11 octubre, 2014

En el Mundial 2006, el bus de la Selección Francesa llevaba escrito el lema: “ Liberté, Égalité, Jules Rimet ”. La lucha por los derechos civiles, la gran proclama de la Revolución francesa, devenida divisa futbolística. La implosión exorbitada, patológica, de valores guerreros y deportivos.

La Revolución francesa acabó con cuanto en el mundo quedaba del feudalismo medieval, y abrió las puertas de la modernidad, con la toma del poder por la clase burguesa. Fin de la autoridad absoluta de “Su muy Cristiana Majestad, el Rey Luis XVI, por Voluntad Divina”. Uno de los episodios más sangrientos de la saga humana.

Miles de personas salieron del Palais Royal, reclutaron a lo largo de los muelles del Sena un ejército de mendigos, y saquearon comercios de armas. Cientos de cañones y fusiles se enrumbaron hacia La Bastilla, infierno en el que habían muerto 60.000 presos políticos. La multitud la sitió y conquistó. Decapitó a sablazos a varios oficiales, y procedió a arrastrar sus desollados despojos por todo París. Lo que siguió fue una auténtica saturnal, una orgía de sangre. En las plazas se congregaban grupos que bailaban, exultantes, en torno a cabezas cercenadas, entrañas desperdigadas, vísceras aún palpitantes. En los arcos del Hôtel de Ville se “oficiaron” actos de canibalismo: los insurgentes devoraban los miembros humanos que colgaban de los estandartes revolucionarios. El arcaico mundo de los reyes (diezmos, derechos de caza, tribunales señoriales, imposiciones tributarias, señorío de la tierra, nepotismo, ejercicio crudelísimo de la Policía y de la “justicia”) tocaba a su fin. Advino luego la “época del terror”, con la guillotina como protagonista: una cuchilla de 60 kilos cae desde 2 metros sobre la cuarta vértebra cervical, separando illico el tronco de la cabeza.

Aberración social. ¿Son los inenarrables dolores de parto de la historia, pujando por dar a luz una nueva era, con su mazorca de víctimas y mártires, conmensurables con un campeonato de fútbol? ¿No estamos en presencia de una aberración social? ¿Una pérdida absoluta de la perspectiva, solo concebible como producto de la ignorancia y el poder enajenante de los grandes circos mediáticos, condicionados a su vez por intereses estrictamente económicos? Nadie en el mundo ama más el fútbol que yo, pero hay fibras de mi ser que no pueden ser pungidas sin estremecerme. Porque el pretium doloris que generaron no podría ser saldado con cien campeonatos mundiales.

“Respeto”: ¿existirá aún la palabra en los diccionarios hoy en día vigentes? ¿Estaré sirviéndome de un anacronismo lingüístico, remanente de un mundo difunto, sepulto bajo la inapelable lápida del cinismo? ¿“ Liberté, Égalité, Jules Rimet ”, en el país que se proclamó faro ético del mundo, y donde, el 10 de diciembre de 1948, se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Si la FIFA fuese otra cosa que la autocrática, despótica –y, sin duda, no ilustrada–instancia de poder que es, debería haber descalificado a la Selección Francesa por la parodia axiológica que exhibieron en esa justa ante los ojos de un mundo perfectamente impasible.

Cuando Francia ganó el Mundial 1998, los Campos Elíseos –avenida de 2 kilómetros por 100 metros de ancho– fueron tomados por una turbamulta extática, embriagada de triunfo… Y de guaro. Sobre los pilares del Arco de Triunfo se proyectaron monumentales imágenes de la nueva deidad pagana: Zidane. Un borracho orinó –apagándola– en la llama perpetua de la tumba “al soldado desconocido”, homenaje a los hombres muertos en la Primera Guerra Mundial, esos cuyos nombres se ignoran, los que no tuvieron derecho siquiera a una piedra sepulcral. ¿Los otros, los generalotes inmortalizados en monumentos ecuestres y en los nombres de estaciones del metro? ¡Esos no son héroes, son vedettes de pasarela, “próceres de la patria”!

Verdaderos mártires. Todo el mundo sabe quién es Maradona. El hombre que, en el Mundial 1986, se bailó a seis ingleses y suturó el trauma histórico de la Guerra de las Malvinas. Pero resulta que, en ese Armagedón, murieron 650 argentinos. ¿Pueden ustedes mencionarme el nombre de uno solo de ellos? Los anónimos, los olvidados, los verdaderos mártires. Los que jamás ganaron campeonatos mundiales, los que no aparecen en las portadas de revistas deportivas abrazados a apoteosis de la silicona y el colágeno, aquellos a los que no se les erigen tótems ni son objeto de culto religioso (la “Moderna Iglesia Maradoniana”).

Después de la final del Mundial 1998, millones de personas celebraron, delirantes, los dos testarazos de Zidane contra Brasil. Mucha gente se sintió ofendida: la liberación de París de la ocupación nazi, el 16 de agosto de 1944, no convocó a tanta gente. He estado en el interior de casas cuyos propietarios han conservado, como un memento mori , los agujeros de las balas perdidas incrustadas en las paredes, los armarios, las camas. “¿Por qué no los repellan?”, pregunté alguna vez ingenuamente. “Jamás. Las cosas también cuentan una historia, muda pero elocuente. No las vamos a silenciar”.

Soy hijo de un país pacífico. ¿Ametralladoras, tanques de guerra? Solo los había visto en películas de John Wayne. La respuesta me marcó para siempre. Las cosas cuentan su historia, sí. Un agujero de bala en una pared vale por mil palabras.

Nadie organizaría un carnaval sobre los Lager de Auschwitz, con ventas callejeras, comparsas, batucadas, bingos, payasos, confetis, karaoke y fuegos de artificio. ¿Quieren bailar? ¡Magnífico, pero siquiera no lo hagan sobre las tumbas!

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