Opinión

Yo conozco a Miss Costa Rica

Actualizado el 07 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Yo conozco a Miss Costa Rica

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Se llama Silvia. Trabaja en un café josefino de viejísimo cuño. Una de esas esquinas que se nos están muriendo, pero persisten en mantenerse en pie, y confieren fisonomía a una ciudad afecta a la amnesia arquitectónica. Atiende a fidelísimos parroquianos, mercaderes del sexo, ludópatas, sonámbulos que buscan un momentáneo asilo psíquico de los casinos y burdeles que constituyen su “ecosistema” social, artistas desmelenados, gringos mochileros, atorrantes que toman posesión de las mesas con sus caras de puñalada, una variopinta fauna de lémures, criaturas noctívagas y nictálopes, vampiros, golems, licántropos… Y me atiende a mí –que estudio piano al caer las sombras, y me premio con el cariñito de una trasnochada golosina–.

Atiende también a intelectuales de nobilísima prosapia, políticos que erran en el limbo de su extinta gloria, añejos hidalgos de capa caída, músicos trashumantes, poetas malditos del trópico húmedo, insólitos profetas que recitan las epístolas paulinas, y ese gremio que es –muy por encima de pianistas o escritores– mi verdadera cofradía: los taxistas. ¡Salud, hermanos de mi alma!

Gordita y trabaja de noche. Silvia es gordita. No da bandazos a babor y estribor, y su “golpe de cadera” no tiene, seguramente, el devastador efecto expansivo de Beyoncé, Jennifer López o Kardashian –contendientes por el “balón de oro FIFA 2015 al mejor órgano excretorio del tracto digestivo humano”–. Es gordita, sí. Tal condición la descalifica como mujer, ¿no es cierto? ¿Qué es, entonces? Pues digamos que una pre-mujer, una cuasi-mujer, una propuesta-piloto de mujer. Conato, esbozo, que quizás algún día coagule en fémina.

Trabaja durante las noches. Esas hoscas, sórdidas noches josefinas, las horas de los piques, las horas en que los policías se evaporan como incensarios, las horas sin ley, sin alguacil, sin ángeles guardianes, sin “ojos de halcón” –¡punterísima tecnología capaz de determinar si el balón traspasó la línea de cal, pero inapta para capturar la imagen del asesino, el narcotraficante y el violador!–. Cuando la injusticia social genere en nosotros las cataratas discursivas que desata el último gol del “clásico” (¿estaba, el garrido artillero, adelantado por un milímetro a su defensa?) podremos, quizás, comenzar a hablar de sensatez.

Algo anda muy, muy mal en un país donde el “catenaccio” folclórico del “machillo” subleva a la población, y el asesinato de un ambientalista no suscita más que algún aislado pataleo. Algo hiede en una nación en la que la gente se rasga las vestiduras por la contratación de cualquier pateador de bola glorificado, las melopeas de un graznador con micrófono que, “de vez en mes”, encuentra una rima ocurrente…, pero donde los criminales trotan por las calles por la razón inmemorial: la fiscalía cometió errores procedimentales en la presentación de sus pruebas. ¡Cielo santo: urge crear, en Costa Rica, una “escuelita de la niña Pochita” para fiscales: ninguno conoce el ABC de su oficio!

Madre soltera y abuela. Silvia tiene 50 años. Es madre soltera y, además, abuela. Íntegra, honesta, insobornable. ¿Quieren oírlo en “tico”? Aquí vamos: “breteadora”, “pulseadora” y “al chile”. ¿Lo prefieren en “futbolecto”? Sea: Silvia es volante de contención, recuperadora de balo-nes y tapón de la media-cancha. Ahora sí: ¿entendieron? Pasemos al registro lírico: es un nenúfar –la flor que asciende, vertical, hacia la luz– en medio de una infecta marisma. La inmundicia de su entorno no vicia en lo absoluto su fragancia.

Me sirve mis sanguchitos de queso en pan español, un fresco de mora, y yo suelo regalarle… pues cualquier cosilla. “Bendiciones y prosperidad, mi amor” –me responde–, y nuestros fríos cachetes colisionan en un torpe amago de beso. ¿Quién dice que, para ser bendecido, hay que ir a un templo? Por lo que a mí atañe, las bendiciones que me prodiga Silvia, o mis amigos taxistas, valen más que las de todas las eminencias eclesiásticas, congregadas en cónclave planetario.

Desustanciada. No se llama Marigurdia, Kariramia o Gloristefi. No se ha tasajeado el cuerpo, no arrastra marejadas de silicona, su nalgatorio no tiene el peso y volumen del déficit fiscal, no figurará nunca en las vallas publicitarias –¡inmarcesibles murales!– que ornamentan nuestra ciudad, no exhibirá sus sinusoides sobre esos escaparates para ganado humano llamados “pasarelas”, y no ha dado su diezmo a la iglesia del bótox y el colágeno. Tampoco se bambolea, a ritmo de pavo real, dejando que sus trajes –con o sin símbolos patrios– canten los loores de la haute-couture criolla. ¡Pobre Silvia: jamás hablarán de ella en “Los intrusos”! No existe mediáticamente, no vende tabloides, no es “cover material”… Por lo tanto, no es. Punto. Ha quedado ontológicamente desustanciada.

¿Sus “medidas”? Para los valores que representa, no hay divisor común objetivamente cuantificable. ¡Deberíamos crearlo! ¿En qué se miden la valentía, la incorruptibilidad y la ética de trabajo? ¡No ciertamente en hercios, watts o angstroms ! Designémoslas “unidades Sócrates”, “Jesús- quantums ”, “gandhilitros” o “madreteresímetros”.

La verdadera. Silvia tiene las medidas perfectas. Ella es Miss Costa Rica: cualquier otra cosa es usurpación. Ella es lo mejor de esta nación faranduleada y lobotomizada. Ella es el “rostro oficial” de mi país. Ella es lo que le resta a nuestro prostituido cafetal de dignidad, de consciencia y auto-respeto. Ella merece todas las coronas, todas las cámaras, todas las portadas. Es, justamente, la razón por la que jamás las tendrá. Sí, yo conozco a Miss Costa Rica, y se lo puedo asegurar a ustedes: no vive en ese “Hollywood-Televisa wannabe”, tabloide de 51.000 kilómetros cuadrados del que ahora somos residentes. No es “rich and famous” y no satura las redes sociales (la red fue hecha para capturar, atrapar). Ella es Silvia. Así de simple, así de complejo, así de bello. Ella es Costa Rica. La verdadera, la que hemos olvidado.

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