Opinión

La complejidad organizada

Actualizado el 01 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Warren Weaver fue uno de los grandes científicos del siglo XX, pero en general es poco conocido, a pesar de que se le considera el padre de la Teoría de la Información (nació en 1894, Wisconsin, y murió en 1978, Connecticut). Junto con Claude E. Shannon, publicó en 1949 la famosa Teoría Matemática de la Comunicación, la cual originó el desarrollo de la biología molecular, matemáticas e informática, y otros campos de la ciencia.

Además, junto a genios como Norbert Wiener, creador de la cibernética, llevó a cabo contribuciones fundamentales en el campo de la comunicación en ciencias y teoría matemática de las probabilidades y la estadística, entre muchas otras. Otro de sus mayores intereses científicos fue el estudio sistemático y sistémico de la complejidad, habida cuenta de que, cada vez más, era necesario manejar cantidades enormes de datos que obligaban a pasar de procesos manuales a analógicos y digitales para ordenar y organizar tanta información e imprimirle un sentido coherente.

En forma didáctica, podemos decir que, en la naturaleza y en el conocimiento de las cosas, existen varios niveles de complejidad: el primero es el que corresponde a un número pequeño de variables, como es el caso de las aldeas primitivas, para poner un ejemplo; el segundo nivel sería el que se refiere a un número bastante mayor de variables o elementos, como sería el de una ciudad periférica; el tercer nivel corresponde a una capital de un país de poca población, y el cuarto es el de una megacapital. También podríamos imaginarnos un planeta con sus satélites, el sistema solar, una galaxia y el universo todo, como representaciones de los niveles de complejidad.

Ahora, si queremos o simplemente podemos comprender cómo se relacionan las variables en un primer nivel, el conocimiento y los instrumentos necesarios para ello son rudimentarios. Para intervenir en el siguiente nivel, se requieren capacidades mucho mayores y, para hacerlo en los niveles superiores, es imperioso usar talentos muy desarrollados y avanzados equipos electrónicos, aunque, en otros términos, estamos hablando de la evolución de la especie humana y, paralelamente, del desarrollo de la ciencia y la tecnología, toda vez que, sin este último complemento, no puede explicarse que hayamos logrado avanzar del hombre de Cromagnon al “ homo digitus ”.

El cerebro y la complejidad. El cerebro humano es un buen ejemplo de complejidad organizada. Cuando una persona vio por primera vez esa masa encefálica, no pudo imaginarse qué la formaba y cómo funcionaba, pero, lentamente en el tiempo, se fueron acumulando observaciones y experiencias que se correlacionaron con áreas anatómicas y, luego, con elementos ultramicroscópicos y sustancias, hasta llegar a tener una mejor idea de este fenomenal órgano e, incluso, estimar que está compuesto de unos 86 billones de neuronas y 150 trillones de sinapsis o conexiones entre las neuronas.

Por otra parte, las funciones del cerebro son innumerables y, aun cuando mucho se sabe hoy día, es todavía más lo que falta por conocer para descifrar totalmente los dilemas de personas “normales” y aquellos propios de las enfermedades mentales o los trastornos del aprendizaje, etc., etc.

Las teorías de Weaver contribuyeron notablemente al desarrollo de la ciencia, y de ellas se derivan los conceptos de paradigmas de Kuhn y, más reciente-mente, los de destrucción creativa o el de redes de sensores globales en interacción con nuestro cerebro o inteligencia artificial.

El cerebro no solo es la sede de la inteligencia, sino también de nuestras emociones, gustos y comportamientos. Por eso ocupa simbólicamente la parte superior de nuestro cuerpo. El descubrimiento de una parte de sus funciones, permite afirmar que tal hecho constituye una revolución tan grande como la de Copérnico y tan importante para el desarrollo humano como lo fue la Revolución industrial para el progreso económico.

La complejidad organizada es actualmente objeto d e profundas investigaciones de la ciencia contemporánea, pero también de la filosofía, la ética y la política, porque es conocido que el progreso de las naciones depende, en parte, de este conocimiento.

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