Opinión

El cosmos según Carl Sagan

Actualizado el 29 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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A medida que el tiempo pasa (¡y vaya que transcurre con rapidez!) me he dado cuenta de que las personas más inteligentes que he conocido en mi vida han sido las más auténticas y humildes, sin poses ni aspavientos a su alrededor. Parecen no darse cuenta del don que tienen para mejorar el mundo y eso, en sí mismo, es algo muy valioso.

Aunque no conocí en persona a Carl Sagan, sí lo hice (como muchos niños y adolescentes de entonces) a través de su programa de divulgación científica “Cosmos”, que se emitió por televisión de 1977 a 1980. Pude percibir la grandeza de su genio y la tranquila disposición de su carisma.

Carl Sagan nació el 9 de noviembre de 1934, en Brooklyn. Su padre, Samuel, era un emigrante ucraniano. Su madre, Rachel Gruber, neoyorquina de padres austro-húngaros, ejerció una profunda influencia en él, a tal punto que su primera esposa, la bióloga Lynn Margulis, afirmó: “no hay forma de entender a Carl sin entenderla a ella” .

Ambos pertenecían a una rama moderada del judaísmo. Alumno brillante, a los 20 años se graduó con honores en Artes; con 21 años obtuvo su licenciatura en Ciencias; y a los 22 años era máster en Física pura. Posteriormente, se doctoró en astronomía y astrofísica en la Universidad de Chicago, con apenas 26 años.

Astronáutica. Si bien comenzó a impartir lecciones en la Universidad de Harvard, Carl Sagan colaboró con el científico soviético Iósif Shklovski (1916-1985), para cuestionar científicamente la búsqueda de vida extraterrestre. Estos debates se publicaron en el libro “Ovnis: Un debate centífico”. La conservadora Universidad de Harvard no aprobó estas actividades y no le renovaron su contrato como docente.

Trabajaba parcialmente en la NASA, y participaba activamente en el proyecto Mariner 4, primera sonda que llegó a Marte, en junio de 1965. Se integró a la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York y se convirtió en el director del Laboratorio de Ciencias Espaciales de esa casa de estudios puesto que, junto con sus clases en esa universidad, ocupó por el resto de su vida. En ese centro realizó numerosos experimentos acerca del origen de la vida y confirmó que las moléculas orgánicas bases de la existencia pueden reproducirse bajo condiciones controladas en el laboratorio.

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Además, fue figura clave en el proyecto Apolo 11, en 1969 y en la misión Mariner 9 a Marte, la cual estaba diseñada para orbitar el planeta y de las cuales se dedujo que alguna vez pudo albergar vida. Igualmente, formó parte de los proyectos Pionneer y Voyager, sondas que, después de explorar los planetas más alejados del sistema solar, debían viajar indefinidamente por el universo.

En cada una de estas naves, Sagan incluyó un disco de oro con información acerca de la vida en la tierra, fotos, sonidos, saludos en distintas lenguas y las ondas cerebrales de una mujer de la tierra (Ann Druyan, quien llegaría a ser su tercera esposa). También, fue por la insistencia de Sagan que las Voyager fotografiaron la Tierra desde los confines del Sistema Solar (de ahí la expresión que la Tierra es apenas “un pálido punto azul...”).

Fue cofundador y presidente de la Sociedad Planetaria, la mayor organización con intereses espaciales en el mundo. Criticó a las grandes potencias por producir armamento nuclear y luchó por la erradicación de los CFC (clorofluorocarburos que afectan la capa de ozono de la atmósfera).

Uno de sus primeros libros, Los dragones del Edén , publicado en 1978, fue galardonado con un premio Pulitzer. En su obra El mundo y sus demonios , critica duramente la existencia de los fenómenos paranormales, lo mismo que a las religiones organizadas.

Polvo de estrellas. Después de Cosmos, Sagan dedicó mucho tiempo a escribir su novela Contacto, en la cual buscó asesoría de colegas científicos pues quiso que fuera un libro de ficción en donde todos y cada uno de los aspectos propuestos fueran teóricamente posibles. Incluso, se hizo una película del mismo nombre, estrenada un año después de su muerte, protagonizada por Jodie Foster y Mathew McConaughey (reciente ganador del premio Óscar a mejor actor principal por Dallas Buyer´s Club).

Fue un científico de mente abierta, fascinado por las estrellas, y el misterio de la vida en todas sus formas. Lideró proyectos como el SETI (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Fiel heredero de pensadores como Giordano Bruno quien, al igual que Copérnico, rechazaba la idea de que la Tierra fuera el centro del universo. No solo eso: llegó a sostener que vivíamos en un universo infinito repleto de mundos donde seres semejantes a nosotros podrían rendir culto a su propio Dios (a la postre, esta teoría le costó la vida a Bruno, cortesía de la Inquisición).

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Por su parte Carl Sagan, no era propiamente un creyente, pero al igual que Bruno, se rindió a la finitud, y tras un diagnóstico de una enfermedad llamada mielodisplasia, comenzó una agonizante y fatal etapa en su vida. Fue sometido en tres ocasiones a transplantes de médula ósea y quimioterapia, la última de ellas en 1995. En la madrugada del 20 de diciembre de 1996, murió, a los 62 años, en Seattle, a causa de una neumonía.

Recientemente, el astrofísico Neil de Grasse Tyson, quien conoció a Sagan siendo muy joven, y en sus propias palabras ha sido su inspiración, retoma la saga de Cosmos en una nueva entrega de 13 capítulos que se está transmitiendo actualmente por canales de cable. Todo un acierto y homenaje para uno de los mayores divulgadores científicos de la historia. Como alguna vez dijo el propio Carl Sagan: “No olvidemos que somos polvo de estrellas y recordemos, además, que en la ciencia la única verdad sagrada es que no hay verdades sagradas”.

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