5 noviembre, 2015

Es innegable que entre los sectores más conscientes del país prima la convicción de que Costa Rica ha perdido su rumbo y enfrentamos una crisis de liderazgo.

El malestar generalizado no nos permite calmar nuestra creciente inquietud y recuperar la confianza, rota por las caprichosas y contradictorias decisiones de nuestros gobernantes.

La ocasión es propicia, sin embargo, para reflexionar sobre el tema y concluir que nuestro papel en un régimen democrático no puede limitarse a ir a votar el día de las elecciones por el “menos malo” de los candidatos, como ha sido nuestra práctica tradicional.

En el fondo de esta cómoda postura, yace la idea de que la democracia es un sistema que vive por sí mismo, sin necesidad del concurso de los ciudadanos conscientes, cuando en realidad su supervivencia requiere de nuestro esfuerzo, en una lucha de todos los días.

Solo así se entiende a cabalidad el aforismo de John Curran, político inglés del siglo XVIII, quien declaraba con frecuencia: “El precio de la libertad es vigilancia eterna”.

Los griegos y los romanos, pueblos donde nació el concepto de la democracia, resguardaban el sistema con gran severidad: entre los primeros se castigaba con pena de muerte el doble sufragio, la corrupción del elector, la apertura ilegal de las urnas selladas y la alteración del escrutinio; y los romanos condenaban a la pena capital la compra de votos.

En este momento en que celebramos los 194 años de nuestra vida independiente, resulta oportuno recordar la enumeración de los elementos que, según Ernesto Renán, deben concurrir para que un pueblo se considere una nación y que los alumnos del colegio, hace más de 70 años, estábamos obligados a memorizar en las clases de Educación Cívica:

“Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente, haber hecho juntos grandes cosas, querer hacer otras más; he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo (…). En el pasado una herencia de glorias y remordimientos; en el porvenir, un mismo programa que realizar (…). La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”.

El autor es abogado.