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Las contradicciones del capitalismo comunista de China

Actualizado el 25 de julio de 2015 a las 12:00 am

“Resulta muy difícil competir cuando juegas contra el árbitro”, afirmó un banquero chino

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BERKELEY – El reciente desplome vertiginoso de las bolsas de valores de Shanghái y Shenzhen ha sido una prueba excepcional para los gobernantes comunistas de China. Mientras los mercados subían, la paradoja del vigoroso desarrollo capitalista supervisado por el mayor y más potente partido comunista del mundo solo desconcertaba al mundo académico y a los marxistas de la vieja escuela.

Mientras la minoría dominante del Partido Comunista (PCC) y sus familiares, las entidades financieras extranjeras y algunos pequeños inversores chinos (gracias al crédito marginal) ganaban dinero con las acciones, nadie se molestaba en entender el ser mutante que estaban ordeñando.

Pero ahora, al comprenderse que los precios de los valores chinos no seguirán subiendo indefinidamente, el PCC está adoptando medidas desesperadas, pero torpes, para controlar la corrección. Ahora se han parado todas las ofertas públicas iniciales y se han restringido muchas transacciones; se ha pedido al Banco Central que ayude a la Corporación Financiera de Valores de China a inducir a los inversores para que compren acciones y con ello estabilizar el mercado. De hecho, incluso los fondos soberanos del país se han puesto a hacerlo.

Pero, a diferencia de lo que ocurre en otras economías capitalistas, el dinero no es el único instrumento a disposición de las autoridades. Si tus agentes de bolsa en China te aconsejan que vendas acciones, deben procurar no parecer creadores de rumores, sujetos al castigo oficial. Y se tienen noticias de que las ventas de grandes sociedades de cartera pueden desencadenar investigaciones de las autoridades. El de causar desorden público o inestabilidad financiera puede ser un delito grave en China, donde abundan las teorías conspirativas sobre los intentos por parte de extranjeros de socavar la economía.

Lo que los funcionarios chinos desean es una bolsa de valores capitalista sin la posibilidad de grandes pérdidas que pueden perturbar la confianza en la credibilidad y el control del PCC, pero esa es una clase de mercado que nadie ha inventado aún.

El espectáculo de un régimen comunista intentando hacer subir un mercado capitalista parecido a un casino es tan solo una de las numerosas contradicciones que se han ido acumulando en casi todos los rincones de la economía y la política de China. Y ahora su peso está llegando a ser tal vez demasiado para que la jerarquía del partido pueda cargar con él.

De hecho, la composición del PCC es, a su vez, una contradicción. El partido revolucionario de los campesinos y los trabajadores está dominado ahora por hombres de negocios, estudiantes universitarios y profesionales. Una tercera parte de las personas que figuran en el Hurun Report, de Shanghái, que confecciona la lista de las personas más ricas de China, son miembros del partido.

La riqueza media de los 70 miembros más ricos del Congreso Nacional del Pueblo, el Parlamento de China, supera con creces los mil millones de dólares. (Los 70 diputados al Parlamento de la India más ricos o incluso del Congreso de los EE. UU., ahora controlados los dos por partidos políticos de derecha, son mucho menos adinerados).

Naturalmente, la reciente ofensiva del presidente Xi Jinping contra la corrupción de las altas esferas y de la base ha puesto muy nerviosos a muchos plutócratas del Partido Comunista, pero abundan quienes se preguntan si las acusaciones de corrupción lanzadas contra los llamados “tigres” no serán una hoja de parra para tapar una purga, al estilo antiguo, de los rivales de Xi en el partido y en el Ejército.

Los chinos comunes y corrientes apoyan en general la ofensiva contra la corrupción; suelen ser ellos quienes inician las protestas y señalan a los funcionarios carentes de probidad, pero, si semejantes protestas atraen demasiado la atención, lo más probable es que sean acalladas y se reprima a sus dirigentes, en lugar de que se detenga la corrupción.

En el 2008, por ejemplo, a raíz del terremoto de Sichuan, miles de niños murieron cuando sus escuelas, deficientemente construidas, se desplomaron.

Durante un tiempo, se habló con frecuencia de la corrupción en la construcción de las escuelas, incluso en los noticiarios oficiales. Sin embargo, al final los padres y los maestros de los niños muertos fueron los detenidos y hostigados por el Estado.

Lo que el PCC se niega a reconocer es que, mientras el partido conserve el monopolio del poder político, no se podrá desarraigar la corrupción; al no haber una oposición organizada ni instituciones de la sociedad civil, los funcionarios seguirán utilizando sus cargos de autoridad pública como medio para hacerse ricos. El Tercer Pleno del Décimo Octavo Congreso del Partido concedió primacía al principio de la competencia en el mercado, pero, como comentó un banquero chino de alto nivel en circunstancias parecidas: “Resulta muy difícil competir cuando juegas contra el árbitro”.

Hay que hacer extensiva esa observación al Estado de derecho y al constitucionalismo. Durante el mandato de Xi, el PCC ha insistido repetidas veces en que el Estado de derecho es un “valor socialista básico” y ha prometido fomentar la autoridad de la Constitución. Sin embargo, el Estado de derecho, a juicio del partido, es una legislación que él dicta, interpreta y obliga a cumplir.

Las referencias de los ciudadanos chinos a la Constitución (en particular, al artículo 35, que garantiza la libertad de expresión, prensa, reunión y asociación) y al constitucionalismo en general son censurados de forma habitual y con frecuencia se detiene a los abogados que citan la Constitución en los tribunales.

En un ensayo de 1937, Mao expuso su famosa tesis: “La de la contradicción en las cosas, es decir, de la unidad de los opuestos, es la ley fundamental de la naturaleza y de la sociedad”. Sin embargo, nos preguntamos si incluso él habría comprendido y, menos aún, gestionado las contradicciones del capitalismo comunista.

Pranab Bardhan es profesor en la Universidad de California en Berkeley. Sus libros más recientes son Globalization, Democracy and Corruption: An Indian Perspective (“Mundialización, democracia y corrupción. Una perspectiva india”) y Awakening Giants, Feet of Clay: Assessing the Economic Rise of China and India (“Gigantes que despiertan, pero con pies de barro. Evaluación del ascenso económico de China y la India”). © Project Syndicate 1995–2015

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