas dispuestos a entrar en este negocio, si es bien planteado.

Bonos como las que menciono ya se comercian en los mercados internacionales. Se les conoce como “bonos catástrofe” ( cat bonds ) y sus intereses se mueven en función inversa de la siniestralidad que enfrente la aseguradora (o, más corrientemente, reaseguradora) que los emita. Son ideales para hacer recaer sobre muchas espaldas (atomizar) los riesgos que aparejan los ciclones, tsunamis , sequías y terremotos, y para hacer a sus tenedores copartícipes de las ganancias en los años de vacas gordas.

La CCSS. La CCSS (que es, en el país, la más afectada por el riesgo de longevidad que comento) podría tomar la iniciativa, convocando a un grupo selecto de representantes de su contrapartida de aseguradoras comerciales, sirviendo un gran pichel de café, unas empanadas y enchiladas, y comenzar así a tratar técnicamente el asunto. No dudo que los participantes encontrarán una solución que a todos convenga, pues estamos ante un caso clásico de la correlación negativa perfecta, que dice que, en materia de riesgo, uno más uno puede ser igual a cero. Si, por alguna razón, los participantes en este diálogo no la encontraran, al menos no podrán quejarse de que no comieron rico.

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