10 enero, 2015

Los atentados suicidas perpetrados por los talibanes paquistaníes contra una escuela en Peshawar a mediados de diciembre, precedidos por otras acciones terroristas como el ataque al aeropuerto de Karachi en junio de este año, muestran una vez más las terribles consecuencias que a largo plazo acarrean las alianzas de los gobiernos con los fundamentalismos.

Los talibanes paquistaníes (Tehrik-i-Taliban Pakistan, TTP) son una organización sombrilla que agrupa a unas 30 facciones militantes suníes. Sus objetivos son una implementación estricta de la Sharia , o Ley Islámica, el fin de los ataques con drones por parte de los Estados Unidos y el retiro de las tropas gubernamentales de las áreas tribales del noroeste del país. Los procesos de negociación que este grupo sostenía con el gobierno fracasaron a principios de año, y en junio el ejército emprendió una ofensiva militar en Waziristan del Norte, territorio que constituye uno de los principales bastiones de los talibanes.

Pese a no tener apoyo político significativo dentro del país, los talibanes cuentan con los medios para constituirse en el principal desafío interno para el gobierno paquistaní. Es un hecho irónico, pues fue precisamente el Gobierno de ese país el que hace 35 años propició una alianza con el fundamentalismo suní, que constituye el sustrato doctrinal básico de los talibanes. En el marco de la invasión soviética al vecino Afganistán y con recursos económicos provenientes de Arabia Saudí, el entonces presidente General Zia-ul-Haq inició un proceso de “reislamización” del país, que implicó la implementación de la Sharia (incluidos los castigos corporales), la construcción de nuevas madrasas o escuelas religiosas de orientación radical, y la incorporación a la administración pública y a los servicios secretos de decenas de militantes fundamentalistas. En el plano regional, Zia apoyó a los mujaidines afganos en su lucha contra los soviéticos.

La alianza con el fundamentalismo islámico fue ratificada a partir de 1994, cuando Pakistán –a través de sus servicios de inteligencia– decidió apoyar al régimen establecido por los talibanes afganos. Aunque negado por las autoridades gubernamentales, el soporte a grupos fundamentalistas ha sido ampliamente documentado. Pakistán no solo ha apoyado a los talibanes afganos, sino también a grupos yihadistas como al-Qaeda, Lashkar-e-Taiba, Jundallah y la Red Haqqani, que constituye la facción más extremista de los talibanes afganos. Todos estos grupos radicales abrevan de las enseñanzas políticas y religiosas del fundamentalismo deobandi o el wahabbismo.

Guerra contra el Estado. Ya fuera para contener la influencia iraní en Asia Central, frenar la amenaza soviética en Afganistán o debilitar u hostilizar a la India, los militares y los servicios de inteligencia paquistaníes han utilizado a estos grupos extremistas como activos en sus cálculos geopolíticos. Sin embargo, como un monstruo al que se da vida y luego se vuelve contra su creador, la alianza con el fundamentalismo ha resultado ser altamente contraproducente, convirtiéndose en una grave amenaza para el país. Tras la derrota soviética en Afganistán, veteranos de guerra yihadistas retornaron al país, empezaron a aterrorizar a los musulmanes chiitas y después del 11 de setiembre de 2001 declararon la guerra al Estado, dando inicio a un conflicto que desde ese año ha cobrado 60.000 vidas.

Aunque la violencia sectaria –especialmente asociada al ataque a las minorías chiitas, sufis o cristianas– no es nueva, la brutalidad de los atentados de Peshawar señala una radicalización en los métodos de los talibanes, inquietantemente similares a los utilizados por otros grupos terroristas como Boko Haram, el Frente al-Nusra o el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL). Al igual que estas organizaciones, los talibanes consideran que la mayoría de los musulmanes locales son en realidad “apóstatas”.

Al respecto, es interesante el hecho de que al-Qaeda en el Subcontinente Indio, rama regional de la organización fundada por Osama Bin Laden, condenó los atentados de Peshawar. Una reacción que se explica –en parte– por el apoyo expresado por los talibanes el pasado mes de octubre al EIIL, que disputa con al-Qaeda el liderazgo global del yihadismo.

Pese a contar con el sexto ejército más grande del mundo, la derrota de los talibanes no es una tarea sencilla. Las ofensivas militares del Gobierno han logrado debilitarlos, pero el control efectivo de zonas como Waziristan sigue siendo complicado. Hacer frente a la violencia talibán recurriendo estrictamente a respuestas militares supone una estrategia limitada. La amenaza debe ser también confrontada en el campo de las ideas y en los espacios culturales y religiosos. Según el Pew Research Center, la gran mayoría de los pakistaníes rechaza el extremismo: tres cuartas partes dicen que los no musulmanes son libres de practicar su religión, 83% considera que los atentados suicidas contra inocentes nunca pueden ser justificados, 86% dice que la educación es igualmente importante tanto para los niños como las niñas y solo un 8% tiene una opinión positiva de los talibanes. Estos datos, así como las multitudinarias protestas contra el terrorismo que se han llevado a cabo en el país son alentadores.

Sin embargo, hacer frente a los talibanes demanda una voluntad política clara: Pakistán no puede seguir usando a los grupos fundamentalistas como piezas de ajedrez en la geopolítica regional. De lo contrario, el país se verá obligado a seguir cosechando las tempestades de la violencia y la intolerancia.

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