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La crisis de la cooperación

Actualizado el 19 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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La crisis de la cooperación

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PARÍS – El ascenso de las economías emergentes en todo el mundo ha generado mucho optimismo, no solo en términos de desarrollo económico, sino también de cooperación global. Sin embargo, el avance hacia un orden mundial multipolar no ha reforzado el multilateralismo. Todo lo contrario, la lógica de la soberanía nacional ha recuperado protagonismo: las principales economías socavan sistemáticamente la cooperación en temas que van desde la seguridad para el comercio hasta el cambio climático.

Un buen ejemplo es el confuso espectáculo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la guerra civil en Siria. Hace apenas dos años, el Consejo aprobó una resolución autorizando la intervención militar en Libia, la primera en poner en práctica el principio de la “responsabilidad de proteger” (R2P), que la Asamblea General aprobó por unanimidad en el 2005.

Pero las potencias emergentes pronto se convencieron de que Occidente había usado la protección de la población civil de Libia como un pretexto para causar un cambio de régimen (aunque, siendo realistas, hubiera sido imposible proteger a la población sin derrocar el gobierno de Muammar Gaddafi). Ahora, la mayoría de estos países rechazan el R2P, viéndolo como una treta de los Gobiernos occidentales para legitimar sus intentos de atentar contra la soberanía nacional.

Brasil ha tratado de abordar el problema mediante un cambio que desvincularía el uso de la fuerza del mandato del R2P, eliminando así la posibilidad de que la doctrina se pueda aplicar. Por su parte, Rusia y China han bloqueado tres resoluciones de condena al régimen sirio, y Rusia se ha esforzado claramente y con evidente éxito por descarrilar cualquier intervención militar en Siria. En este sentido, Rusia y China hoy ejercen un control de facto sobre la legalidad internacional formal del uso de la fuerza.

Sin duda, muchos países ahora creen que Occidente está yendo demasiado lejos en su cuestionamiento de la soberanía del Estado, e incluso países europeos como Alemania retroceden ante la perspectiva de una confrontación militar. Por ejemplo, en la cumbre del G-20, de principios de septiembre, el presidente estadounidense Barack Obama se esforzó por convencer a diez Estados de que firmaran una declaración sobre Siria, que ni siquiera menciona el uso de la fuerza. Solo EE. UU., el Reino Unido y Francia siguen dispuestos a usarla, si fuese necesario.

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Sin embargo, es un error ver la intervención en Siria dentro del paradigma del mesianismo occidental. Después de todo, tanto en Siria como en Libia, las fuerzas que desafían al Gobierno no son frutos de la manipulación occidental. Son propias del país y están pidiendo ayuda a Occidente. Puede que la base jurídica para la intervención militar sea débil, pero tampoco Siria es Irak.

La seguridad no es la única área en la que los problemas de soberanía han superado al multilateralismo. En el 2008, EE. UU. abandonó su compromiso con las negociaciones comerciales globales de la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio. Si bien la decisión se produjo tras una discusión técnica con la India, lo que la motivó en gran parte fue la creencia de que cualquier acuerdo beneficiaría a China más que a EE. UU.

Puesto que la Ronda de Doha no ha logrado dar respuesta a los principales problemas que EE. UU. y Europa han encontrado en sus relaciones comerciales con China (el incumplimiento de las normas de propiedad intelectual, los subsidios a las empresas de propiedad estatal, el cierre de los mercados de aprovisionamiento del Estado y la existencia de límites en el acceso al mercado de servicios), ambos están poniendo énfasis en negociar acuerdos comerciales bilaterales. Pero, si bien el mundo puede fingir que la cooperación bilateral va a revitalizar el multilateralismo, nadie debe dejarse engañar. La OMC va a sobrevivir, pero su posición central en el sistema de comercio está disminuyendo rápidamente.

Incluso, la cooperación en materia de cambio climático se está desmoronando, ya que EE. UU. y China rechazan el enfoque multilateral, de arriba hacia abajo, para la formulación de políticas. Esto implica el fin del modelo del Protocolo de Kyoto, que, al igual que el modelo de Doha, se basa en una detallada serie de temas que apuntan a objetivos específicos y ambiciosos, tras lo cual todos los actores relevantes deben negociar punto por punto.

En lugar de estar sujetos a una norma acordada a nivel internacional, EE. UU. y China quieren que la lucha contra el cambio climático comience con compromisos individuales de cada país. Pero este nuevo marco con un enfoque “de abajo hacia arriba”, en que los Estados determinan las condiciones para un acuerdo multilateral, carece de autoridad para establecer normas.

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El multilateralismo requiere un consenso mínimo sobre reglas y normas globales entre las principales potencias. Cuanto mayor sea el número de países que tienen el poder de bloquear o vetar las iniciativas internacionales, más difícil se vuelve el multilateralismo y los países dominantes se ven menos motivados a cooperar. En el mundo multipolar emergente, caracterizado por problemas de soberanía y la competencia estratégica, será más difícil que nunca dar pasos hacia la resolución de los problemas mundiales, con consecuencias potencialmente devastadoras.

Zaki Laïdi es profesor de Relaciones Internacionales en L’Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po) y autor de Limited Achievements: Obama’s Foreign Policy (Logros limitados: la política exterior de Obama). © Project Syndicate.

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