8 febrero, 2015

OXFORD – En el último decenio, el número de nuevos usuarios de la red Internet se triplicó, pero, aunque una gran mayoría de la población mundial sigue sin poder conectarse, en los últimos años el ritmo de expansión se ha aminorado de repente. ¿Estará perdiendo fuelle la revolución de Internet?

Del 2005 al 2008, el número de usuarios de Internet aumentó a una tasa anual de crecimiento compuesto del 15,1%, con lo que el número de personas conectadas pasó a ser de unos 2.700 millones, pero, según un nuevo informe del Instituto Mundial McKinsey, en el período 2010-2013 la tasa de crecimiento bajó hasta el 10,4%. En vista de los enormes beneficios económicos de la conectividad, la de encontrar formas de ofrecer el acceso a Internet a los 4.000 millones restantes de personas del mundo debería ser una prioridad máxima.

Naturalmente, eso es más fácil de decir que de hacer. Unas tres cuartas partes de los deconectados –3.400 millones de personas– viven en solo 20 países. En el 2012, el 64%, aproximadamente, vivían en zonas rurales, frente a únicamente el 24% de los usuarios de Internet, mientras que la mitad, aproximadamente, vive por debajo del umbral de la pobreza y de la renta media de su país. Un 18%, más o menos, son mayores de 54 años de edad, frente al 7%, aproximadamente, de la población conectada, y alrededor del 28% son analfabetos, mientras que la tasa de alfabetización de los usuarios de Internet está próxima al 100%. Por último, las mujeres comprenden el 52% de la población desconectada y solo el 42% de la población conectada.

Esos grupos afrontan barreras particularmente altas para la conectividad a Internet, comenzando por una infraestructura insuficiente, incluidos un suministro de electricidad poco fiable y una escasa cobertura de conexión a Internet mediante teléfonos portátiles o de acceso a la red. De hecho, entre 1.100 millones y 2.800 millones de personas no pueden conectarse mediante la red de portátiles, pues su zona carece de la cobertura suficiente.

Otra barrera es la asequibilidad: el acceso a Internet es, sencillamente, demasiado caro para muchas personas con ingresos escasos. Además de la necesidad de abordar una competencia insuficiente, una reglamentación inadecuada y los altos impuestos aplicados a los aparatos que permiten la conexión a Internet y a los servicios ofrecidos, existe la dificultad fundamental de brindar un acceso asequible a las regiones más remotas. En 10 países, la mayoría de África y de la región de Asia y el Pacífico, los precios de la banda ancha superan el PIB por habitante.

La tercera barrera importante para la adopción de Internet es la capacidad de los usuarios. Con frecuencia, el elevado nivel de analfabetismo entre quienes permanecen desconectados entraña no solo la incapacidad de leer y escribir, sino también la de utilizar la tecnología digital. Un 43%, aproximadamente, de los ciudadanos desconectados de la India son analfabetos.

Sin soluciones tecnológicas, como, por ejemplo, interfaces para los usuarios que permitan la conversión de texto a voz y el reconocimiento de voz, las personas que carezcan de la competencia lingüística básica tendrán dificultades para aprovechar los contenidos de Internet. También la falta de contenidos pertinentes en la lengua local puede limitar su utilización.

Para colmo de males, ideas equivocadas sobre Internet –por ejemplo, la de que es un riesgo para la seguridad o la de que es solo para los ricos– harán que muchas personas sigan siendo renuentes a utilizarla, aun cuando dispongan de un acceso asequible. En muchas economías en ascenso, la falta de confianza en el sistema ha contribuido a la resistencia a hacer negocios por la red.

La última barrera para la adopción de Internet es la falta de incentivos. Como ha mostrado una investigación del Oxford Internet Institute sobre la banda ancha en África oriental, puede ser que muchas personas pobres de zonas rurales sepan poco o nada sobre Internet, o que nunca se les haya ofrecido. En vista de que la adaptación del contenido a semejantes clientes potenciales es cara, no es probable que los proveedores de servicios de Internet la emprendan, si no cuentan con incentivos claros, como un apoyo estatal o unos grandes márgenes de beneficio. Los anunciantes no están interesados en llegar hasta esos mercados.

McKinsey ha confeccionado un nuevo “índice de barreras para Internet” en el que se ha clasificado a 25 países desarrollados y en desarrollo, según los resultados obtenidos al abordar esas dificultades. Los 5 países que ocupan los primeros puestos son Estados Unidos, Alemania, Corea del Sur, Japón y España. Los 5 que ocupan los últimos puestos son Nigeria, Pakistán, Bangladesh, Tanzania y Etiopía.

Casi la mitad de la población conectada del mundo vive en 10 países que afrontan una lucha ardua para superar las cuatro barreras. En los 5 países de los puestos inferiores del índice McKinsey, la tasa media de penetración de Internet en el 2013 era solo del 15%. La población desconectada era mayoritariamente joven y rural, y con tasas bajas de alfabetización.

Otros cinco países –Egipto, India, Indonesia, Filipinas y Tailandia– chocan con dificultades, entre altas y medianas, para afrontar todas las barreras, en particular en materia de infraestructura e incentivos. En el 2013, esos países, con una población desconectada de más de 1.400 millones de personas, tenían una tasa media de penetración del 19%. Otros 1.100 millones de personas viven en países donde predomina una sola barrera: en particular, la falta de conocimiento de Internet, la poca capacidad adquisitiva o unos niveles bajos de alfabetización digital.

La determinación de las barreras particulares que afectan a un país o a una región permite el desarrollo de soluciones eficaces, entre otras cosas porque resulta mucho más barato abordar algunas barreras –como, por ejemplo, la del desconocimiento– que otras, como la de la infraestructura. Ese es el objeto del “índice de barreras para Internet”. Al localizar los obstáculos económicos, políticos y sociales para la adopción de Internet, el índice puede contribuir a que las medidas adoptadas por los Estados y los proveedores de la red y los servicios sean lo más específicas y eficientes posible.

El imperativo de abordar las formidables dificultades que entraña una mayor expansión del uso de Internet está claro. El resultado serían unas posibilidades considerables de crecimiento económico. Muchos Gobiernos lo han reconocido hasta cierto punto, al fijar objetivos ambiciosos para la cobertura de Internet en teléfonos portátiles, la infraestructura de la banda ancha y el acceso a un wi-fi público, pero no basta con invertir en la infraestructura. Solo unas estrategias amplias, específicas, adaptadas a las características nacionales y respaldadas por un sólido compromiso de las autoridades, permitirían que se conectaran otros 1.000 millones de personas.

James Manyika es un director de McKinsey y del Instituto Mundial McKinsey.

Helen Margetts es directora del Oxford Internet Institute.

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