El hambre nos mata rápido. El alma, en cambio, agoniza durante décadas

Por: Jacques Sagot 17 julio

Ford, Rockefeller, Hugues, Onassis, Trump… no es posible acumular tales fortunas sin haber hecho infelices a miles de seres humanos, sin haberlos deslomado, explotado, usado. Indecente, inmoral, pestilente. Mi sanción no es legal –no podría serlo–; es ética.

Repito: bajo ninguna circunstancia es posible amasar tan obscenas cantidades de dinero sin pasar por encima de muchísima gente. Consolidaron su capital sobre la miseria y la privación de hombres instrumentalizados, convertidos en tornillos de un enorme engranaje productivo, vejados en su dignidad y en su integridad. Sí, miles de personas transformadas en meras generadoras de plustrabajo y plusvalor (Marx).

Construir íntegramente la propia felicidad sobre el dolor de los demás: tal es la definición misma de la maldad. Y, luego, se desculpabilizan con alguna “filantrópica” escupa de su espesa saliva de fagocitos.

Ya no hablemos de lo que su “munificencia” les aporta en términos de imagen, publicidad, beneficios fiscales. Donar lo que a uno le sobra no es generosidad: es autopromoción, autofanfarria. “Que cuando des a los necesitados no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha”. Pero aquí el asunto es que se entere el cuerpo entero.

Lo mismo pienso de las teletones y de todos los actos de ese jaez, dictados por el remordimiento más que por la voluntad sincera de cambiar un sistema podrido. Las “celebridades” que se deshacen del dinero que ya no tienen dónde meter, lo invierten en causas suficientemente visibles, y por eso son beatificadas.

Asunto para analizar. Es el principio operativo mismo sobre el que reposa la generación de riqueza en el sistema capitalista, el que conviene examinar. ¿No es la premisa que sustenta el capitalismo, inherentemente inmoral? ¿Indecente, antiética, como lo es todo engranaje que instrumentaliza al ser humano, todo lo que viola el imperativo categórico de Kant (“obra de tal modo que concibas la humanidad siempre como un fin, y nunca como un medio” y “actúa de manera tal que el principio que sustenta tus actos pueda ser erigido en ley universal”)?

Los hay que consideran que todo, en el capitalismo, responde a la naturaleza humana: que es el único sistema que nos representa tales cuales somos, nuestro “disco duro” antropológico: territoriales, hegemonistas, acumuladores, expansionistas, egoístas, codiciosos, dotados de un sentir “natural” de la propiedad privada. ¡Nada podría ser más falso!

Es, de hecho, una de las más groseras falacias que se han esgrimido para defender el capitalismo: la llamada “falacia naturalista”: todo lo que hace la naturaleza es bueno, y el ser humano debe construir la sociedad y modelar su conducta sub especie naturae.

Padecemos, es cierto, de todos los vicios que mencioné, pero no porque tal sea nuestra “naturaleza”. Es una construcción cultural, no una donnée antropológica. Muchas culturas han adoptado el colectivismo como modo de vida, y renunciado a la acumulación de riqueza (el potlatch de los indígenas de la costa noroeste del Canadá).

Esto nos parece, a nosotros, occidentales, inconcebible, monstruoso, antinatural… ¡no lo es en modo alguno! Son diferentes modelos convivenciales, diferentes concepciones de la finalidad que se le da a la riqueza (en el capitalismo el dinero se invierte para generar más dinero, la práctica del potlatch le asigna una función completamente diferente: la riqueza debe ser disipada, sacrificada ritual y jubilosamente).

Ford. Pienso en Ford: el padre del “ensamblaje en línea”, la “producción en masa”, el moderno esclavista: implantó el salario de cinco dólares la hora para el obrero, pudrió el planeta, nos tiene nadando en monóxido de carbono, destruyó la capa de ozono, forzó el diseño urbano de las ciudades americanas de manera tal que se hiciese imprescindible, debido a las distancias desmesuradas, la adquisición de un carro, boicoteó los medios de transporte colectivo, financió el fascismo en Europa y propugnó el más aberrante racismo, en su antisemítico texto The International Jew.

Transformó el mundo en una inmensa, ruidosa y contaminante fábrica: exactamente lo que vemos en Los tiempos modernos, de Chaplin. Y luego murió plácidamente a los ochenta y tres años, ungido prócer de la patria, al arrullo de un capital de $181 billones, que posiblemente usaba para rellenar sus almohadas y edredones.

Por supuesto, nunca falta el sempiterno argumento: “¡Pero si Ford generó cientos de miles de empleos, y ello en medio de la crisis de 1929!”. Cada vez que los políticos prometen, con voz trepidante, “crear plazas” o “generar empleos” debo hacer un esfuerzo por no vomitar.

¿A nadie se le ocurre pensar que la gente no quiere quizás trabajar, sino hacer aquello a lo que la mueve eso que llamamos “vocación”, el llamado de una voz interna, la fuerza de una misión, hacer lo que ama y amar lo que hace? ¿Qué bien le depara al mundo engrilletar a cien mil miserables a sus escritorios, haciendo ocho horas al día algo que repudian desde el fondo de sus entrañas? ¿Qué son, estos seres, sino piñones, tuercas, poleas en un inmenso engranaje, salchichas en una fábrica de embutidos?

Se dirá que para un desempleado la posibilidad de un trabajo –cualquiera que este sea– equivale a la entrada al Valhalla. Así lo sentirá posiblemente durante un par de años. Luego sobrevendrá el tedio, el hastío, el sentimiento del absurdo, de la vacuidad de la existencia, de la futilidad de su trabajo… y el Valhalla se transformará en una celda de máxima seguridad.

No se morirá de hambre, no. Morirá espiritualmente, que acaso sea peor. Morirá a sí mismo. Silenciosa, perrunamente. El hambre nos mata rápido. El alma, en cambio, agoniza durante décadas, y asiste, impotente, a su propia disolución. Así que cuando los políticos pretenden dar solución a todos los problemas sociales “generando trabajo” yo no puedo menos que reír… y luego rabiar.

Cierto, el trabajo nos garantiza comer. También nos lo garantizaba la caza de mamuts, allá durante el paleolítico superior. ¿No hemos evolucionado un poco, desde entonces?

Nunca he creído que la misión del ser humano consista en ser feliz. Pero sí me parece razonable esperar, por lo menos, vivir con algún grado de serenidad, y está claro que para ello no basta con tener qué llevarnos a la boca cada noche, antes de irnos a la cama.

Muchos son los hombres y mujeres que se levantan con el sol y se acuestan con el hambre: esos no viven: sobreviven. Luego, están los que se desloman el día entero para enriquecer a un individuo o camarilla cuyo nombre a menudo ni siquiera les es revelado, pero se toman su sopita al llegar a casa: esos existen –como las piedras o las alcachofas–. Por fin están los que hacen lo que aman: esos –solo esos– viven.

El autor es pianista y escritor.