12 abril, 2015

El problema más importante de la sociedad es haber olvidado la fraternidad. No se cultiva la vida fraterna, por ejemplo, cuando se propicia el odio en contra de quienes piensan distinto, tienen otros intereses, creencias y preferencias. Tal enfoque anula la concordia y privilegia la enemistad y la violencia. Sea este el preámbulo al comentario que comparto en torno a la novela El hombre que amaba a los perros , del escritor Leonardo Padura, quien quizás sin proponérselo evidencia en su texto lo que ocurre cuando la fraternidad está ausente.

Frutos del mismo árbol. La novela narra el proceso que condujo al asesinato de Lev Davidovich Bronstein, mejor conocido como Trotsky. Con ese motivo repasa aspectos puntuales de la Guerra Civil española, de la política soviética en tiempos de Stalin y del adiestramiento sistemático y criminal de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky.

Ramón esta poseído por una utopía de las que encubren el odio más atroz y pernicioso, lo que también le ocurre a su madre, Caridad Mercader, y a África de las Heras, dos mujeres que ejemplifican el fanatismo llevado a los extremos del horror. Natalia Sedova, segunda esposa de Trotsky, lo acompaña en el exilio y contribuye a que no sucumba bajo el peso de la persecución política y la pérdida de sus familiares, amigos y amigas víctimas de la represión que asolaba la Rusia soviética.

Otra de las mujeres que aparecen en la novela es Silvia Ageloff, militante trotskista ligada al círculo íntimo de Trotski, a quien Ramón Mercader seduce y enamora con el fin de acercarse al dirigente bolchevique y ejecutar su objetivo.

León Trotsky y su verdugo se complacen en la misma utopía, en dogmas derivados de una raíz común, ellos son frutos del mismo árbol, pero Trotsky lee los hechos en clave de revolución permanente y oposición a lo que denominaba la dictadura burocrática soviética, mientras Ramón Mercader, con ciega y asesina perseverancia, cree en las ideas de José Stalin.

Dos interpretaciones. Mi intención no es ahondar en los vericuetos de la novela, sino expresar una diferencia de fondo respecto a la interpretación que hace Padura. Según él, El hombre que amaba a los perros revela las razones que llevaron a la “perversión de la gran utopía del siglo XX”, y esto significa que el socialismo marxista –inspirador de Lenin y Trotski, y también de Stalin– es la “gran utopía” pervertida por la malignidad de los estalinistas.

Mi interpretación es por completo distinta: la “gran utopía” no necesitaba ser pervertida por nadie porque nació perversa y pervertidora. El problema no estuvo en su aplicación, sino en las insuficiencias de sus contenidos, lo demás, terror incluido, vino por añadidura.

De este modo, me sitúo no en la coyuntura relatada en la novela, sino en un período histórico anterior que abarca de 1845 a 1883, y sin el cual tal coyuntura es incomprensible. En esos años, Marx formula la “gran utopía” que menciona Padura, cuyos planteamientos justifican el asesinato de Trotsky, a pesar de que él, junto con Lenin y Stalin, fuese cautivado por ella y la considerara el fundamento de su acción política. Estos tres personajes repiten la “gran utopía” hasta convertirse en victimarios, víctimas y cómplices. ¿Cuáles son los elementos de esta “gran utopía” que legitiman el odio y la violencia? Permítaseme ahondar en este aspecto de la cuestión.

Vacíos en la “gran utopía”. Thomas Piketty, en el libro El capital en el siglo XXI , explica que Marx no tomó en cuenta el progreso técnico ni el crecimiento continuo de la productividad, fuerzas que equilibran, hasta cierto punto, la concentración del capital privado. Además, continúa Piketty, Marx obtuvo sus conclusiones básicas en 1848 antes de realizar las investigaciones que las probaran, y careció de suficiente información histórica y estadística para fundamentar sus asertos.

A lo escrito por Piketty conviene agregar que en la teoría sobre el origen de la riqueza social Marx presume que una parte de la sociedad produce la riqueza mientras la otra se la roba. Olvida que en la generación de riqueza intervienen no solo campesinos proletarizados y el proletariado industrial, sino también profesionales liberales, artistas, empresarios, emprendedores, estratos gerenciales de la población y diversos segmentos de las clases sociales medias, propietarias y no propietarias de medios de producción.

La riqueza, contrario al enfoque de Marx, es de origen multi-clasista. Esto no niega los conflictos de clase, pero los ubica en una perspectiva diferente a la dialéctica amigo-enemigo típica de la “gran utopía”.

Consecuente con su perspectiva, Marx redujo la medida del valor de las mercancías a solo el trabajo obrero incorporado en ellas, y olvidó que existen distintos tipos de trabajo que participan en la producción, circulación y consumo de bienes y servicios, y que en el valor mercantil también intervienen el tiempo, la escasez, la utilidad, el funcionamiento de las máquinas y los gustos y preferencias de las personas; sostuvo, además, que la fuerza de trabajo es una mercancía, lo que desconoce el hecho de que esa fuerza posee una dimensión subjetiva, personalísima e intransferible. La fuerza de trabajo no es una mercancía, sino un modo de expresión de la persona en las interacciones socio-laborales.

El autor de la “gran utopía” defendió la necesidad de centralizar los conocimientos a través de una dictadura político-ideológica y económica, pero resulta que tal centralización es inviable porque los conocimientos están descentralizados, desconcentrados y coordinados de modo no planificado en los cientos de millones de personas y experiencias que interactúan en la sociedad.

La máxima libertad, la máxima democracia, la sociedad de los iguales no pertenecen a la “gran utopía” que sedujo a Lenin, Trotsky y Stalin, ocurre todo lo contrario, inspirándose en ella se obtienen resultados contrarios a los que se proclaman, tal como ha sido demostrado no en libros ni teorías, sino en la experiencia histórica.

Las pocas críticas a la “gran utopía” que he mencionado muestran el carácter errado de su esquema analítico, y el hecho de que es experta en propiciar la división y el odio. El asunto adquiere tonalidades demenciales cuando se afirma que al “enemigo de clase”, al “reaccionario”, al “conservador”, al “explotador”, se le asesina porque se le ama. Marx resume la naturaleza violenta de la “gran utopía” cuando en el invierno de 1846-1847 proclama: “Luchar o morir, la lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable” (Vean el último párrafo del libro de Marx Miseria de la filosofía ).

De la esperanza y el terror. Este canto al odio no es exclusivo de la “gran utopía”; existen otras “grandes utopías” que entonan la misma canción, tal como se observa en los fanatismos religiosos, el neofascismo, el neonazismo, el neocomunismo y el economicismo que insiste en el carácter autoregulado de los mercados.

También existen, dicho sea en favor de la esperanza, otras utopías – la libertad total, la no violencia, la fraternidad, la autogestión de la propia vida– que no prometen paraísos pero promueven la felicidad, no en el futuro, sino ahora.

Las historias político-ideológicas de Trotsky y de su asesino, de Lenin y de Stalin, de Caridad Mercader y África de las Heras, de Silvia Ageloff y Natalia Sedova evidencian que al negar la fraternidad con un odio vigoroso la “gran utopía” se revela como expresión pura y simple del terror. Esto es lo que muestra El hombre que amaba a los perros .