Opinión

La crisis fiscalde los padres fundadores

Actualizado el 13 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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La crisis fiscalde los padres fundadores

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PRINCETON – Los estadounidenses tienden a usar tonos reverenciales cuando hablan de “la sabiduría de los padres fundadores”, es decir, los hombres que escribieron la Constitución de los Estados Unidos. Sin embargo, la forma en que la Cámara de Representantes ha logrado que el Gobierno cierre –al menos, sus servicios no esenciales– hace que los padres fundadores parezcan, más bien, torpes.

La razón fundamental de la crisis fiscal tiene que ver con la creencia de los padres fundadores en la doctrina de separación de poderes. Esta doctrina siempre ha sido polémica en términos filosóficos.

En sus disertaciones escritas durante la Guerra Civil inglesa, Thomas Hobbes se oponía a la separación de poderes, pues pensaba que solamente un Gobierno fuerte y centralmente unificado podría asegurar la paz. John Locke, por su parte, estaba más preocupado por reducir el poder monárquico y consideraba la separación de los poderes legislativo y ejecutivo como una forma de lograrlo.

Puesto que habían peleado contra lo que consideraban la tiranía de George III, los revolucionarios estadounidenses querían asegurarse de que una tiranía como esa no surgiera en la nueva nación que estaban creando. Con ese fin, incluyeron en su Constitución la doctrina de separación de poderes.

Como resultado, ni el presidente estadounidense ni los funcionarios del gabinete pueden ser miembros de la legislatura, y no pueden ser removidos de sus puestos por mayoría legislativa. Al mismo tiempo, la legislatura controla el presupuesto y la capacidad de endeudamiento del Gobierno. Es claro el potencial para llegar a un impasse .

Podríamos pensar que los padres fundadores merecen un reconocimiento por el hecho de que el Gobierno estadounidense nunca se ha descompuesto para llegar a una tiranía. No obstante, lo mismo se puede decir del Gobierno británico, a pesar de la ausencia de separación constitucional de poderes entre la legislatura y el Ejecutivo, pese a la falta de una Constitución escrita en general.

Tampoco las antiguas colonias británicas como Australia, Nueva Zelanda y Canadá se han convertido en tiranías. Sin embargo, a diferencia de los Estados Unidos, el primer ministro y los funcionarios del gabinete en todos estos países son miembros de la legislatura y los Gobiernos permanecen en el poder únicamente mientras mantengan la confianza de la mayoría de la Cámara Baja del Parlamento (o en Nueva Zelanda, de su única Cámara). Si la legislatura niega al Ejecutivo el dinero que necesita para gobernar, este último cae y uno nuevo lo sustituye, tal vez en calidad de interino mientras se realizan elecciones adelantadas.

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Ante la falla fundamental de la Constitución estadounidense, lo que parece improbable no es la crisis actual, sino el hecho de que esos puntos muertos entre el Legislativo y el Ejecutivo no hayan provocado caos más frecuentemente. Esto es muestra del sentido común de gran parte de los legisladores de dicho país y su voluntad de alcanzar un acuerdo, a fin de evitar daños serios al país que sirven –esto es hasta ahora–.

Las enmiendas constitucionales en los Estados Unidos deben ser ratificadas por tres cuartas partes de los estados, lo que significa que actualmente no hay perspectivas realistas de cambiar la Constitución lo suficiente para rectificar la falla que ha permitido esta crisis. No obstante, un factor distinto que contribuye a la naturaleza hiperpartidista de la política estadounidense actual podría cambiarse sin enmendar la Constitución. La mejor forma de comprender este problema es preguntarse por qué a los miembros del Partido Republicano que han votado en la Cámara de Representantes para obligar al Gobierno a cerrar no les preocupa que sus tácticas –que, indudablemente, dañarán a sus electores– provoquen una reacción electoral adversa.

La respuesta es que los distritos en los que se basan las elecciones de los miembros de la Cámara de Representantes se manipulan a un grado que los ciudadanos de la mayoría de las demás democracias considerarían escandaloso. Esto sucede porque la responsabilidad de trazar las fronteras de los distritos corresponde generalmente a las legislaturas estatales, donde el partido mayoritario tiene la libertad de hacerlo a su conveniencia. Actualmente, los republicanos controlan la mayoría de las legislaturas estatales, lo cual les permite obtener la mayoría de los escaños en la Cámara de Representantes, aunque no tengan el apoyo de la mayoría del público estadounidense. En las elecciones parlamentarias del 2012, los candidatos del Partido Demócrata recibieron 1,4% más votos que los republicanos a nivel nacional.

La manipulación de los distritos electorales de los Estados Unidos significa más que el solo hecho de que la Cámara de Representantes no sea representativa de la población en su conjunto; también significa que muchos de los miembros actuales no están en riesgo de perder sus lugares en una elección. El peligro real –especialmente, en el Partido Republicano– proviene en gran parte de quienes están más a la derecha que el representante actual. Ser considerado como moderado significa correr el riesgo de una derrota, no a manos de los electores en general, sino en los procesos de nominación del Partido Republicano, en los que la alta participación de los miembros más activos les da una influencia desproporcionada sobre los resultados.

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Podríamos imaginar que los miembros más sensatos de ambos partidos podrían llegar a un acuerdo, en el sentido de que lo mejor para los intereses de Estados Unidos sería establecer una comisión imparcial que trazara fronteras justas en todos los distritos electorales de la Cámara. No hay ninguna barrera constitucional que impida tal acuerdo. No obstante, en el actual clima de polarización política extrema de los Estados Unidos, lograrlo sería casi tan poco probable como una enmienda constitucional que impida que la Cámara de Representantes niegue al Gobierno los fondos que necesita para funcionar.

Peter Singer es profesor de Bioética de la Universidad de Princeton y profesor galardonado de la Universidad de Melbourne. Entre sus publicaciones están Animal Liberation, Practical Ethics, One World y The Life You Can Save. © Project Syndicate.

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