Opinión

Las cosas del querer

Actualizado el 17 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Dice una copla española del siglo XX que el color y la estatura no tienen “na” que ver con las cosas del querer. Es probable que esa sea la explicación para muchas parejas que pueden parecer improbables, o bien la respuesta para el clásico enigma de la mujer bella y el feo, viceversa y al revés.

Lo anterior se aplica cuando se trata de afectos verdaderos, no contaminados por billeteras, carteras u otros sucedáneos, ya que el interés es poderoso y logra que muchas formas de convivencia social se institucionalicen a veces como poco menos que una prostitución estable y disfrazada, en la cual no hay afecto real, solo cordialidad, buenas maneras y, para efectos de exportación, el retrato de una buena familia.

Belleza y amor. No cabe duda de que la belleza –como consideración individual– es una experiencia subjetiva. Ya lo dijo atinadamente el filósofo escocés David Hume: la belleza está en el ojo del observador. Por eso, aun cuando la moda global y los medios de comunicación impulsen un ideal estético en un tiempo determinado, en los asuntos de cama cada cual es impulsado por un deseo particular y único. El desprecio de alguien puede constituir el tesoro de otra persona. En el amor no hay desperdicio, sino un reciclaje constante. Recordemos para estos efectos el importante papel que las feromonas, la oxitocina y la dopamina, entre otros, desempeñan en el cortejo e intercambio amoroso, así como en la formación del apego entre los seres humanos. Para Augusto Comte, el amor es una suerte de cemento social.

Base científica. Hay una base científica demostrada que explica la expresión “el amor es ciego”. No hace mucho tiempo, en un estudio de la Universidad de Londres, se analizaron imágenes de cerebros con personas enamoradas. Ante la presencia del ser amado, se activaron determinadas zonas del cerebro, entre ellas el córtex anterior cingulado, produciendo sensaciones de euforia, pero lo sorprendente fue que las áreas encargadas de realizar juicios sociales y, por lo tanto, de valorar al prójimo, se inactivaron. Ello implica una clase de “ceguera” ante la persona amada, o, al menos, que se baja la guardia.

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Por eso, no sorprende que los enamorados no sean capaces de poner realmente atención y actuar en consecuencia, con respecto a las cosas negativas que observan o se les dicen sobre quienes aman. No sé si esto es un consuelo, pero no es ninguna tontería: el amor afecta la capacidad de juicio y, por eso, podemos equivocarnos de una manera tan grande.

Las fases de infatuación y enamoramiento implican un proceso bioquímico considerable que el cuerpo humano no está en condiciones de resistir por siempre. De ahí que, en un período de dos a cinco años, ese período inicial disminuye y cesa. A partir de ello, se empieza a percibir una imagen menos idealizada de la otra persona.

Sin reglas. En otras palabras, desaparece la niebla hormonal y nos vemos cada vez más como realmente somos, las mariposas en el estómago migran hacia otra parte y la realidad impone su dominio inevitable. La búsqueda de esas sensaciones placenteras puede causar adicción y, por ese motivo, hay quienes viven solo para esa primera etapa y, cuando la “magia” desaparece, simplemente cambian de relación y pareja. No existen reglas en el amor y las firmes promesas de ayer pueden convertirse en algo más ligero que el viento.

Como otros mamiferos superiores, el homo sapiens puede también tener sexo recreacional, pero ese no es el tema de este artículo. Nos referimos a algo parecido al amor romántico, objeto de control social formal e informal por sus implicaciones societarias. De alguna manera, tenemos la capacidad de percibir si lo que se siente es real o no. Tampoco es necesario que sea permanente, basta con que sea auténtico.

El sociólogo alemán Nikklas Luhmann dice que el amor tiene una dimensión más allá de la experiencia subjetiva, pues lo amoroso constituye un horizonte de sentido. Cuando se trasciende lo puramente físico y químico, el amor es un milagro: hay quienes realmente consiguen estar juntos hasta que la muerte los separa. En todo caso, como canta un trovador entrado en años, es mejor amar y después perder que nunca haber querido. Pero nadie puede negar que duelen mucho las cosas del querer.

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