Opinión

La crisis de la democracia

Actualizado el 29 de junio de 2014 a las 12:00 am

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La crisis de la democracia

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En un ensayo reciente de la revista The Economist se aborda, de una manera muy interesante, la pregunta de por qué la democracia ha perdido impulso en el mundo desde la segunda parte del siglo XX.

Al 2013, el número de países considerados libres o parcialmente libres, de acuerdo con estándares de derechos políticos y libertades civiles definidos por el centro de estudios Freedom House, representaban cerca del 76% de las naciones. Un avance significativo desde 1972, fecha a partir de la cual se cuenta con estadísticas globales sobre libertad y democracia, y cuando uno de cada dos países en el mundo podía ser catalogado como libre o parcialmente libre.

Beneficios económicos. Los beneficios económicos de la democracia son contundentes. Los países gobernados bajo regímenes democráticos son, en promedio, más ricos o disfrutan de un ingreso per cápita mayor que aquellos que tienen regímenes autocráticos y libertades económicas restringidas. El producto interno bruto por habitante de los países que disfrutan de mayores libertades económicas es siete veces superior al de los países donde estos derechos se reprimen.

Si los beneficios que brinda el modelo occidental de libertades civiles y económicas en términos de un mayor bienestar colectivo son irrefutables, ¿por qué en los últimos años se observa un creciente escepticismo sobre las ventajas de la democracia?, ¿por qué los fenómenos de abstencionismo electoral y desafiliación política no son exclusivos de países con democracias incipientes o por consolidarse, sino que también son evidentes en Estados Unidos y la Unión Europea, consideradas democracias maduras?

Razones del desencanto. Las dos razones principales que argumenta el ensayo de la revista The Economist para este desencanto reciente son la crisis financiera del 2007-2008 y el surgimiento de China.

La crisis financiera puso de manifiesto las debilidades fundamentales de los modelos políticos occidentales. Estos modelos fueron incrementando durante décadas los términos de cobertura de necesidades y derechos de sus votantes ( entiitlements ). La crisis mostró con claridad la inviabilidad de la democracia financiada con expansión de deuda y grandes déficits fiscales. Asimismo, los daños de la crisis fueron tanto financieros como psicológicos: la gente se sintió desilusionada de sus sistemas políticos cuando el rescate de las instituciones financieras se hizo con recursos públicos.

De manera simultanea, el Partido Comunista Chino ha roto el monopolio del mundo democrático sobre el progreso económico. Larry Summers resalta que China ha doblado los estándares de vida de su país cada década, por los últimos 30 años, mientras los Estados Unidos, en las etapas de mayor crecimiento, solo lo lograba cada 30 años. La élite China afirma que su modelo político es más eficiente que la democracia y menos susceptible a la paralización. La rapidez para implementar reformas cuando se ejerce el monopolio del poder político contrasta con la lentitud paralizante imperante en muchos de los regímenes democráticos actuales.

Fracasos y éxitos. Por otra parte, el ensayo plantea varias formas de corregir los problemas actuales de la democracia. Afirma que un sistema robusto de pesos y contrapesos sobre el poder de los gobernantes elegidos es tan importante en una democracia como el derecho al voto. La razón por la cual las democracias nuevas han fracasado es porque se pone mucho énfasis en las elecciones y poco en los demás aspectos fundamentales de la democracia: limites a los poderes del Estado y garantías a los derechos individuales, tales como la libertad de expresión y de reunión. Agrega que las democracias nuevas que han sido exitosas evitan la tentación de la tiranía de las mayorías (majoritarianism), la noción de que ganar una elección da el derecho a la mayoría de hacer lo que quiera, y han puesto límites a los gobiernos y dado garantías para los derechos individuales.

Resalta, además, que la clave para una democracia saludable es un gobierno más pequeño y con más autocontrol. Gobiernos y electores deben reconocer los méritos de aceptar restricciones a la tendencia natural de los gobiernos de excederse en promesas que no pueden cumplir, creando derechos ( entitlements ) que no pueden pagar. Una senda sostenible del gasto y la deuda pública, que guarda correspondencia con el ciclo económico, contribuye a equilibrar el balance entre las exigencias que a corto plazo demandan los votantes y la necesidad de invertir para expandir la capacidad productiva del futuro.

Latinoamérica. Este tema es de particular interés para la región latinoamericana, donde muchas de las democracias son relativamente jóvenes, y en la que hemos vivido ciclos de grandes cambios en el papel y tamaño del Estado en aspectos sociales, económicos y políticos. En muchos de nuestros países parece haber un divorcio entre las necesidades de los habitantes y la capacidad de las democracias de proveer soluciones sostenibles. Esta separación puede ser terreno fértil para que grupos de interés se aprovechen para buscar beneficios particulares sobre el bien general, lo cual, a su vez, retroalimenta la decepción sobre el régimen democrático.

En conclusión, las claves para una democracia sostenible y con legitimidad parecen ser un Estado autosostenible, con un gobierno con pesos y contrapesos, en el cual sus promesas puedan cumplirse, con énfasis en el Estado de derecho, que evite que la democracia sea secuestrada por grupos de interés, y donde exista un balance entre el poder del Estado, las libertades individuales y la capacidad para proveer soluciones a las necesidades de sus habitantes.

Ana María Carrasquilla, presidenta ejecutiva del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR).

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