Opinión

La complejidad de la desigualdad

Actualizado el 13 de diciembre de 2016 a las 12:00 am

EE. UU. tiene la clase media más pequeña, del promedio de otros países industrializados

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La complejidad de la desigualdad

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MÚNICH – Desde el 2013, cuando Thomas Piketty publicó su tan discutido estudio de la distribución del ingreso y la riqueza, la desigualdad ha estado al frente del debate público en las economías más avanzadas. Se le culpa de todo, desde un crecimiento lento y un estancamiento de la productividad hasta el ascenso del populismo y el voto por el brexit. Pero la desigualdad sigue estando mal definida, sus efectos son sumamente variables y sus causas están en el centro de un debate encendido.

Hasta la pregunta más básica –cuánta desigualdad es demasiada– es prácticamente imposible de responder. No existe ninguna “tasa natural de desigualdad” que caracterice a una economía en equilibrio, un nivel al que los responsables de las políticas puedan apuntar. Más bien, las tasas de desigualdad de los países se miden entre sí, una estrategia limitada que ignora todo, desde las tendencias económicas más amplias hasta las diferencias en el impacto de la desigualdad de la riqueza en poblaciones en diferentes contextos sociales.

En un momento en que todos parecen quejarse de la desigualdad, la riqueza, a escala global, está más distribuida que nunca. Solamente en los últimos 16 años, la cantidad de gente que califica para la inclusión en la clase media global –al nivel de hoy, la gente con activos financieros netos de 7.000-43.000 euros ($7.400-$44.600)– se ha más que duplicado, a más de 1.000 millones, o aproximadamente el 20% de la población mundial.

Y no es solo la clase media la que crece. A fines del año pasado, unos 540 millones de personas en todo el mundo podían contarse entre los ricos a escala global, con activos netos por sobre los 42.000 euros. Eso corresponde a unas 100 millones de personas, o 25%, más que en el 2000.

La clave de este progreso ha sido el éxito de las economías emergentes, especialmente China. Y, por cierto, muchos de los que se han sumado al grupo de los superricos no pertenecen a los países tradicionalmente “ricos”; por el contrario, Estados Unidos, Japón y Europa occidental hoy apenas tienen el 66% de los hogares con un alto nivel de riqueza del mundo, comparado con más del 90% en el 2000.

A escala nacional, la desigualdad está en aumento, pero solo en algunos lugares. En las economías emergentes, el porcentaje de riqueza en manos de la clase media se está incrementando, lo que indica una caída en la desigualdad de la riqueza. Es principalmente en el mundo industrializado donde la desigualdad está en alza, y donde el porcentaje de riqueza en manos del 10% más rico de la población crece más.

Esta discrepancia encuentra una explicación, en parte, en el hecho de que la crisis financiera global afectó más a los países avanzados, especialmente en Europa. Pero las políticas monetarias expansionistas que los bancos centrales de los países avanzados implementaron después de la crisis no hicieron más que agravar una situación ya de por sí mala.

Esas políticas hicieron subir los precios de los activos –especialmente los bonos y las acciones– que estaban en posesión principalmente de los hogares ricos. Al mismo tiempo, perjudicaron a los ahorristas de clase media, quienes normalmente dependen de instrumentos de ahorro menos sofisticados como los depósitos bancarios. Con tasas de interés cero o, más recientemente, negativas, esos ahorristas terminaron perdiendo. Si bien la media de los hogares se beneficia en general con los costos de endeudamiento más bajos, el beneficio para los hogares más adinerados es mucho mayor, en parte gracias a ahorros vinculados a préstamos hipotecarios, que son los más altos en relación con el ingreso para la clase media alta.

Pero el impacto de la política monetaria excesivamente laxa se extiende mucho más allá de los efectos de la riqueza y los ingresos de hoy. En un momento en que las poblaciones de los países avanzados envejecen rápidamente, ahorrar para la vejez se ha vuelto más importante que nunca. Como las tasas de interés muy bajas reducen la tasa de acumulación de activos de pensiones, todos los hogares, excepto los más ricos, probablemente tengan que fomentar los ahorros y reducir el consumo, ahora y en el futuro. La caída del gasto a lo largo de la vida en definitiva tendrá un impacto negativo en el crecimiento y potencialmente generará fracturas sociales en las próximas generaciones.

Lo que complica aún más la situación de la desigualdad son las diferencias en las economías individuales, incluso en aquellas economías que, técnicamente, tienen niveles similares de desigualdad. Consideremos las disparidades entre Estados Unidos, Dinamarca y Suecia –los tres países entre las sociedades más desiguales del mundo, en términos de distribución de la riqueza–.

A Dinamarca y a Suecia se las conoce por sus sistemas de previsión social bien desarrollados, su educación gratuita y su alta participación en el mercado laboral. Es más, Dinamarca ocupó el primer lugar en el Informe de Felicidad Mundial de las Naciones Unidas el año pasado, lo que sugiere que la desigualdad de la riqueza no afecta demasiado a los dinamarqueses.

Por el contrario, en Estados Unidos, que carece de muchas de las protecciones sociales ofrecidas por sus pares del norte de Europa, la desigualdad es, en verdad, muy alarmante. El incremento de la desigualdad de la riqueza allí en los últimos diez años ha sido más pronunciada que en cualquier otro país. Hoy, Estados Unidos tiene la clase media más pequeña, que apenas posee el 22% del total de activos financieros netos, la mitad del promedio de otros países industrializados, y la mayor concentración de riqueza que en cualquier otro país.

Como en Europa o Japón, la crisis financiera y la subsiguiente política monetaria podrían ser una causa importante de este desenlace. Sin embargo, otro factor también podría ser la revolución digital que, al menos para los principales protagonistas, cada vez más resulta ser un “catalizador de la riqueza”. En cualquier caso, cabe reconocer que la situación de Estados Unidos es extraordinaria. No representa el estado del capitalismo occidental. Es la excepción, no la regla.

Todo esto tiene importantes implicaciones para cómo se enfrenta la desigualdad. En pocas palabras, si las causas y los impactos de la desigualdad difieren entre los países, también deberían diferir las prescripciones en materia de políticas.

Para algunos países, como en el sur de Europa, hacer frente al desempleo es crítico para permitir que los hogares de ingresos medios y bajos ahorren y consuman. Otros países deberían centrarse en mejorar las condiciones para el ahorro a largo plazo, como por ejemplo a través de esquemas de pensiones ocupacionales. Y a otros les convendría reducir la carga impositiva, en particular para los asalariados de ingresos bajos y medios.

Sin embargo, existe una prescripción en materia de políticas que beneficiaría a muchos de los países con los niveles más elevados de desigualdad. Los bancos centrales deben poner fin a las tasas de interés cero y, especialmente, negativas. Esta medida representaría, por cierto, un buen punto de partida para combatir la creciente desigualdad de la riqueza.

Michael Heise es economista jefe de Allianz SE. © Project Syndicate 1995–2016

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