Opinión

El comunismo empobrece a los pueblos

Actualizado el 05 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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La historia reciente ha establecido que el comunismo, invariablemente, destruye un país. Hunde hasta un imperio como el soviético. En la noche de Navidad del 2011, la URSS dejó de ser. La bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada y, en su lugar, se izó la antigua bandera de Rusia.

Experimento utópico. Era un momento definidor del siglo XX. En nombre de crear una sociedad perfecta, el experimento utópico terminó en un sistema que masacró a 10 millones de su gente y desató en el resto del mundo un conflicto que produjo 100 millones de muertos. Hoy día, el comunismo murió en la URSS, y en Cuba está agonizando.

Siempre existen varias razones que se pueden esgrimir para explicar semejante implosión del sistema socialista totalitario de la URSS. El profesor Vladimir Mau, presidente de la Academia Nacional de Economía de Rusia, fue determinante en analizar las razones de la implosión de ese sistema comunista: “Fueron los altos precios del petróleo lo que terminó con la Unión Soviética”.

Mau explicó que la economía centralizada que implantaron los soviéticos sobrevivió en las décadas tempranas de la URSS gracias a dos factores: el trabajo forzado de las granjas colectivas y el trabajo de los prisioneros que se utilizaron para construir el gran aparato industrial del Estado. Un sistema que pregonaba la igualdad no tuvo reparos en instituir la esclavitud como arma económica.

Sistema ineficiente. Pero, para principios de la década de los 60, la URSS tuvo que comenzar a importar alimentos debido a la ineficiencia de su sistema colectivo. Para el profesor Mau, “el Estado se pudo haber derrumbado entonces, pero se salvó porque vino el embargo de petróleo de los países árabes en 1971”. El violento aumento en sus precios, le dio a la URSS “un nuevo aliento de vida que duró 15 años”.

Sin embargo, el régimen totalitario no usó esa circunstancia temporal para diversificar su economía. Según el profesor Mau, sus dirigentes se dedicaron a fortalecer el régimen represivo restringiendo las libertades, expandiendo el alcance de sus servicios de inteligencia, comprando el apoyo de diferentes grupos, pero, sobre todo, comprando, con grandes regalías, a los generales y empresarios del complejo militar-industrial.

Pecado capital. El pecado capital de no diversificar su economía resultó en que, del total de las exportaciones de la URSS de entonces, el ingreso por petróleo pasó del 10% al 40%. Para Mau, “esto hizo más esclerótica” la economía de ese país.

Para principios de los 80, disminuyó la demanda de petróleo en el mundo y su precio comenzó a disminuir gracias a los esfuerzos, principalmente de Estados Unidos, de conservar petróleo. El Kremlin trató, pero no logró, disminuir el consumo de productos importados y comenzó a hacer grandes préstamos en el extranjero para satisfacer el consumo. Además, estableció subsidios para mantener la popularidad del régimen y la estabilidad del país.

Conforme los precios del petróleo siguieron cayendo, Gorbachov trató de reformar las aberraciones económicas introducidas por el sistema comunista, pero ya para entonces era demasiado tarde. Las distorsiones de su economía probaron ser incorregibles.

La calidad de vida soviética se tornó insufrible y la asignación de recursos, inhumana. Cuando la estación espacial soviética MIR fue lanzada al espacio en 1986, el 35% de los hospitales soviéticos no contaba con agua caliente y el 30% carecía de inodoros internos. La mitad de las escuelas no tenían calefacción central ni agua de cañería. Las personas dedicaban entre 40 y 60 horas mensuales a hacer colas y necesitaban cupones para comprar 400 gramos de salchichas al mes.

Gran fracaso. La magnitud del fracaso del sistema soviético llegó a niveles alucinantes. En la década de 1990 al 2000, el producto interno bruto se disminuyó a la mitad, la expectativa de vida decreció en 2,5 años, la tasa de nacimientos decreció en un 33% y la tasa de mortalidad aumentó en un 25%.

La crisis alimentaria se desorbitó y, en 1998, la potencia soviética se vio obligada a pasar por el humillante desprestigio de recibir gratis de su enemigo en la Guerra Fría, Estados Unidos, 3,1 millones toneladas métricas de comida, incluyendo 1,5 millones de toneladas métricas de trigo.

El final del Imperio soviético no fue el resultado de un romántico levantamiento popular, ni siquiera fue producto del triunfo de la estrategia de contención de la URSS por parte de Estados Unidos.

Derrumbamiento. El final del Imperio fue el derrumbamiento de su economía, que careció del factor estabilizador del mercado para enfrentar los cambios súbitos de la economía mundial. Los izquierdistas de todo linaje se niegan a comprender que repartir sin, simultáneamente, crear riqueza siempre acaba mal porque se termina repartiendo pobreza. Se crea una situación en la que nadie gana y a un enorme sacrificio humano: la incalculable vejación que representa la pérdida de la libertad. Este es un don que, desafortunadamente, el ser humano corriente lo añora solo cuando se pierde. Eso fue lo que le ocurrió al pueblo ruso.

La tímida liberalización de la economía que intentó Gorbachov, en lugar de fortalecer el sistema, alimentó la demanda del pueblo soviético por una liberación real. Una vez que su gente tuvo más, pidió más y más. El proceso resultó en una incontenible demanda de un verdadero mercado libre. Boris Yeltsin se lanzó a denunciar al Partido Comunista abogando por la celebración de elecciones verdaderamente libres y a favor de la propiedad privada.

Falta de libertad. La denuncia encontró un potente eco en la población, y la clase política soviética, sin disparar un tiro, terminó con el estado patrimonial soviético y desprestigió el experimento más serio del comunismo en la historia. Lo que le falta al comunismo soviético, y a otros comunismos, es la libertad.

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